El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El peso de un secreto
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El peso de un secreto

El pueblo de Merbis, hacia donde viajaba el doctor Walter, quedaba a medio día de camino de la ciudad real de Sabaoth siguiendo la ruta norte.

Los senderos se volvían más angostos a medida que el paisaje cambiaba: menos edificios, más árboles y un silencio espeso que transmitía una paz absoluta, superior a cualquier otra cosa.

Era bien temprano en la mañana cuando el carruaje de alquiler que Walter había tomado, tras bajar del tren lejos de la ciudad, se detuvo frente a una propiedad pequeña.

Desde afuera, el lugar podría confundirse con una vivienda cualquiera si uno no reparaba en el letrero de madera sobre la entrada.

Las letras estaban pintadas a mano, con la imperfección típica del trabajo hecho sin mucha experiencia; el escrito decía:

Consultorio Médico.

—Aquí es. Déjeme aquí, por favor —dijo Walter.

—Como guste, señor.

Walter bajó del carruaje sujetando el maletín de cuero y acomodándose el sombrero.

Cuando el vehículo se marchó, miró de lado a lado.

No pudo evitar pensar que le resultaba interesante el lugar que Roland había elegido para vivir.

En los tiempos del Proyecto Nimrod siempre le había parecido un hombre bastante capaz de moverse en los círculos de la corte.

Sin embargo, diez años sin verse hacían eso con las personas: revelaban lo que eran en realidad cuando dejaban de esforzarse por ser otra cosa.

—Supongo que quería un lugar tranquilo… —susurró, soltando un suspiro antes de avanzar hacia el consultorio.

Cuando estaba frente al lugar, la puerta estaba abierta y Walter entró.

El interior era funcional. Dos bancos de madera a los lados del recibidor principal servían de sala de espera, y en ellos había dos mujeres, cada una con un hijo de menos de diez años.

Uno de los niños dormía recostado sobre el regazo de su madre.

El otro, un pequeño de cabello negro azabache, estaba sentado y miraba fijo al hombre que le examinaba la garganta con una paleta de madera.

Aquel hombre, el doctor asistente de Roland, le daba la espalda.

A simple vista se veía joven, de complexión robusta, con la piel oscura como el chocolate y el cabello corto, enrulado y bien peinado.

Tenía una postura erguida, directa, propia del que no ha aprendido a encorvarse nunca y tampoco piensa hacerlo.

Y en la nuca, justo donde el cuello se une al comienzo del cabello, Walter distinguió los números tatuados con la tinta oscura y precisa del Proyecto Nimrod. Se podían ver con total claridad:

L-1172.

Al ver el código y comprender que estaba frente a un exsoldado lobo, Walter abrió los ojos de par en par, ocultando a duras penas la sorpresa.

—Tiene fiebre —comenzó a decir el hombre, con una voz uniforme y tranquila—, pero no se preocupe, señora.

No es nada grave. Esta fiebre está ayudando al cuerpo a combatir la infección, que es justo lo que tiene que hacer.

—El exsoldado le sonrió a la mujer y luego al niño—.

Le voy a dar un medicamento para que el proceso sea más rápido.

Una cucharadita cada ocho horas. Mañana va a amanecer mucho mejor.

La mujer asintió. El alivio en su rostro no necesitaba palabras.

—Muchas gracias, doctor Viktor.

El hombre sonrió. Walter no vio el gesto desde ese ángulo, pero lo escuchó en el tono que usó para responder:

—No hay de qué. Para eso estoy.

El joven doctor se incorporó, giró para buscar algo en el estante detrás de él y, al hacerlo, quedó de frente al resto de la sala.

Al instante observó al hombre mayor de lentes; ya había sentido su presencia desde que entró, pero ahora sus miradas se encontraron.

Walter tuvo que hacer un esfuerzo consciente para que su cara no comunicara lo que su mente estaba procesando en ese mismo instante.

Ahora que lo veía cara a cara, pudo asumir que el hombre frente a él tendría unos treinta años.

Tenía los rasgos propios de los exsoldados del Proyecto Nimrod que Walter había aprendido a identificar con los años: la estructura ósea densa, la musculatura ancha que se notaba a simple vista por encima de la ropa y esos ojos que evaluaban el entorno con una velocidad que el entrenamiento grababa en el cuerpo y no se abandonaba, aunque ya no hubiera ninguna misión.

Llevaba una camisa blanca con las mangas arremangadas hasta el codo y un delantal con una pequeña mancha de yodo en el lateral.

Estaba examinando a un niño. En un consultorio médico. Con una paleta de madera. Eso era lo único que pasaba por la mente de Walter.

El exsoldado lo estudió con la misma rapidez de siempre, pasándole la mirada de arriba abajo sin que el gesto resultara agresivo. Sin mucho esfuerzo, lo supo.

—Usted no viene por una consulta —dijo de manera tranquila. No era una pregunta.

—No —respondió Walter, mirándolo de pies a cabeza. Estaba demasiado sorprendido para evitarlo.

—¿Necesita un medicamento?

—Tampoco. —El doctor de lady Rebecca tragó saliva—. Soy el doctor Walter Collins. Le avisé al doctor Roland, mi colega, que vendría.

El cambio en la expresión del exsoldado fue mínimo, pero claro. El nombre de Walter produjo un reconocimiento diferente al de cualquier otra información previa.

—¡Ah! —exclamó—. ¡Sí, el doctor Roland me comentó que esperaba una visita! Por favor, tome asiento. Aviso ahora mismo que ha venido.

El joven doctor señaló uno de los bancos y desapareció por la puerta interior sin añadir nada más.

Walter no se sentó de inmediato. Permaneció de pie un momento, mirando el umbral por donde el hombre había salido.

El consultorio estaba ordenado de una manera que no era azarosa: los frascos del estante tenían etiquetas, los instrumentos estaban limpios y en su sitio, y los registros apilados en una caja de madera junto a la mesa mostraban un sistema que alguien había organizado con criterio.

Todo indicaba que quien manejaba ese espacio entendía para qué servía cada cosa.

Cuando sintió que vio suficiente, se sentó.

«Qué interesante lo que acabo de ver», pensó, con los ojos todavía fijos en la puerta, sin referirse de forma exclusiva al consultorio.

Casi al instante, sin buscarlo, la imagen del príncipe Joel ocupó el espacio que el pensamiento anterior había dejado libre.

También era exsoldado. Con un código similar tatuado en la nuca.

Y también era capaz de aprender con una rapidez que resultaba desconcertante cuando uno se detenía a observarlo.

Pero el príncipe dormía en un almacén y le quitaban la cena por un castigo que, en el fondo, Walter sabía muy bien que no merecía.

Y ahora estaba este hombre, un exsoldado que atendía pacientes como todo un experto. Walter apretó los labios. La diferencia era sencilla: alguien se había tomado el trabajo de enseñar a este lobo lo que al príncipe Joel quizás jamás le enseñarían.

Al poco tiempo, el exsoldado moreno regresó con un frasco pequeño que dejó sobre la mesa de la madre que esperaba. Le explicó la dosis en voz baja, respondió dos preguntas con la misma calma de antes y, cuando terminó, se volvió hacia Walter con una expresión breve:

—El doctor Roland lo recibirá en un momento.

Luego retomó sus asuntos sin más.

Un par de minutos más tarde, apareció Roland con una enorme sonrisa.

Walter lo reconoció antes de que cruzara la puerta, aunque diez años dejaban su huella y nadie era la excepción.

Roland seguía siendo alto, de hombros anchos, con esa rectitud en la columna que algunos hombres conservan hasta la vejez como si fuera lo último que estuvieran dispuestos a soltar.

El cabello, que era rubio y apenas canoso en las sienes la última vez que se vieron hace una década, era ahora blanco en su totalidad.

Sin embargo, la mirada de sus ojos grises seguía siendo la misma: directa, inteligente y algo divertida, como si la mayoría de las situaciones le resultaran menos sorprendentes de lo que los demás esperaban.

Roland no usaba anteojos. Caminaba derecho como un hombre de cuarenta a pesar de que ya estaba en sus sesentas.

—¡Walter! —Roland cruzó la sala con pasos firmes y extendió los brazos—. Qué alegría me da verte —comenzó a reírse—. ¡Tienes más canas desde la última vez que te vi!

Walter se puso de pie con una sonrisa, contagiado por el buen humor de su colega, y recibió el abrazo. Era sólido, sin artificios.

—¡Mira quién lo dice, si tú ya tienes el cabello blanco como las nubes! —respondió Walter entre risas cuando se separaron, comenzó a detallarlo—. Me adelantaste por mucho.

Roland soltó una carcajada bastante sincera, la de siempre. El exsoldado estaba ahí a un costado, contemplando la escena con una sonrisa sutil por ver esa reunión afable entre viejos amigos.

—Los años no distinguen, amigo —respondió Roland, suspirando—. Ni siquiera a los que creemos merecerlo menos. Ven, entremos.

Walter lo siguió hacia el interior, pasando por la puerta que separaba el consultorio del resto de la propiedad.

Al cruzar el umbral, el espacio cambió por completo: la casa era acogedora, con muebles de madera maciza, plantas bien cuidadas en los alféizares de las ventanas y ese orden específico que las personas que se preocupan por su hogar dejan en los rincones sin que nadie se los pida.

A simple vista se respiraba un aire muy hogareño y cálido.

Y entonces, mientras el recién llegado lo observaba todo, aparecieron dos niños desde el corredor lateral corriendo a una velocidad que no correspondía a sus tamaños.

El que venía delante rozó el brazo de Walter al pasar sin detenerse.

El segundo estuvo a punto de chocar de frente con él y lo esquivó en el último segundo con una agilidad que en una criatura pequeña resultaba bastante sorprendente. Sus reflejos eran excepcionales.

—¡Lo siento, señor! —gritó sin aflojar el paso, perdiéndose por el pasillo al corretear al otro niño.

Walter se quedó mirando el corredor vacío.