El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) Tacto, memoria y tensión #2
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Tacto, memoria y tensión #2

En ese milisegundo exacto, algo se contrajo con fuerza en un lugar que no tenía nada que ver con los tobillos.

Su vagina se estrujó en un espasmo involuntario, una sensación deliciosa y ardiente, como un pequeño orgasmo que la tomó por sorpresa al sentir el calor de esas manos sobre su piel.

La presión constante de los pulgares. La forma en que él la masajeaba sin lastimarla, calculando que tanta fuerza debía usar.

Él era así durante el sexo: siempre controlándose, midiendo su lado salvaje para no romperla.

Con ese solo pensamiento, la mente de Rebecca tomó el camino más corto hacia la noche anterior, sin pedirle permiso.

Recordó el jadeo ronco de su lobo directo en su oído mientras le hacía el amor.

Sus propias manos aferradas con desesperación a esos hombros anchos, hundiéndole las uñas en los músculos tensos de la espalda.

Ese calor abrasador que la inundó por dentro cuando él acabó dentro de ella y que todavía sentía quemarle las entrañas.

Las mejillas de Rebecca se encendieron de golpe y entreabrió los labios, soltando un aire caliente. Su rubor fue tan intenso que comenzó en el cuello y subió como una marea de fuego sin que pudiera hacer nada para detenerlo.

Lyall alzó la vista y la vio. Al observar esos labios entreabiertos y el rojo encendido de sus mejillas, sus pupilas se dilataron por completo.

En él, el recuerdo carnal también golpeó antes que cualquier razonamiento: revivió a Rebecca encima de él, con los ojos en blanco por el placer, con los dedos clavados en sus hombros, sus gemidos calladitos para no hacer ruido y la deliciosa fricción de su vagina apretada, ardiendo y demasiado empapada de los jugos de ambos mientras la penetraba.

Una corriente eléctrica le recorrió la espina dorsal. De inmediato, Lyall regresó la mirada hacia los tobillos.

Tenía que concentrarse. Trabajar. No mirar hacia arriba.

Sus manos continuaron el movimiento sin interrupciones, lentas y metódicas, pero el ritmo de su respiración se había vuelto pesado, y él era demasiado consciente de eso.

Las piernas de Rebecca bajo sus palmas eran delgadas y la piel se sentía tan suave.

Tuvo que reunir un esfuerzo considerable para no inclinarse hacia adelante y hacer lo que el instinto salvaje le dictaba en el pecho: lamerle la cara interna de los muslos, abrirle las piernas de par en par en esa misma cama y reclamarla otra vez hasta hacerla temblar de placer.

Rebecca pudo sentir cómo los masajes de su lobo se volvían más firmes, llenos de una vibración eléctrica que la hizo morderse el labio inferior mientras su rostro seguía rojo como un tomate.

Adriel carraspeó.

El sonido fue seco, deliberado y cortó el aire como un cuchillo. Lyall no levantó la vista.

—Rebecca —dijo el lord, con una voz que rozaba el regaño—. Compórtate. No puedo creer lo desvergonzada que te has vuelto.

Rebecca abrió la boca para defenderse, pero Adriel no le dio tiempo.

—Hazte a un lado.

El lord se levantó de la silla y se acercó a ellos. Empujó a Lyall hacia un lado con un gesto mucho más brusco de lo necesario y ocupó el borde de la cama. Tomó el tobillo de su hija entre sus manos y presionó con fuerza, buscando demostrar autoridad.

Rebecca ahogó un quejido agudo de dolor.

—¡Ay! Papá, me lastimas.

Adriel soltó la pierna de inmediato, apartando las manos como si se hubiera quemado con brasas.

—¿Te lastimé?

La alarma en su voz era real. Se quedó mirando sus propias manos con una expresión que no era culpa en todo el sentido de la palabra, pero se le parecía bastante.

—Sí —dijo Rebecca, sin dramatismo—. No lo hiciste a propósito, papá. Pero sí.

—No quise hacerlo.

—Ya sé que no.

Adriel se incorporó y dio un paso atrás. Luego miró a Lyall con la frustración del hombre que acepta una derrota sin pronunciar la palabra.

—Que lo haga Lyall —pidió Rebecca—. Él lo está haciendo perfecto.

El lobo retomó su posición sin esperar a que nadie se lo repitiera. Sus manos encontraron el tobillo de Rebecca justo donde las había dejado, aplicando la misma presión de antes y el mismo ritmo memorizado, pero esta vez se esforzó por controlar mejor sus sentidos y enfriar la sangre.

—Si me sonrojo —soltó Rebecca entonces, clavando la mirada en su padre con una calma que a él le resultó casi más desconcertante que el rubor en sí—, es porque me está tocando el hombre que me gusta. El mismo que me dejó embarazada. Es normal que me ponga así cuando me toca, papá.

Lo dijo sin titubeos, sin buscar la aprobación de nadie.

Adriel cerró los ojos durante un instante, asimilando la tremenda osadía de su hija, pero volvió a abrirlos de inmediato.

—Esta relación —pronunció la palabra como si le ocupara demasiado espacio en la boca y le causara asco—, esta retorcida relación que tienes con…

con eso… —señaló a Lyall con un gesto despectivo que no buscaba disimular—, se queda estrictamente dentro de estas paredes.

No cruza el umbral de esta mansión. Nadie más que Anna y el doctor Walter lo sabrán, y ellos tienen claro que debe mantenerse en secreto.

El lord hizo una pausa rígida antes de continuar.

—Y los masajes los seguirá haciendo él durante la ausencia del doctor, nada más porque parece tener cierta habilidad para ello y tú los necesitas. Pero eso es lo único que tendrás de él. ¿Entendido?

Lyall escuchaba cada palabra, pero sus manos no se detuvieron. Sus ojos permanecían fijos en el tobillo de Rebecca, moviéndose con destreza.

—Cuando mi bebé nazca… —comenzó ella.

—Rebecca.

El lord la interrumpió antes de que pudiera terminar la frase. No fue un grito; fue algo mucho más definitivo. Fue el tono tajante de un padre que pone las cartas sobre la mesa porque es lo único que le queda por hacer.

—Hay muy pocas probabilidades de que ese bebé nazca. Los dos lo sabemos perfectamente.

Un silencio sepulcral cayó sobre la habitación.

Lyall frunció los labios, apretando la mandíbula.

Adriel exhaló despacio y siguió diciendo:

—El doctor Walter fue a consultar con un colega.

A eso fue, a investigar tu embarazo y la tremenda imprudencia que cometiste.

Cuando regrese, sabremos qué respuestas trae.

—El hombre hizo otra pausa, clavando sus ojos en el lobo—.

Y traerá también el medicamento. Ese que ciertos salvajes destruyeron y que ahora mismo no tenemos disponible.

Así que llévatelo con calma, hija. No te exijas para que no te duela, porque no vas a tener tus calmantes durante estos días.

Rebecca apretó los labios con fuerza. Desvió la vista hacia la ventana, hundiéndose en una amargura silenciosa, y no dijo nada más.

Lyall terminó de masajear el último tobillo.

Con extremo cuidado, acomodó el dobladillo del vestido de Rebecca para cubrirle las piernas, retiró las manos y se puso de pie.

De inmediato, se dispuso a trabajar con las articulaciones de los brazos de su amada, quien ahora se encontraba más callada y distante que nunca.

Adriel miró a su hija un momento. Luego observó a Lyall y, por último, clavó la mirada en la nada, con la expresión vacía del hombre al que la vida le lleva años de ventaja.