El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) Tacto, memoria y tensión
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Tacto, memoria y tensión

Había algo en esa mañana que Lyall no terminaba de comprender muy bien.

No era el desayuno, aunque había estado bueno, y más porque no lo esperaba luego de que le advirtieran que no probaría bocado en tres días por su castigo.

Tampoco era el sol que ya empezaba a calentar el jardín cuando cruzó desde la casita hacia el almacén, con la panza llena y las botas bien puestas.

Era otra cosa. Era la desconcertante normalidad de todo lo que le estaba pasando; la manera en que Berto había actuado, como si anoche no lo hubiera visto beber, como si tener resaca solo fuera un molesto dolor de cabeza y nada más.

El anciano no estaba irritado ni molesto.

Él comió con sus terribles modales de siempre, pero eso a Berto no le incomodó.

No hubo reproches tardíos para compensar los que no llegaron cuando debían, ni tampoco ese silencio asfixiante que el lobo conocía de sobra y que siempre anunciaba algo peor.

Berto solo le había servido el desayuno que trajo con disimulo de las cocinas, lo había visto comer y, antes de que el muchacho se levantara de la silla, le había puesto un libro en las manos.

—Toma. Es el segundo volumen —había dicho el anciano, dejándolo sobre la mesa con la misma naturalidad con la que señalaba un rastrillo mal apoyado—. Si te gustó el primero, este también te va a gustar. Tiene más secciones sobre árboles frutales y otras flores más bonitas que los girasoles.

Lyall había mirado el objeto con una sorpresa que le costó disimular. Luego observó a Berto como si al viejo le hubiera salido otro par de ojos. El jardinero ya le daba la espalda, ocupado en buscar las herramientas que usaría en su jornada de hoy.

Así que Lyall tomó el libro, apenas capaz de creérselo.

Al principio pensó que no era verdad; pero al ver que nada pasaba, que no había gritos ni golpes a traición —como a veces le hacía el sargento Wallace en esos momentos en que él creía que todo estaba en paz y de la nada recibía un puñetazo—, supo que todo estaba bien.

El libro era suyo. Berto, aunque había bebido la noche anterior, no estaba enojado.

Descubrió entonces que no todos eran como el sargento Wallace, y que el alcohol no afectaba a todos de la misma manera.

«Él no es como el sargento Wallace… como mi… padre», pensó sin poder evitarlo.

Lyall estuvo evadiendo ese pensamiento toda la mañana, pero ahora, mientras caminaba con el libro bajo el brazo apretándolo más de lo necesario, supo que quizás, solo quizás, no siempre las personas que beben o que le dan órdenes tienen que golpearlo, ni él tiene por qué aguantarlo porque así debía ser.

Pero a pesar de todo, lo del túnel no se lo había dicho.

Había tenido el momento perfecto. Berto le había preguntado si había dormido bien; él se había limitado a responder con un encogimiento de hombros, y justo ahí, en ese silencio corto y manejable, habría podido confesarlo.

Pero no lo hizo. Porque Berto era amable, sí, eso ya estaba más que establecido, pero prefería esperar.

Necesitaba acumular más evidencia. El sargento Wallace también tenía mañanas tranquilas y le daba cosas sin que se las pidiera, y sin embargo… terminaba siendo el hombre que era.

Así que el túnel seguía siendo su secreto por ahora.

Al llegar al almacén, dejó el libro nuevo en el estante, justo al lado del primero que continuaba arrugado e ilegible.

Luego fue al rincón del fondo y se puso a trabajar.

Desplazó los sacos de abono más pesados, arrastrándolos uno a uno con esa eficiencia silenciosa que lo caracterizaba, hasta cubrir la entrada por completo.

En la parte exterior quitó la carretilla y colocó dos sacos más; los acomodó con cuidado para que pareciera que siempre hubieran estado ahí.

Dio un paso atrás y estudió el resultado desde varios ángulos.

Pasable. Si alguien no buscaba ese hueco, jamás lo encontraría.

El baño fue rápido. Lo de siempre: agua, jabón y el mismo orden metódico que no necesitaba pensarse, porque el cuerpo ya se lo sabía de memoria.

Al salir, tomó el último juego de uniforme limpio que le quedaba.

Buscó en el fondo del cajón el listón que Rebecca le había dado semanas atrás y se recogió el cabello con la torpeza habitual, dejándolo torcido, pero funcional.

Su sargento lo hacía mejor, con más cuidado.

Era verdad que el cabello le estaba creciendo, había olvidado ese detalle, pero ya lo solucionaría después si a Rebecca le incomodaba.

Una vez listo, cruzó el pasillo hacia el ala principal y se dirigió a la habitación de su amada.

Cuando apenas pisaba el segundo piso, el olor lo alertó antes de llegar a la puerta. Olía a ella, sí, esa mezcla que identificaba antes que cualquier otra cosa; pero también percibió la esencia de Lord Adriel, ese rastro de cuero y algo más seco que pertenecía al comandante de manera inconfundible.

Lyall frunció los labios. En el fondo, deseaba estar a solas con Rebecca, pero sabía que pedir eso a plena luz del día y dentro de la mansión era un imposible.

Empujó la puerta de todas formas.

Adriel estaba sentado frente a Rebecca en una de las sillas de la habitación, con los brazos cruzados.

No era una postura casual; era la de un hombre que había llegado antes y elegía ese lugar exacto para dejarlo claro.

Rebecca, por su parte, estaba en su silla de ruedas, vistiendo el vestido verde que tanto le favorecía y con el cabello recogido, como cada vez que salía de su cuarto.

Cuando Lyall entró, los ojos de la joven se iluminaron de una manera que todavía no aprendía a disimular, y menos frente a su padre.

—Apareciste —dijo Adriel, sin moverse.

No era un saludo; era la apertura de algo que ya traía decidido de antemano.

—A partir de hoy —continuó el lord—, estaré aquí todas las mañanas. No confío en dejarte solo con mi hija.

Lo soltó sin espacio a la negociación. Era una declaración de hechos. Rebecca dejó escapar un suspiro breve, apenas audible, pero que Lyall captó a la perfección. Luego, ella apoyó una mano sobre la rueda de su silla y guardó silencio, sin ánimos de discutir.

Por su parte, el lobo se limitó a asentir.

No tenía nada que objetar. Si el comandante quería estar presente, que lo estuviera; eso no cambiaba su trabajo ni lo que ocurriría a la una de la madrugada, cuando disfrutara de total privacidad con su amada.

Así que se acercó, cargó a Rebecca con suavidad para llevarla a la cama, se acomodó en el borde, justo frente a ella, y extendió las manos.

—El… vestido —comenzó a decir Lyall, señalando la falda—. Lo… subiré.

—Deja, yo lo hago —respondió Rebecca, sin poder evitar una sonrisa.

La rubia recogió la tela hasta dejar las rodillas al descubierto, con la total calma de haber repetido esa rutina tantas veces que ya no le resultaba extraordinaria.

Aun así, evitaba mirar hacia donde estaba su padre, intentando mantener la mayor compostura posible.

Adriel frunció los labios; fue un gesto mínimo que Lyall registró de reojo, pero que no lo detuvo.

Con las piernas de ella a la vista, Lyall posó las manos sobre las rodillas, aplicando la misma presión suave que Walter le había enseñado antes de que todo se descontrolara.

La piel bajo sus dedos estaba fría, como siempre por las mañanas.

Comenzó a trazar círculos lentos desde el centro de la articulación hacia afuera, siguiendo el orden memorizado sin necesidad de pensarlo.

Los primeros segundos transcurrieron en un tenso silencio, con él bastante enfocado en hacerlo lo mejor posible.

Entonces, Rebecca habló:

—Lyall. Lo estás haciendo muy bien.

Lo dijo con un asombro sincero que no intentó ocultar y que se veía en su sonrisa.

El joven levantó la vista y le devolvió el gesto.

La expresión de Rebecca era honesta, libre de condescendencia.

Una parte de ella había temido que su lobo fuera un poco torpe al principio, pero, como siempre, Lyall se tomaba las cosas tan en serio que sus masajes resultaban perfectos.

Ya debería haber aprendido que él era así: meticuloso en todo lo que le interesaba de verdad.

Su concentración era absoluta, el mismo cuidado que aplicaba a cualquier tarea crucial. Y esta importaba más que ninguna otra.

Sin dejar de masajear las rodillas de su “sargento”, Lyall bajó la vista al trabajo que tenía entre manos.

Pasó a los tobillos con la misma atención, siguiendo el orden preciso.

Sus dedos distinguían, sin necesidad de que nadie se lo explicara con palabras, la diferencia entre una articulación rígida por el frío y una irritada por la enfermedad; lo había aprendido solo, a través del tacto repetido de las últimas semanas, pero durante sus momentos íntimos.

Además, él notaba qué partes se tocaba Rebecca a veces cuando estaban sentados en la hierba del jardín, o qué pierna le temblaba más cuando caminaba con su bastón los pocos metros que recorría durante el día.

Y mientras él estaba bien concentrado en su oficio, Rebecca lo miró.

No fue una mirada de evaluación. Fue la otra clase, la que llegaba sin aviso y se quedaba más tiempo del conveniente.

Sus ojos color miel descendieron despacio por el rostro de Lyall, por sus manos tan toscas sobre sus tobillos, por los dedos grandes y fuertes que, a pesar de su tamaño, la sostenían con una precisión asombrosa.

De pronto, sus miradas se encontraron.