El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) Esperando el golpe
72%

Esperando el golpe

Pasó una hora, tal vez más, en la que se quedó dormido en esa misma postura; estaba tan acostumbrado a dormir sentado que no le incomodaba en absoluto.

Sin embargo, despertó de golpe al oír el crujido de la puerta al abrirse.

Lyall se tensó de inmediato y olfateó el ambiente para descubrir quién entraba; no era Anna, como había asumido, sino Berto, algo que en el fondo no le agradó.

En cuanto el anciano cruzó el umbral, el agudo olfato del lobo detectó un rastro familiar: Berto todavía olía a alcohol.

Sin querer profundizar en ese detalle, se puso de pie y lo observó con una expresión seria.

Berto, ajeno a que Lyall podía oler su resaca, entró tocándose la cabeza, con un gesto de fastidio.

—Me dijeron que te encerraron, Lyall —comentó con voz ronca—.

¿Pero qué le hiciste al lord para que ahora te encierren por las noches?

La verdad es que no comprendo nada. Sí, eres uno de esos exsoldados, pero no eres peligroso.

Ahora me salieron con que tampoco puedes venir a mi casita. Exageran demasiado contigo.

El anciano soltó un suspiro pesado, quejándose en voz baja.

—Y me dijeron que tampoco comerás. Tres días sin comer —repitió, como si escucharse decirlo en voz alta le ayudara a aceptarlo—. Tú que siempre tienes hambre.

Suspiró. No era un suspiro de disgusto, sino porque no le gustaba eso que estaba sucediendo.

—En fin, no te preocupes. Te daré de mi porción —admitió con otro suspiro cansado, esa situación no estaba ayudando mucho a su resaca—.

Nadie se enterará, y tú no dirás nada. Eso me parece una exageración —concluyó, y luego, casi de manera distraída, volvió a tocarse la sien—. ¡Ah! Me duele la cabeza… pero no mucho.

Lo dijo sin darle importancia, como si hubiera mencionado que hacía fresco. Lyall no respondió; solo lo miraba con mucha atención.

Berto bajó la vista hacia él con un gesto de ligera confusión, sin entender por qué el joven se quedaba plantado allí, sin hacer el menor ademán de moverse.

Decidió ignorarlo y paseó la mirada por el lugar.

El orden era mejor que la noche anterior.

En el primer barrido visual, notó el libro de jardinería sobre el estante superior.

Lo tomó.

En cuanto Berto sujetó el libro, a Lyall se le hizo un nudo en el estómago, incluso antes de que el anciano abriera la tapa.

El libro estaba rígido. Las páginas, hinchadas por el agua y secadas al aire, habían quedado onduladas y pegadas entre sí.

Berto fue separándolas con cuidado, y lo que descubrió fue peor de lo que Lyall había alcanzado a evaluar a oscuras la noche anterior: la tinta de la mayoría de los dibujos se había corrido, manchando el papel con sombras de colores sin forma.

Textos enteros eran ilegibles y las cuidadosas ilustraciones de raíces y semillas habían desaparecido bajo borrones pálidos.

El corazón de Lyall empezó a golpear con más fuerza.

No era el miedo frío y conocido que se siente en el estómago antes de una emboscada.

Era otra cosa. Algo que aún no tenía un nombre claro, pero que le apretaba el pecho de una manera distinta, recordándole a esos días oscuros en que el sargento Wallace se quedaba a solas con él después que su esposa se iba por varios días.

Berto se giró con el libro en la mano. Tenía las cejas juntas, y ese solo gesto hizo que el nudo en el corazón de Lyall empeorara.

—¿Qué pasó? ¿Cómo se mojó el libro? ¿No tuviste cuidado?

Lyall bajó la vista hacia sus pies descalzos. No respondió. Sabía que, si hablaba, no le creerían; ya lo había aprendido.

Su silencio hizo que Berto entrecerrase los ojos.

El anciano miró el libro, luego el almacén y finalmente el suelo, donde todavía quedaban manchas oscuras de la humedad que no terminaba de secarse.

Entonces vio el balde. Estaba en un rincón, volcado y vacío; el mismo que Anna había dejado tirado al salir corriendo anoche.

Berto unió los puntos. Esa mañana, al verla, Anna llevaba el brazo derecho en un cabestrillo, y la satisfacción apenas disimulada con la que le había comunicado el castigo de Lyall había sido demasiado específica para ser neutral.

—¿Anna estuvo aquí anoche? —preguntó el jardinero.

Al escuchar el nombre, el nudo en el estómago de Lyall se apretó más. Asintió sin levantar la vista.

—¿Y la lastimaste?

Lyall apretó las manos y volvió a asentir.

Berto no respondió enseguida. Se hizo un denso silencio en el almacén, interrumpido solo por el canto lejano de los pájaros afuera y el crujido de otra página que el anciano pasó sin querer. Sin esperar más, el viejo dio un paso hacia él.

Lyall agachó aún más la cabeza. No lo planeó; sus hombros se tensaron y su cuerpo hizo ese ajuste silencioso del que ya sabe lo que viene y elige recibirlo en la posición menos expuesta.

Era la misma postura que adoptaba cuando el sargento Wallace tenía resaca.

Su cuerpo la había aprendido solo, por pura repetición.

Sin embargo, estar en esa posición le provocó una extraña sorpresa.

Sentía un latido raro en el pecho y un frío que nada tenía que ver con la temperatura del lugar.

Era la primera vez en mucho tiempo que anticipaba un golpe con algo que se parecía demasiado al miedo, aunque él se negara a llamarlo así.

Él no sufría de miedos; el único temor real que conocía era perder a Rebecca.

Lo demás eran solo situaciones extrañas que experimentaba, sensaciones sin nombre, y una de ellas estaba por comenzar esa mañana.

Además, ¿por qué le importaba ahora lo que Berto le fuera a hacer? Nunca antes le había importado.

—Lyall —dijo Berto.

El joven no levantó la vista. El nudo en su corazón se apretó más.

—Muchacho, ¿por qué tienes la vista en el suelo? Mírame.

Costó. Pero Lyall alzó la cabeza.

El anciano estaba a menos de un metro. Era bastante más bajo que él, así que para mirarlo de frente Berto tuvo que levantar la barbilla. Y en su rostro no había lo que Lyall esperaba.

Había otra cosa.

—¿Estás bien? Estás temblando. Y de repente empezaste a sudar.

Lyall lo miró con cierta confusión. Ni siquiera se había dado cuenta de que temblaba o sudaba.

Berto lo estudió con esa paciencia propia de los hombres que ya no tienen apuro y que han visto suficientes cosas en sus años como para no necesitar que nadie les explique lo que ya es evidente.

—¿Por qué lastimaste a Anna? —preguntó, con la misma calma con que hubiera preguntado cualquier otra cosa superficial—. Ella te echó el agua anoche, ¿verdad? Conozco a esa mujer desde hace años. Le gusta echarles agua a los animales para espantarlos cuando se ponen difíciles.

Lo dijo mirándolo de reojo, sin acusación en la voz.

Lyall permaneció en silencio. Le costaba hablar; siempre le costaba, pero ahora más.

Además, ¿para qué iba a hablar? Ayer había intentado explicar algo importante y el resultado fue terminar encerrado en el almacén con un castigo de tres días sin comer.

Su voz no pesaba lo suficiente en esta mansión, o en ningún lugar, la verdad. Nunca había pesado.

—No creo que lo hayas hecho sin razón —continuó Berto, sin esperar que él respondiera—. No pareces ser alguien violento por el simple gusto de serlo. Quizás fue un accidente. Ahora ven, cálmate.

Extendió la mano hacia el brazo de Lyall para indicarle que caminara con él.

Lo tocó en el antebrazo, apenas.

Y sintió que el músculo debajo estaba como piedra.

Berto retiró la mano despacio. No dijo nada por un momento. Miró al joven, que seguía ahí parado con esa rigidez que no era obstinación, sino algo mucho más antiguo que eso.

Suspiró.

—Por cierto. Nunca pregunté. —Su voz cambió de tono, volviendo a ese registro tranquilo de siempre—. ¿Cómo se curó tu quemadura? A ver, muéstramela.

Lyall lo miró con sorpresa. Parpadeó. De cualquier cosa, eso fue lo que menos esperó escuchar del anciano.

Pero, sin decir nada, se quitó la camisa y giró el brazo derecho hacia la luz que entraba por la puerta.

Berto se acercó, tomó su antebrazo con ambas manos y lo examinó desde la muñeca hasta el hombro, inclinando la cabeza hacia un lado y luego hacia el otro.

—¡Increíble! —murmuró—. No te quedó ni una mínima marca.

Berto alzó la vista al resto de la piel expuesta. En el torso y los brazos había algunas cicatrices pequeñas, las inevitables que acumula cualquiera que ha estado en la guerra, pero eran pocas y muy tenues, como si el cuerpo las hubiera reducido a lo mínimo sin llegar a borrarlas del todo.

—¿Qué tan profundas fueron esas otras heridas, para que solo te hayan quedado esas marcas tan leves? Porque si una quemadura de tercer grado desapareció por completo...

No terminó la frase. La dejó suspendida porque la conclusión ya era evidente. Tragó saliva.

—Ven, ponte la camisa —dijo al fin, suspirando—. Vamos a comer. Te daré algo.

Lyall se puso la camisa. Pero no se movió del lugar.

Berto esperó. Cuando vio que el joven no hacía ademán de seguirlo, giró la cabeza hacia él con una expresión llena de duda.

—¿El… castigo?

Lyall lo dijo despacio, con esa voz que arrastraba cada sílaba.

—¿Qué? —preguntó Berto, frunciendo el ceño.

El joven exhaló.

—Yo… lastimé a Anna. Su mano.

Se señaló la muñeca y luego apuntó hacia el libro arruinado.

—Arruiné… ese libro.

Llevó una botella imaginaria hacia su boca, imitando el gesto de beber.

—Anoche… bebió.

Berto abrió apenas la boca, pero Lyall continuó, con la vista fija en el suelo:

—¿Cuándo… me… golpeará? ¿Ahora? ¿Afuera?

Señaló la puerta del almacén. Luego la mirada fue al suelo de piedra bajo sus pies.

—Hágalo… aquí.

Bajó la mirada hacia el suelo, mientras su mente calculaba en silencio:

«Si lo hace ahora, antes de que vaya a ver a Rebecca, solo tendré que lavarme la cara. Los golpes estarán menos visibles y ella no se preocupará. Espero que termine con esto rápido».

—Hágalo —dijo Lyall mirando a Berto.

El lobo decía aquello con una lógica tan directa, tan desprovista de drama, que resultaba más perturbadora que cualquier cosa dicha con angustia.

Berto lo miró durante un segundo largo.

Hizo una mueca.

No fue una mueca de disgusto hacia Lyall. Fue la expresión de alguien que acaba de entender algo que preferiría no haber entendido, porque entenderlo le pesaba más de lo que esperaba.

—Lyall —dijo en voz baja—. ¿Qué estás diciendo? No te voy a golpear.

El joven levantó la vista apenas.

—El libro se mojó porque te echaron agua.

Eso no es culpa tuya. —Berto hizo una breve pausa—.

Y lo de Anna, no justifico lo que le hiciste, pero estoy seguro de que tuviste tus razones.

Si la hubieras querido lastimar de verdad, le arrancas el brazo.

Sé lo que puedes hacer. Una torcedura en la muñeca no es nada.

Se quedó callado un momento más, mirando al joven que seguía ahí parado frente a él, con esa tensión que no cedía ni un centímetro.

—No te voy a golpear —repitió, con más claridad—. No lo hacía ni siquiera con mi hijo. Menos lo haré contigo, no soy de esos.

Lyall no respondió. Pero algo en su expresión cambió de una manera muy sutil, ese tipo de cambio que no era visible para alguien que no hubiera estado prestando atención.

Berto no era un hombre de muchas palabras cuando las circunstancias no lo requerían.

Era del tipo que prefería hacer antes que explicar.

Así que no dijo más. Tomó el libro bajo el brazo, caminó hasta la puerta del almacén y se detuvo en el umbral.

—Ven. No estamos en el ejército ni en donde sea que estuviste antes.

Eso de los castigos se acabó, al menos de mi parte.

No puedo hablar por los demás, solo lo digo por mí.

—Señaló el libro con un gesto breve—. Le diré a Anna que me pague este libro.

Ella lo mojó. Yo tengo otro en la casita, el volumen II, vamos te lo daré.

Lyall lo quedó mirando.

—¿Te vas a quedar todo el día ahí? —preguntó Berto, sin tener una impaciencia real en la voz.

El joven tomó sus botas del suelo, se las puso sin sentarse usando el equilibrio del que su cuerpo disponía sin esfuerzo, y salió.

Afuera, el jardín olía a mañana limpia, sin rastro de la lluvia del día anterior. Las flores del ala sur brillaban con el rocío todavía pegado a los pétalos, y los pájaros que no habían decidido irse todavía hacían su ruido habitual entre las copas de los árboles.

Berto caminaba a su lado hacia la casita. En un momento, casi sin pensarlo, puso la mano sobre el hombro de Lyall.

Solo así, apoyada, sin ningún otro significado.

Notó que el músculo bajo su palma ya no era una piedra como hace rato. Aún había cierta rigidez, pero era otra clase: la de alguien que empieza a soltar algo sin terminar de decidir si puede hacerlo.

El anciano sonrió de costado.

—Por cierto, Lyall ¿Cómo supiste que estuve bebiendo anoche? ¿Me hueles a alcohol? Yo me bañé esta mañana —dijo, sin esperar una respuesta que lo favorezca mucho.

Y soltó una carcajada. Fue breve, sincera, de las que no necesitan audiencia.

Lyall lo miró.

Era extraño. La misma botella oscura. La misma noche de beber.

Y al día siguiente nada de lo que él esperaba había llegado.

Ningún golpe. Ningún mal humor descargado.

Solo ese anciano de sombrero de paja caminando con él hacia el desayuno —que él no debía comer— como si nada de lo anterior hubiera ocurrido.

«Este anciano es muy extraño», pensó Lyall.

Y casi inmediatamente después, mientras caminaban hacia la casita y el sol de la mañana empezaba a calentar el jardín con esa tibieza todavía amable de las primeras horas, otro pensamiento vino a sustituirlo.

«Pero, de todas formas, le diré lo del hueco al mediodía».