Raíces en la oscuridad
Lyall ya estaba dentro de ella. Su pene, grueso y caliente, abría las delicadas paredes de Rebecca con cada embestida lenta, profunda.
El sonido húmedo de su unión llenaba la habitación en penumbras, acompañado solo por la respiración entrecortada de ambos.
Él se sostenía sobre los antebrazos, esforzándose por contenerse mientras sus ojos azules, oscuros por el deseo, no se apartaban del rostro de ella.
Rebecca tenía la cabeza algo levantada, mirando hacia abajo con fascinación.
Ver cómo ese pene grande y venoso desaparecía poco a poco entre sus pliegues rosados, para luego salir brillante por sus propios fluidos, la tenía encantada.
Cada vez que él entraba hasta el fondo, sentía cómo la llenaba, presionando contra ese punto tan sensible en su interior.
Lyall gruñó bajito, provocando una vibración grave que ella sintió directo en su propio pecho.
Mientras él continuaba con ese ritmo controlado, profundo y suave, era consciente de que ella era como una delicada muñeca de porcelana entre sus manos; tenía que ser cuidadoso.
Rebecca jadeó, cerrando los ojos un segundo para entregarse por completo a la sensación de ser penetrada por él.
Entonces, entre gemido y gemido, la rubia logró articular:
—Mi lobo… quiero estar encima de ti… pero me debes ayudar…
A la rubia se le ocurrió en ese instante.
Lyall estaba sobre ella, pero ¿cómo sería si ella estuviera arriba?
Deseaba probarlo. Al escuchar su petición, el lobo se detuvo un momento en sus embestidas, mirándola con esos ojos intensos, y asintió sin decir una palabra.
Con una facilidad que dejaba claro lo poco que pesaba Rebecca, pasó un brazo fuerte bajo su espalda y el otro bajo sus nalgas, girando con ella sin salir de su interior.
Ahora Rebecca estaba arriba.
Sus manos pálidas, delgadas, se apoyaron sobre el pecho velludo, ancho y firme de Lyall, sintiendo los latidos fuertes de su acelerado corazón bajo las palmas.
Él, todavía enterrado hasta el fondo en su amada, la sujetó con firmeza por la cintura.
Sus grandes manos casi rodeaban por completo ese talle tan estrecho.
—¿Así?… —murmuró él con voz ronca.
—Sí, así… —respondió ella.
Entonces, sin esperar más, el lobo comenzó a moverla.
La guiaba de arriba hacia abajo, con movimientos lentos, rotundos. Como Rebecca no pesaba prácticamente nada para él, podía controlarla con facilidad, levantándola casi hasta la punta de su pene y bajándola de nuevo hasta que sus caderas chocaban con suavidad.
Durante todo el proceso, Rebecca soltó un gemido ahogado, mordiéndose el labio inferior con fuerza.
En esta posición lo sentía mucho más. El ángulo hacía que la base gruesa del pene de él frotara una y otra vez contra su clítoris hinchado en cada descenso, enviando descargas de placer puro por todo su cuerpo frágil.
—Ah… Lyall… —susurró, temblando con los ojos entrecerrados.
Rebecca disfrutaba de cada segundo; era como estar en un mundo donde solo existía el placer, era una sensación tan deliciosa que no quería irse de allí, nunca, por eso en medio de todo eso, se obligó a no gritar.
Sabía que si dejaba salir su voz con toda la fuerza que quería, alguien podría oírla.
Pero era tan difícil… Cada vez que bajaba, sentía cómo ese pene enorme la abría, la llenaba, rozaba todas sus paredes internas y presionaba su punto más sensible.
La fricción en su clítoris era constante, húmeda, caliente.
Estaba embelesada, ebria de puro gozo carnal. Sus ojos miel se volvieron vidriosos mientras lo miraba desde arriba. Sus cabellos rubios caían desordenados sobre sus hombros pálidos y se movían con cada subida y bajada.
«Lo amo tanto…», pensó mientras sentía otra oleada de éxtasis recorrerla. «Mi lobo… me hace sentir tan viva…»
Lyall entrecerró los ojos, manteniendo la mandíbula tensa.
Sus dedos se hundían con toda la suavidad que era capaz de reunir en la piel delicada de la cintura de Rebecca, conteniéndose con cada gramo de su voluntad.
Quería embestirla más rápido, más fuerte, dejarse llevar por el instinto salvaje que rugía dentro de él. Pero no podía. No con ella.
Un gruñido bajo, gutural, escapó de su garganta. Sus caderas subían ligeramente al encuentro de ella, midiendo cada milímetro. Tenía el cuerpo ardiendo, y el esfuerzo titánico por controlarse hacía que el sudor corriera por su pecho bronceado.
En ese instante, ambos se contenían al límite.
Ella, mordiéndose el labio hasta casi hacerse sangre para no gritar por lo exquisito que se sentía; él, encadenando su fuerza animal para no lastimarla.
Sin embargo, en medio de esa sutil batalla, se entregaban a un disfrute absoluto manteniendo una complicidad secreta que solo a ellos les pertenecía.
—Lyall… se siente… tan bien… —jadeó Rebecca, casi sin voz, mientras sus uñas se clavaban en el pecho de él.
Cada descenso hacía que su clítoris se frotara con más intensidad contra la base gruesa y caliente del pene de su lobo. Sentía cómo sus jugos resbalaban por él, mojando sus testículos y las sábanas debajo; el placer era tan intenso que todo su cuerpo delgado temblaba sin control.
Lyall la observaba fascinado: la expresión de éxtasis de su amada, sus mejillas sonrojadas, el vaivén de sus pechos pequeños con cada movimiento y esos labios entreabiertos que soltaban gemidos ahogados. Verla disfrutar de ese modo lo estaba volviendo loco.
No aguantó más.
Con un gruñido ronco y profundo, apretó con más firmeza las manos en su cintura y la bajó con fuerza una última vez, enterrándose hasta el fondo. Su pene palpitó con violencia dentro de ella mientras se corría con fuerza, llenándola hasta el fondo con chorros calientes y espesos de su simiente.
Rebecca tembló del placer que la recorría encima de él, sintiendo los fluidos de él, cómo su calor se derramaba en su interior. Eso fue suficiente para llevarla al límite también. Se contrajo alrededor de Lyall, corriéndose con un gemido ahogado que casi se convirtió en grito.
L, aun corriéndose, empujó un poco más hacia arriba, como si quisiera meterse aún más profundo dentro de ella, prolongando el placer de ambos.
Un par de minutos después, cuando por fin terminó, la sostuvo con cuidado y la colocó de una manera suave a su lado en la cama, sin salir de ella todavía. La atrajo contra su pecho, rodeándola con sus brazos fuertes y protectores. Besó su frente húmeda, sus párpados, sus labios temblorosos.
—Te. Amo… —susurró Lyall contra su boca, con esa voz grave y sincera—. Te amo… más… más que a… nada.
Ella, aun temblando y con la respiración agitada, se aferró a él con una dependencia que no podía ocultar. Escondió su rostro en el cuello de Lyall, rodeándolo con sus brazos delgados como si tuviera miedo de que desapareciera. Lo besó en el pecho, en la mandíbula, en los labios.
—Yo también te amo, mi lobo… —murmuró con una voz débil—. No sé qué haría sin ti… nunca te dejaré… nunca nos separarán.
—Nunca… —murmuró Lyall abrazándola contra su pecho, y besándole la cabeza, era cierto, él nunca se iba a separar de ella, jamás. Estarían juntos hasta la muerte.
Cuando terminaron de hacer el amor, los dos se quedaron acostados en un agradable silencio que se sentía lleno de paz.
Durante ese tiempo, Rebecca se acomodó contra el pecho de su lobo, aún unidos, disfrutando del calor que compartían.
De forma distraída, ella empezó a acariciarle el pene con los dedos, trazando líneas suaves a lo largo de su superficie.
Como era de esperarse, ante ese toque continuo, el miembro de Lyall comenzó a recuperar su firmeza con rapidez, estirándose y ganando grosor de nuevo.
Él entrecerró los ojos, soltando un suspiro pesado, y con la voz entrecortada murmuró tras tragar saliva:
—Rebecca… mi sargento… no, no… podré… controlarme…
Ella sonrió con cierta malicia. Levantó la vista para mirarlo con unos ojos brillantes, llenos de lujuria, mientras se relamía los labios despacio.
—Lyall, aún no tengo sueño. Y mira, estás todo duro… ¿Qué te parece si me lo haces de pie?
Lyall la miró con verdadera extrañeza, parpadeando un par de veces; no entendía lo que le estaba pidiendo. Rebecca, al notar su confusión y sin necesidad de que él dijera una palabra lo comprendió, por eso asintió con la cabeza sin borrar esa sonrisa traviesa.
—Sí —dijo, mientras le acariciaba el pecho—. Tú me cargas con tanta facilidad… Penetrarme estando de pie será sencillo. Vamos, hazlo, cárgame.
Una sonrisa se dibujó en los labios de él al escucharla.
Sintiendo su pene aún más duro y palpitante que antes por la audacia de su sargento, Lyall se levantó de la cama de un solo movimiento.
La levantó en el aire, subiéndola contra su propio cuerpo.
Pasó sus manos grandes y firmes bajo los muslos de Rebecca, haciendo que ella enroscara sus piernas pálidas alrededor de sus caderas que tenían ese bronceado natural como el resto de su piel.
Y así, sosteniéndola con ese agarre seguro en sus nalgas y piernas, la acomodó justo frente a su pene erecto. Fue la misma Rebecca quien guiando el miembro con su mano, se lo metió despacio, empujando su pelvis hacia delante hasta que quedó bien clavado en su interior.
Un gemido ahogado escapó de la rubia cuando se sintió llena de él otra vez.
De inmediato, ella se sujetó con fuerza de su cuello, rodeándolo con los brazos para asegurar su estabilidad.
Lyall, firme sobre sus pies, comenzó a moverla de arriba hacia abajo con un ritmo constante, controlando el peso de ella sin el menor esfuerzo.
En esa posición, sus rostros quedaban a la misma altura.
Se miraron a los ojos, compartiendo una complicidad ardiente en mitad de la penumbra, antes de que Lyall se inclinara para devorarle los labios en un beso profundo, hambriento.
Mientras la penetraba con la mayor delicadeza que podía conseguir, sus manos grandes alternaban entre sostenerla con fuerza por los muslos y apretarle el trasero, hundiéndose en su piel suave para marcar cada descenso con más fuerza.
Durante todo ese exquisito acto, Rebecca empezó a temblar sin poderlo evitar.
El cambio drástico de ángulo y la gravedad hacían que cada embestida la golpeara directo en su zona más sensible, desatando una tras otra intensas oleadas de orgasmos que la hacían jadear directo en el oído de su lobo.
Estuvieron así un buen rato, en un vaivén salvaje, fluido, hasta que la tensión en el cuerpo de Lyall llegó al límite.
—Ahh… —gimió Lyall en el oído de Rebecca, quien entrecerró los ojos al sentir ese jadeo caliente en su oreja. Casi sin poder evitarlo, él la lamió, haciendo que ella se estremeciera aún más.
Fue entonces cuando, con un último empuje rotundo, el lobo volvió a acabar dentro de ella, descargando su calor en lo más profundo.
Rebecca se sacudió por el clímax, perdiendo por completo el control.
Escondió el rostro en el hueco entre el cuello y el hombro de Lyall, sollozando bajito de puro gozo mientras se aferraba a él como si su vida estuviera en juego en medio de ese abrazo.
Cuando el pulso de ambos se calmó, Lyall caminó de regreso a la cama y se sentó en el borde, manteniéndola sobre su regazo. Rebecca no lo soltó; continuó abrazándolo con las piernas cruzadas a su espalda.
—Vamos… a… asearnos… —le dijo él, todavía muy jadeante, intentando recuperar el aire.
—Espera un momento… quedémonos más tiempo así —pidió ella en un susurro, acomodando la mejilla en su hombro.
Los dos se quedaron así, en silencio, con la calidez de la unión aún presente mientras sus cuerpos comenzaban a relajarse.
Más pleno que nunca, Lyall la estrechó contra sí, buscando fundirse un poco más con ella.
Cerró los ojos, disfrutando de esa paz que solo encontraba entre sus brazos, y le dio un beso tierno en la mejilla, inhalando el aroma de su piel.
Entonces, casi sin pensarlo, le dio un suave lengüetazo en el rostro.
Rebecca sonrió ante el gesto, y Lyall se permitió abandonarse por completo a la quietud de la noche.
Después de un rato, se fueron a asear. Con paciencia y extrema delicadeza, Lyall limpió el cuerpo de Rebecca dentro de la tina, asegurándose de quitar cualquier rastro de la pasión compartida sin lastimarla.
Él no se aseó; su única prioridad en ese momento fue ayudarla a vestirse con suavidad y acomodarla de nuevo en la cama cuando ya estaba lista.
Cuando él amagó con alejarse para transformarse en lobo, Rebecca lo sostuvo de la mano.
—No te conviertas en lobo esta noche—le pidió en un susurro dulce, con los ojos entornados por el cansancio, había hecho mucho y ya su cuerpo pedía a gritos descansar—. Quédate así, duerme junto a mí en tu forma humana, mi lobo…
Lyall no lo dudó. Complaciendo su deseo, se acomodó a su lado en forma humana.
La rodeó con sus brazos fuertes, amoldándola a su pecho en un abrazo protector.
A los pocos minutos, el peso de Rebecca hizo que se le durmiera el brazo, pero no cambió de posición ni un milímetro; verla tan cómoda, durmiendo de manera plácida en el refugio de su cuerpo, era más que suficiente para él. Con eso le bastaba.
A las seis de la mañana, los primeros hilos de luz aclararon la habitación y despertaron a Lyall.
Con sumo cuidado para no alterar el sueño de su adorada Rebecca, se escabulló de entre sus brazos; estiró su cuerpo, algo entumecido por la mala posición en la que había dormido, y luego se puso los pantalones para caminar descalzo hacia el ventanal.
Salió en silencio, subió al tejado y se marchó con la misma cautela con la que había llegado.
Por fortuna, el cielo estaba despejado y no llovía como la mañana anterior.
Al llegar al almacén, se coló por el hueco que había hecho en el suelo. Cubrió la abertura lo mejor que pudo y se acomodó en su rincón de siempre, con una pequeña sonrisa dibujada en los labios al recordar la noche con Rebecca.