El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El túnel #3
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El túnel #3

Lyall bajó la vista. Miró sus propias manos, luego sus pies, y cayó en cuenta del desastre en ese momento. El tema de mantenerse aseado era molesto; antes no le importaba en lo absoluto, pero ahora que siempre estaba con su Rebecca, debía ser más consciente de eso a cada instante.

—Debo… asearme.

Rebecca frunció los labios.

—Ve y sacúdete afuera.

Él asintió, dio media vuelta y salió al balcón. Se sacudió el pantalón con ambas manos, golpeó los pies contra la barandilla de hierro y pasó los dedos por el cabello para soltar lo que hubiera quedado. Cuando regresó, dejó una pequeña nube de polvo flotando en el aire del balcón.

—Ven aquí —dijo Rebecca con una sonrisa—. Dame un abrazo.

Lyall cruzó la habitación. Se arrodilló frente al borde de la cama y la rodeó con los brazos. Ella apoyó la barbilla en su hombro y cerró los ojos por un momento. Olía a tierra y a noche, y a él debajo de todo eso.

—Ponte de pie —dijo cuando se separaron.

Él obedeció sin pensarlo ni un segundo.

Rebecca extendió las manos hacia la cintura de sus pantalones.

Los desabrochó con una concentración tranquila, sin apuro, y los bajó.

Cuando la tela cayó al suelo se quedó mirando un momento; él no llevaba nada debajo.

Se mordió el labio inferior y la mirada se le desvió hacia abajo, hacia su pene, hacia lo que estaría dentro de ella en unos minutos cuando comenzaran a hacer el amor.

Luego parpadeó.

—Espera un momento…

Se inclinó un poco hacia adelante y examinó el pene de Lyall con los ojos entrecerrados, estudiándolo con una atención que no era precisamente la que él esperaba en ese instante.

—¿Por qué también tienes tierra aquí? —dijo señalando su pene, y su voz tenía un matiz entre la incredulidad y algo que pugnaba por convertirse en risa—. Lyall, ¿acaso estuviste revolcándote en la tierra? ¿Qué estuviste haciendo?

Lyall abrió la boca, pero luego la cerró. Tomó a Rebecca con cuidado, la recostó en la cama y se quedó de pie frente a ella, pensando.

No podía decirle que había cavado un túnel de un metro bajo el almacén para salir de donde lo habían encerrado. Eso no le gustaría, y esta noche ya había tenido suficientes cosas difíciles. Además, ella se preocuparía por él, y eso era peor.

Así que dijo lo primero que encontró en su poco repertorio de mentiras que nunca había usado.

—Me… caí.

Lo dijo con total convicción. Con la misma seriedad con que reportaba una misión completada.

Rebecca lo miró, él también la miraba.

Y ella siguió mirándolo.

—No te creo nada —dijo la rubia, despacio—. ¿Cómo te vas a caer y llenarte hasta el pene de tierra? ¿Qué clase de caída es esa exactamente?

—Una caída… fuerte.

Lyall lo dijo con tal gesto de certeza, con tanta calma improbable, que fue peor que cualquier excusa elaborada. Era demasiado serio para la pregunta que había respondido.

Rebecca aguantó tres segundos.

Luego se cubrió la boca con la mano y empezó a reírse.

Fue una risa que le salió del pecho, esa clase de risa que llega cuando uno está cansado y algo absurdo termina siendo justo lo que el cuerpo necesita. Se tapó la boca, pero de todas formas se le escapó el sonido, y tuvo que darse vuelta un momento porque si lo miraba directo a la cara era peor.

—Eres terrible mintiendo, mi lobo —dijo cuando pudo—. Terrible.

Lyall la vio reír y algo en él se soltó. La tensión de las últimas horas, el agua del balde, la puerta con seguro, las bofetadas, la cara del doctor Walter al irse, todo eso retrocedió un paso cuando escuchó esa risa. Sonrió. No pudo evitarlo.

Se acercó y la besó.

Rebecca recibió el beso y cuando se separaron, puso una mano en su mejilla.

—Ve a asearte —dijo—. La tina es toda tuya. Yo ya me bañé. No te tardes.

Lyall asintió con la cabeza. Pero antes de moverse, dejó que el pensamiento que llevaba horas acompañándolo volviera a subir.

Walter. El frasco oscuro. Rebecca recibiendo esa inyección todos los días sin saber lo que era en realidad.

Él no sabía cómo explicarlo. No tenía las palabras exactas ni la autoridad que los demás respetaban.

Cuando habló, nadie le creyó. Cuando actuó, lo castigaron.

Pero él lo sabía con la misma certeza con que sabía distinguir el olor de la lluvia antes de que llegara la tormenta: esa sustancia no era para aliviar el dolor. Era para otra cosa.

Y mientras Walter estuviera fuera, Rebecca no recibiría ninguna inyección. Tres días.

—Si… estaremos… bien —dijo, y la palabra le salió más lenta de lo habitual.

Se acercó un paso más y unió su frente con la de ella.

Cerró los ojos. Sintió el calor de su piel, el roce suave de su respiración.

Luego la escuchó acomodarse en las almohadas con ese movimiento cuidadoso que tenía cuando alguna articulación le protestaba, era ese gesto pequeño y cotidiano que ella nunca mencionaba pero que él siempre notaba.

Así lo dejaran días sin comer. Así cerraran la puerta con más seguros. Así hicieran lo que quisieran con él.

Él no iba a permitir que le inyectaran más esa “medicina” a su Rebecca.

No iba a permitirlo.