El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El túnel #2
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El túnel #2

Eligió el rincón más alejado de la puerta, donde los sacos de abono y la pared formaban un ángulo ciego. Empezó a cavar.

Las patas delanteras se hundieron en la tierra con una eficiencia que no requería esfuerzo consciente.

Era trabajo limpio: tierra afuera, profundidad adentro, dirección calculada para salir al otro lado del muro.

El almacén tenía cimientos de piedra, pero el suelo era de tierra prensada, y la tierra cede cuando uno sabe dónde empujar.

Cavó durante cerca de una hora.

Cuando el hocico encontró el aire fresco del otro lado, el lobo de pelaje negro salió al jardín lateral arrastrando tierra por el pelaje.

Se sacudió. Volvió a entrar. Salió de nuevo.

Dos o tres veces más, compactando los bordes del túnel para que aguantara el peso sin derrumbarse porque necesitaría esa nueva entrada de ahora en adelante.

Cuando estuvo satisfecho con el resultado, regresó a su forma humana en el jardín.

La noche era clara. La lluvia de la mañana había dejado el aire limpio y el pasto olía a tierra mojada y a las flores del jardín que Berto mantenía con tanta dedicación.

Lyall se quedó parado un momento, desnudo, todo sucio de tierra, evaluando el trabajo: el hueco quedaba en la base del muro trasero del almacén, disimulado por la sombra.

A simple vista, si no se buscaba con intención, podía pasar desapercibido.

Podía pasar, sin embargo… necesitaba cubrirlo mejor.

Buscó por el jardín hasta encontrar la carretilla de Berto, la de madera con la rueda de hierro que usaba para mover los sacos de tierra.

La tomó y la arrastró hasta el muro, colocándola de forma que bloqueara la vista del hueco desde el camino principal del jardín.

No era perfecto. No era lo que uno llamaría disimulado. Pero era lo que había.

Y en ese momento pensó en Berto, en ese anciano extraño.

Si alguien iba a notar que movieron la carretilla, era el jardinero. Era mejor avisarle que dejarlo encontrarlo de sorpresa y sacara conclusiones equivocadas. Lyall miró hacia la casita al fondo del jardín.

Había luz adentro.

Se acercó corriendo y se asomó por la ventana.

Abrió sus ojos más de lo normal.

Berto estaba sentado a su mesa habitual, pero sin el periódico ni los libros.

Tenía una botella oscura frente a él, de las de vidrio grueso sin etiqueta, y bebía despacio con una expresión que Lyall reconoció en el mismo instante: la cara del sargento Wallace cuando el alcohol todavía no le había ganado, pero ya estaba a punto de hacerlo.

Se apartó de la ventana sin hacer ruido.

No entró.

No era miedo, o al menos eso era lo que él asumía.

Era que conocía muy bien lo que venía después de ese tipo de botella.

La había visto demasiadas veces en la mano del sargento Wallace, siempre antes de que algo le doliera.

Berto no era Wallace, eso lo sabía, pero el lobo había aprendido que las botellas oscuras sin etiqueta no distinguían entre personas amables y personas que no lo eran, y su cuerpo lo recordaba antes de que su cabeza pudiera razonarlo.

Casi sin pensarlo, se llevó los dedos a la frente, justo donde caían las botellas que Wallace le lanzaba.

«Le diré mañana», pensó mientras se alejaba en silencio.

«No le diré lo del libro, no me creerá y pensará que fui yo quien lo arruinó».

Y luego recordó algo más: el día siguiente de beber también era complicado.

Wallace con resaca era peor que Wallace ebrio, a veces.

Así que mejor esperar a que al anciano se le pasara el dolor de cabeza antes de aparecer con malas noticias.

Le diría mejor al mediodía.

Regresó al almacén por el túnel y recuperó su ropa del suelo húmedo.

Se vistió solo con el pantalón porque la camisa seguía empapada y no tenía caso ponérsela.

Luego buscó el reloj de bolsillo que Rebecca le había prestado, abrió la tapa y lo acercó a donde la poca luz del exterior se filtraba por las rendijas de la puerta.

La una de la mañana tardaba.

Lyall se sentó en el suelo con la espalda contra la piedra fría y esperó.

Cuando la aguja pequeña alcanzó el número indicado, Lyall ya estaba en movimiento.

Salió por el túnel, cubrió el hueco con la carretilla, y cruzó el jardín en silencio con los pies descalzos sobre el pasto.

El techo de pizarra estaba seco esta noche, mucho mejor que esa mañana.

Subió por la columna del ala norte, cruzó la cresta con los brazos abiertos para equilibrarse y llegó al extremo sur donde el jardín de rosas esperaba abajo con su aroma constante.

El balcón estaba abierto.

Y adentro había luz.

Lyall se descolgó con cuidado por el borde del tejado, calculó el ángulo y saltó al balcón con un aterrizaje que no hizo ningún ruido. Empujó el ventanal con suavidad y entró con lentitud.

Rebecca estaba sentada en la cama, con las almohadas apiladas detrás de la espalda y un libro abierto sobre las rodillas. Levantó la vista en cuanto lo oyó entrar y sonrió, pero la sonrisa se interrumpió a mitad de camino.

Lo recorrió de pies a cabeza.

Su lobo tenía tierra en los pies. Tierra en las manos.

Tierra seca incrustada entre los dedos, en la ropa y en el cabello.

El pantalón oscuro mostraba manchas pálidas hasta la rodilla.

Y había algo más, una suciedad compacta y específica que venía de abajo, de haber estado en contacto directo con la tierra durante un tiempo considerable.

—¡¿Qué te pasó?! —preguntó Rebecca, bastante indignada.