El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El túnel
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El túnel

Las ocho de la noche llegaron sin que nadie llamara a Lyall.

Eso era inusual. Por lo general, a esa hora él ya estaría llevando a Rebecca al comedor, empujando su silla de ruedas por el pasillo como era costumbre, y luego subiéndola de vuelta cuando terminaba de cenar.

Pero esta noche un sirviente se había asomado al almacén para avisarle que la señorita no bajaría; quería comer en su habitación, y por eso el lord Adriel cenaría solo.

Lyall no dijo nada. Asintió con la cabeza y el sirviente se fue.

Se quedó sentado en su rincón con esa información dándole vueltas.

Rebecca no había bajado. Eso podía significar muchas cosas, ninguna de ellas tranquilizadora para su mente que ya estaba dándole vueltas al asunto, pero, aunque deseaba saber que había pasado, él comprendía que aparecer en la mansión sin que nadie lo llamara para preguntar por ella, era el tipo de cosa que le traería más problemas de los que ya tenía.

Así que no le quedó más remedio que quedarse donde estaba y esperar al encuentro de la una de la madrugada.

Tomó el libro de jardinería. Encendió la lámpara de aceite, la apoyó sobre un saco de abono y abrió en la página donde se había quedado. Leyó en voz baja, siguiendo las líneas solo con la vista, como Berto le había enseñado.

La tinta de los dibujos era limpia y los colores, aunque apagados por el tiempo, seguían siendo distinguibles bajo la luz amarilla.

En la página que tenía abierta había un árbol frutal con sus raíces dibujadas debajo de la tierra, mostrando cómo se extendían en todas las direcciones sin que nadie pudiera verlas desde afuera. Lyall pasó sus dedos por el dibujo.

«¿Cómo hicieron para que quedara tan perfecto?», pensó, admirando el detalle del dibujo.

Luego su mente se fue hacia las raíces, a la forma en que avanzan bajo la tierra sin que nadie las vea, silenciosas y constantes. Pero antes de que el pensamiento terminara de tomar forma, escuchó los pasos.

Los reconoció antes de que la puerta se abriera y luego sintió su aroma. Era Anna.

La ama de llaves con el cabestrillo blanco en la mano derecha, el que el doctor Walter le había puesto antes de marcharse por su muñeca lastimada, y con la izquierda, que era la única que le quedaba libre, cargaba un balde de agua que sostenía con esfuerzo visible.

Lyall levantó la vista del libro.

Lo que vino después ocurrió antes de que pudiera procesar el movimiento: Anna lanzó el contenido del balde directo sobre él.

El agua fría le cayó encima de golpe, empapándolo de la cabeza a los pies, arrastrando tierra y moho del recipiente. La lámpara se apagó con un silbido breve. Los libros, las cobijas, el suelo de piedra: todo quedó encharcado en un segundo.

El almacén quedó casi a oscuras, con solo la luz débil que se filtraba por la puerta abierta. Desde el umbral, Anna lo miraba con una expresión de satisfacción que disimulaba bastante mal; venía pensando en echarle ese balde desde que lo llenó en la cocina.

—¡Eso es lo mínimo que mereces por haberme lastimado la mano, estúpido y loco animal! Espero que pronto te saquen de aquí.

Lyall no respondió. Empapado como estaba, solo se quedó mirando el libro de jardinería.

El agua había mojado las páginas. La tinta de los dibujos se corría despacio en manchas de color que se expandían por el papel, borrando los detalles de cada planta, cada hoja, cada raíz que alguien había dibujado con tanto cuidado.

Las ilustraciones que él había reconocido con tanto interés se deshacían frente a sus ojos.

—Por órdenes de lord Adriel —continuó Anna, cruzando el brazo sano sobre el pecho—, estarás tres días sin comer. Y ya le informé a Berto de tu castigo para que no se le ocurra darte comida a escondidas. Tienes prohibido entrar a su casita en estos tres días. ¿Escuchaste bien?

El libro seguía perdiéndose. La tinta verde de los tallos se extendió hasta volverse una mancha sin forma. El amarillo de alguna flor cuyo nombre no recordaba desapareció primero. Lyall abrió los ojos de par en par.

«Los dibujos…», pensó.

—Ese será tu castigo por haber destruido el medicamento de la señorita.

¡Ahora debemos esperar una semana para conseguirlo!

El doctor Walter lo traerá cuando regrese.

Rebecca sufrirá esta semana por tu culpa, ¡qué desastre!

—se llevó la mano a la frente—. Pero, en fin, también es tu castigo por haberme lastimado la mano —insistió— y por haberle faltado el respeto a lord Adriel en las escaleras.

Lyall seguía sin mirarla.

Anna entrecerró los ojos. Dio un paso hacia adentro, encrespada por la indiferencia de él que resultaba más irritante que cualquier respuesta directa.

Cuando llegó más cerca y vio que el lobo tenía los ojos fijos en el libro mojado y no en ella, la molestia se convirtió en algo más personal.

Porque era como si todo lo que ella estaba diciendo no le importara.

Extendió el brazo bueno, tomó el libro con los dedos y lo acercó a la luz que entraba por la puerta para verlo mejor. Las páginas se habían pegado entre sí por el agua. Al separarlas con cuidado, la tinta terminó de correrse del todo.

—¿De dónde sacaste este libro? —preguntó, frunciendo el ceño con molestia—. ¿Te lo robaste de la biblioteca? No recuerdo haber visto que Rebecca te lo haya dado.

Silencio.

Anna lo estudió mejor bajo la poca luz disponible. El título, aunque borroso, seguía siendo legible.

—¿Le robaste este libro a Berto? Porque es un libro de jardinería —La voz se le subió un tono—. ¡Además de salvaje, violento, eres un ladrón!

Fue entonces cuando un gruñido salió de la garganta de Lyall sin que él lo pudiera evitar. Se escuchó bajo, sostenido, el tipo de sonido que no es una advertencia sino nada más lo que queda cuando ya no hay más que decir.

Anna dio un paso atrás, le lanzó el libro al suelo y escapó del almacén con un gritico agudo que hizo eco en el jardín.

En el fondo le era difícil no sentirse aterrada por él; después de todo, le había lastimado la muñeca, y eso hacía que el asunto fuera personal.

En cuanto salió, la puerta se cerró de golpe.

El ruido del cerrojo al girar llegó nítido y definitivo.

Lyall permaneció inmóvil un momento, todavía empapado, con el cabello goteándole sobre la frente. Escuchó que Anna seguía del otro lado, así que se puso de pie, caminó hacia la puerta y la empujó. La madera crujió, pero no cedió. Del otro lado, los pasos se detuvieron.

—Lord Adriel ordenó que estés encerrado mientras no estás cuidando a Rebecca —dijo Anna desde el otro lado, con una voz bastante más tranquila que diez minutos antes; la puerta de por medio le daba una seguridad que cara a cara nunca habría tenido—.

No creas que tienes muchos derechos aquí, salvaje.

Es un milagro que sigas en esta mansión después de todo lo que has hecho.

¿Cómo te atreves a inculpar al doctor Walter de querer matarte? ¿Qué ganaría él contigo? En serio.

Lyall apoyó una mano en la madera.

—Hasta… nunca, príncipe —dijo con su voz lenta—. Eso dijo… el doctor. Cuando… cuando quemó él… lanzó la lámpara… el fuego y…

No terminó. La frase se le deshizo en la boca antes de llegar a ningún lado. Tenía demasiado que explicar y no encontraba cómo ordenarlo, cómo hacer que las palabras salieran en el orden correcto sin que todo sonara a un revoltijo sin sentido.

—¡Ya cállate! —lo interrumpió Anna desde afuera—. ¿Príncipe? ¿Por qué el doctor Walter te llamaría príncipe? ¡Estás loco! Lo más seguro es que escuchaste mal. En fin. ¡Adiós, no molestes más! Mañana vendré a sacarte de aquí. Y si llegas a dañar esa puerta o intentas forzarla, te irá mucho peor.

El sonido de sus pasos se alejó esta vez y no regresó.

Lyall apretó los labios. Cerró el puño contra la madera sin golpear.

Retrocedió.

Se quedó parado en la oscuridad un momento, con el agua escurriéndole poco a poco por la ropa y formando un charco en el suelo de piedra.

El lugar estaba a oscuras, sin ventanas y con la lámpara apagada, pero los ojos del lobo no necesitaban luz para ver.

Las formas del almacén, los sacos apilados, las herramientas colgadas, las cobijas húmedas tiradas en el suelo, todo lo distinguía con claridad.

Él no lo sabía, pero sus ojos brillaban un poquito en la oscuridad, como los de cualquier bestia.

Sin importarle nada más por el momento, fue primero al libro.

Estaba boca abajo donde Anna lo había lanzado. Lo recogió y pasó las páginas con cuidado, separándolas una por una donde el agua las había pegado. Muchas estaban arruinadas: los dibujos de raíces y semillas habían quedado como manchas sin forma y el texto de varias secciones era ilegible.

Pero cuando llegó a la página de los girasoles, se detuvo.

El dibujo seguía ahí. La tinta había corrido apenas en los bordes, pero la ilustración central permanecía intacta: los pétalos amarillos, el tallo largo, el centro oscuro y redondo. El nombre debajo se leía con claridad. Lyall lo miró un momento.

Sonrió.

Dejó el libro abierto en esa página sobre el estante más alto, lejos del charco, para que el aire lo fuera secando. Al menos su planta favorita se había salvado.

Después extendió las cobijas en la parte seca de la pared y colocó la lámpara de aceite en otro estante. La mecha se había mojado, pero cuando se secara volvería a funcionar.

Y sin más, con el almacén a oscuras y la puerta con seguro, Lyall fue hasta un rincón y se puso de cuclillas. No pensaba quedarse ahí encerrado; tenía que reunirse con su sargento a la una de la madrugada y el tiempo no sobraba. Así que se desnudó y se transformó.

Los huesos crujieron. El pelaje brotó. El mundo se volvió más amplio y más detallado al mismo tiempo, como siempre ocurría cuando el lobo emergía.

Las formas del almacén se volvieron todavía más nítidas y captó el olor de la tierra húmeda bajo las patas, la madera vieja del techo y la piedra fría de las paredes.

Olfateó el suelo.