La rabia y la verdad #2
Lyall cerró los puños. Miró a Walter con una intensidad que comunicaba todo sin necesidad de palabras, era una expresión que pocas veces había usado fuera del campo de batalla, justo la que antecedía a un acto irreversible.
Walter recibió el mensaje y lo entendió. Durante un instante, sus facciones cambiaron, reflejando una breve precaución, similar al temor de tener enfrente a un animal que está a punto de morder. Pero descartó la alerta de inmediato.
—Ahí está —dijo, señalándolo con un gesto tranquilo—.
Esa expresión. ¿Rebecca sabe que pones esa cara?
Tus intenciones se ven en este instante.
¿Quieres matarme? Adelante. Hazlo. Sácame el corazón, córtame la cabeza con tus espadas de hueso, haz lo que quieras.
Pero piénsalo bien: si me matas, ella no lo va a soportar.
Hoy se desmayó con mucho menos. Un cadáver en su mansión, asesinado por el hombre que ella tanto ama, eso sí que terminará por matarla.
El doctor dejó de hablar por un momento, y luego una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.
—Y si eso pasa, no habrá nada que te salve. Nada en el mundo. Así que vamos. Hazlo. Te lo estoy pidiendo.
La rabia en los ojos de Lyall cambió de temperatura.
Siguió siendo rabia. Pero dejó de ser solo eso.
Había algo más ahora. Una verdadera confusión que no podía ocultar porque nunca había aprendido a hacerlo.
¿Por qué?
¿Por qué ese hombre le pedía que lo matara?
¿Por qué quería que lo eliminaran si eso significaba destruir también todo lo demás?
No tenía sentido. En el frente, los enemigos huían o atacaban; los que pedían su propia muerte eran los que ya no tenían nada que perder.
Pero Walter no parecía alguien sin nada que perder.
Tenía su maletín, su viaje planeado, su vida como doctor. Tenía planes.
Entonces, ¿por qué?
—¿Por qué…? —comenzó Lyall, despacio—. ¿Por qué hace… esto?
Walter dio un paso atrás.
Lo miró.
Y por un instante, solo un instante, dejó de ver al “sirviente” mudo que se había convertido en un problema.
Vio otra cosa. Los ojos azules, los pómulos altos, la estructura del rostro que él había intentado no mirar demasiado durante el último mes porque mirarlo era revivir algo que hubiera preferido que no existiera.
Vio al rey Josías.
No en su totalidad. No lo vio con la corona ni con el atuendo real ni nada de eso. Pero en la forma de la mandíbula, en los ojos que lo miraban con esa mezcla de confusión y determinación, había algo que no podía ignorar.
—Tú no deberías estar vivo —murmuró con sus ojos fijos en los del lobo—. Tu familia…
Se detuvo.
Lyall frunció el ceño.
—Mi familia… es… Rebecca.
La voz le salió más baja de lo habitual. Bajó la vista y se tocó el vientre con los dedos, en un gesto que se veía algo torpe pero era directo.
—Embarazo. Nuestro… bebé.
Quería decir más. Quería explicar que ella era todo lo que poseía; que la pequeña vida en camino representaba la primera vez en su existencia que sentía algo suyo de verdad; que su hogar no era un concepto vago y sin forma, sino una persona real durmiendo en una cama a pocos metros de distancia.
Sin embargo, los pensamientos no se ordenaron, así que lo dejó ahí.
Walter lo contempló durante un segundo largo.
Y luego soltó una carcajada. Fue una risa sin alegría, de esas que brotan ante algo que resulta tan irónico como absurdo.
—Tu familia —repitió, negando con la cabeza—.
Eso que crees que tienes no existe, muchacho.
Tu familia real murió masacrada hace muchos años.
Y la que crees que estás formando ahora tampoco va a durar.
Rebecca morirá antes del parto, o durante.
Ese bebé no sobrevivirá, y si llega a nacer y es mujer, vendrá con la maldición de los Bethel grabada en los huesos.
El Marchitamiento de Huesos no distingue. No perdona.
Se enderezó, ajustándose los lentes con el gesto mecánico que era tan habitual en él.
—Tu supuesta familia está condenada porque tú eres un error.
Se suponía que debías estar muerto. En la guerra, en el Proyecto Nimrod, o durante aquel atentado.
Llevas diecinueve años existiendo cuando no deberías, y eso tiene un costo.
Cuando llegues al palacio real, lo entenderás, será tu fin y traerás la ruina a esta familia, ya lo verás.
Y cuando llegue ese momento, te darás cuenta de que siempre tuve razón.
Lyall no se movió.
Pero su mente sí.
—¿Mi… fin? ¿La ruina… a esta… familia? —preguntó.
Walter asintió con una satisfacción que no intentó disimular.
—¡Oh si! Cuando llegues al palacio real, lo descubrirás tú solo. Siempre tuve razón: debiste morir hace muchos años. En la guerra. En el Proyecto Nimrod. O durante el atentado —insistió.
Lyall abrió la boca para preguntar.
¿Qué atentado?
Pero Walter ya se giraba hacia la puerta. Salió sin mirar atrás, como si la conversación hubiera sido algo de lo más ordinario. Luego, casi como si lo recordara en el último momento, se detuvo en el umbral de la puerta del almacén y habló hacia el exterior, sin voltearse a mirar a Lyall.
—Ah. Por cierto.
Una pausa.
—Tienes razón. Esa inyección... es muerte.
Lo dijo con una sonrisa en la voz y la misma calma de siempre.
Lyall sintió que algo en él se rompía hacia adentro.
La rabia que había pasado treinta minutos tratando de apagar volvió de golpe, más grande que antes, más caliente, llenándole el pecho hasta los bordes.
Sus manos se convirtieron en puños. Sus uñas se curvaron en garras que se hundieron en las palmas recién curadas y volvieron a sangrar.
Quería lanzarse. Quería atraparlo antes de que saliera al área del jardín. Quería terminar esto ahora, de una vez, de la única forma que su cuerpo conocía bien.
Cerró los ojos.
Apretó los dientes.
Los abrió y decidió no matarlo.
—¡Vete… vete a la mierda… tú… jódete!
El lobo gritó aquellas palabras con toda la voz que tenía.
No fue elegante ni calculado. Fue lo único que salió, lo único que en ese momento era verdad en su boca, y lo dijo con la misma energía con que Thomas le había explicado que debía decirse, con sentimiento, en el momento exacto en que no quedaba nada más que decir y porque no podía hacer nada.
Walter se detuvo.
Se giró apenas, lo suficiente para mirarlo por encima del hombro y al instante, una expresión de sorpresa cruzó su rostro, breve pero real. No preguntó cómo había aprendido esas palabras. No dijo nada. Solo lo miró un segundo, luego siguió caminando y desapareció cerrando la puerta detrás de él.
Sus pasos se alejaron hacia esa área del jardín lateral de la mansión.
Lyall permaneció de pie en la penumbra del almacén, con las manos ensangrentadas y el corazón golpeándole contra las costillas.
Escuchó los pasos del doctor cruzar el jardín rumbo al área principal; después el silencio lo inundó todo cuando la distancia apagó el ruido.
Regresó a su rincón y se sentó, abrumado por un cansancio que no era físico: su mente se sentía agotada.
Mientras tanto, Walter avanzaba con total tranquilidad hacia el carruaje. Su equipaje ya estaba cargado y el cochero solo aguardaba su llegada para partir.
—Si el rey Josías supiera cómo quedó el único que lleva su sangre —murmuró, amparado en la absoluta soledad de esa área por donde caminaba.
Sonrió a medias porque le resultaba irónico.
—Su peor error fue meterse con esa concubina. Mira cómo terminó todo. Él muerto, su hijo mayor, su esposa. Y lo único que queda ya está condenado. La dinastía de los primeros reyes debía acabar en algún momento. Supongo que así debió ser.
Tras ese último pensamiento, subió al carruaje y soltó un suspiro. El cochero no perdió el tiempo; azuzó a los caballos con las riendas y el vehículo se puso en marcha.