El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) La rabia y la verdad
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La rabia y la verdad

El almacén olía igual que siempre: tierra, queroseno, madera vieja. Lyall entró, cerró la puerta detrás de él y se quedó parado en el centro por un momento, con los ojos cerrados y los pulmones llenándose de ese aire denso que ya conocía de memoria y que no le molestaba en lo absoluto.

Luego cuando se “calmó” tan solo un poco, fue a su rincón.

Se sentó en el suelo con la espalda contra la piedra fría, apoyó los codos en las rodillas y hundió su cara entre las manos. Se quedó así, sin moverse, escuchando el latido de su propia sangre.

La rabia estaba ahí. No tenía esa rabia que explota y se va; era la otra clase, la que se asienta en el pecho como una piedra caliente y no sabe a dónde ir.

Lyall la conocía bien porque había convivido con ella durante casi toda su vida, solo que antes nunca tuvo un nombre para lo que sentía.

Ahora sí. Era rabia, y ahora ese sentimiento estaba dirigido a una sola persona.

El doctor Walter.

Cerró más fuerte las manos. Las heridas de las palmas, donde los vidrios de la jeringa le habían cortado la carne, ya estaban cerrándose.

El dolor físico era lo de menos. Sin embargo, lo que no cedía era la imagen grabada en su mente: el frasco oscuro, la aguja, Rebecca con los ojos cerrados acostumbrada a recibir aquella sustancia sin saber lo que era.

Él lo sabía. Lo había sabido en el instante en que el olor le llegó a la nariz.

Ese aroma no era medicina. Era lo mismo que olía en las enfermerías del frente, donde ponían a los soldados terminales para que no sufrieran más.

Los inyectaban con algo parecido y en unas horas dejaban de moverse.

No era para aliviar; era para apagar, para…

matar. Lento o rápido dependía de la dosis, pero el final era el mismo.

Y Walter se lo estaba dando a Rebecca todos los días.

Lyall apretó los dientes con tanta fuerza que le dolió la mandíbula.

Lo peor no era que nadie le había creído.

Eso lo esperaba. Él sabía que las palabras de un sirviente y además uno de su clase, que ni siquiera era considerado humano, no tenían el peso de las de un médico de buen nombre y traje limpio.

Lo había calculado antes de hablar, igual que calculaba los ángulos en una misión, y sabía que el resultado probable era el mismo que ocurrió: el comandante lo golpeó, Anna se quedó con el brazo lastimado por culpa de él, Rebecca se desmayó, y Walter siguió ahí tan tranquilo como si nada.

Lyall no era tonto.

Él lo analizaba todo, siempre, dentro de los límites de lo que comprendía. No tenía las palabras de los nobles ni la educación de los doctores, pero sus ojos funcionaban. Sus oídos también. Y su nariz nunca lo había engañado en veinte años de vida.

El incendio del establo tampoco había sido un accidente.

Eso también lo sabía. Había esperado que alguien hiciera la conexión, que el comandante Adriel, con toda su experiencia militar, pusiera las piezas juntas.

Pero no lo hizo. Y Lyall comprendía por qué: era más fácil creer que el exsoldado, el perro tonto se había vuelto loco, que aceptar que el médico de la familia llevaba quién sabe cuánto tiempo haciendo daño a escondidas.

Así funcionaba el mundo.

Exhaló despacio por la nariz. Abrió las manos, miró las palmas ya casi cerradas y las volvió a cerrar.

Tenía que calmarse. No por él, eso le importaba poco. Sino por Rebecca.

«Lastimé a Anna», pensó. «Eso me traerá castigo. Lo aceptaré.»

Era lo correcto. Anna no tenía la culpa de nada, estaba siguiendo instrucciones y él la había sujetado con más fuerza de la necesaria en un momento en que su instinto se impuso sobre todo lo demás.

Eso no estaba bien. Él sabía cuándo usaba demasiada fuerza; lo sabía porque el entrenamiento le había enseñado a calibrar, y en ese momento no lo había hecho.

Él no debía lastimar a nadie que no fuera el enemigo, y Anna… no era el enemigo.

Aunque, lo que no podía aceptar era quedarse sin hacer nada mientras Walter seguía inyectándole veneno a Rebecca, pero tampoco podía actuar como lo había hecho en esa habitación.

Romper cosas, gritar, dejar que la rabia tomara el control.

Eso solo conseguía que nadie lo escuchara.

Que pareciera lo que todos decían que era: un animal que había perdido el juicio.

Necesitaba otra forma.

Todavía no sabía cuál era, pero algo tenía que existir. Las misiones imposibles siempre tenían una salida. El problema era encontrarla antes de que fuera demasiado tarde.

Cerró los ojos otra vez. Intentó dejar la mente en blanco, como hacía en el frente cuando tenía que esperar horas en posición antes de una emboscada, o cuando el sargento Wallace lo dejaba en los bosques para abandonarlo y él se mentalizaba de que no era así, de que no era abandono, sino parte de otra misión.

Era una habilidad que había perfeccionado por necesidad: apagar el ruido interno, reducirlo todo a la respiración y al ritmo del propio cuerpo.

Adentro y afuera. Adentro y afuera.

Poco a poco, la piedra caliente que sentía dentro del pecho fue perdiendo temperatura. No desapareció. Pero dejó de quemarlo.

Treinta minutos después, o algo parecido a eso, Lyall levantó la vista hacia la puerta.

Lo supo antes de que llegara. El olfato lo alertó con suficiente anticipación como para que no lo tomara por sorpresa: jabón caro, tinta, algo metálico que siempre acompañaba al médico como si lo siguiera a todas partes.

Walter.

La puerta se abrió sin que nadie llamara.

El doctor entró con su típica calma de siempre, esa que no era tranquilidad sino control, la diferencia entre una persona que no tiene miedo y una que ha aprendido a no mostrarlo.

Dejó la puerta abierta detrás de él. La luz de la tarde se colaba por el umbral en un rectángulo amarillo y tibio.

Lyall se puso en pie sin dejar de mirarlo.

No se movió con brusquedad, nada más decidió ponerse en pie al notar que la llegada de ese doctor merecía su atención absoluta. Quedaron cara a cara en el almacén. Lyall le sacaba una cabeza de ventaja, así que tuvo que inclinar la vista para mirarlo.

Walter lo estudió durante un segundo. Luego sin importarle nada dio un paso al frente y le dio una bofetada.

Lyall la dejó llegar. Su cabeza giró apenas con el impacto, el cabello negro le cayó sobre la mejilla por un momento. Un gruñido bajo salió de su garganta, casi involuntario, como una advertencia que su cuerpo emitió sin que él lo ordenara o lo pudiera evitar.

El doctor sonrió.

Preparó la mano para otra.

Pero Lyall se la atrapó en el aire. La sujetó con cuidado, con la misma frialdad con que había aprendido a controlar su fuerza en los momentos que importaban.

—Solo… una —dijo.

Walter bajó los ojos hacia la mano que lo retenía. Luego los subió.

—¿Qué vas a hacer? ¿Lastimarme la muñeca como le hiciste a Anna?

Con un poco más de presión le habrías fracturado el hueso, ¿lo sabías?

—El médico mantuvo la voz uniforme—. Estás en graves problemas.

El comandante, es decir, el lord Adriel no tiene una paciencia infinita y tú se la estás agotando a una velocidad impresionante.

Contrólate, o lo poco que te queda aquí se acabará antes de lo que crees.

Lyall lo soltó.

Y en ese mismo instante, Walter le dio la segunda bofetada con más fuerza que la anterior.

El lobo vio venir el movimiento con suficiente tiempo para esquivarlo.

Pero si lo hacía, la reacción posterior sería devolver el golpe casi por reflejo; eso era lo que su instinto le gritaba.

La otra opción era sujetarle la mano una vez más, y con la rabia que ahora le hervía por dentro, lo haría con demasiada fuerza.

Lo sabía. Walter también lo sabía. Por eso había actuado así, porque contaba con que el lobo terminaría tomando la peor alternativa.

Así que dejó que el golpe llegara.

Walter se echó a reír. Fue una risa baja, sutil, pero demasiado real.

—Si quisiera, podría golpearte toda la tarde hasta que sea hora de irme —dijo—. No pasaría absolutamente nada. Ya para la noche no habrá rastro en tu cara. Nadie lo vería, y si alguien lo ve, a nadie le importaría, y no habría ninguna consecuencia para mí.

Se metió las manos en los bolsillos del chaleco con una calma insultante sin dejar de mirar a Lyall.

—He de suponer que eso es lo que sentía ese sargento, tu antiguo dueño cuando lo hacía. Te golpeaba, ¿No es así? Es muy fácil hacerlo, asumo que ese sargento retirado se descargaba contigo sus frustraciones.

Lyall abrió los ojos.

Esa suposición no la esperaba. No porque fuera difícil de responder, sino porque nadie se la había hecho nunca. Nadie había puesto esas dos cosas juntas de esa forma, el sargento Wallace y sus abusos, como si fueran un hecho normal que merecía ser mencionado en voz alta.

Y al escucharlo, algo se le apretó en el pecho de una manera que no tenía nada que ver con la rabia.

Era otra cosa. Más pequeña. Más fría y él no sabía por qué reaccionó así.

Walter continuó, sin esperar respuesta.

—¿Qué pretendías al decirles que yo intenté matarte? ¿Cuál era tu plan con exactitud? ¿Creías que te iban a creer?

El doctor sonrió un poco más, y esa sonrisa era la clase que no transmite alegría sino la satisfacción de una persona que ya conoce el resultado antes de que ocurra.

—Nadie va a creer las palabras de un animal como tú, Lyall. Nunca. —Llamarlo así sonó extraño en su boca, porque él sabía que ese no era su nombre—. Y la verdad es que me desagrada que estés hablando. Me gustabas más cuando eras mudo.

Levantó la mano y le dio un manotazo en la boca. Lyall cerró los ojos un momento para calmarse y luego los volvió a abrir, sosteniéndole la mirada.

—Ya deja de hablar. Das vergüenza —declaró con burla—. ¿Crees que aprender a decir palabras te hace más humano? Haz lo que aprendiste de niño y mantén la boca cerrada; a nadie le interesa escuchar lo que tienes que decir.