El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El regreso y la tormenta #3
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El regreso y la tormenta #3

El lobo no entendía de motivos ocultos, de dinero ni de las ambiciones del médico; su mente no procesaba la malicia humana de esa forma.

Lo único que sabía, con la certeza ciega de un animal que detecta el veneno, era que esas inyecciones significaban peligro para su sargento.

Por eso se detuvo en seco en medio del corredor.

Actuando por puro instinto, dio la vuelta. No podía irse.

En la habitación, Anna sostenía la jeringa con manos temblorosas bajo la dirección de Walter, cuando de repente, la puerta se abrió de golpe.

Lyall regresó con la velocidad de un vendaval, sorprendiendo a todos.

Antes de que nadie pudiera reaccionar, sujetó la muñeca de Anna con una fuerza descontrolada.

—¡Ah! ¡Me duele! —gritó la mujer, suplicando cuando L la sujetó.

—No. Esto... es muerte —sentenció Lyall.

Le arrebató la jeringa de vidrio y la apretó en su puño.

El cilindro estalló, rompiéndose en mil pedazos que se clavaron en sus palmas.

No parpadeó. Dejó caer los fragmentos ensangrentados y, acto seguido, tomó el frasco de la mesa de noche, lo arrojó al suelo y lo pisó con tal saña que la madera del piso crujió, hundiéndose.

—¡Te has vuelto loco! —gritó Adriel, levantándose de la silla.

Rebecca se cubrió la boca con ambas manos, pasmada ante la violencia del acto tan repentino de Lyall.

—¡Maldito demente! —Adriel, fuera de sí, avanzó y le propinó un golpe certero en el rostro con todas sus fuerzas.

El impacto mandó a Lyall al suelo. El lobo se incorporó despacio, limpiándose el hilo de sangre de la comisura de los labios. En sus ojos no había rastro de arrepentimiento.

—¡Padre! ¿Qué hiciste? ¡Por qué le pegas! —gritó Rebecca, pero la impresión de la escena fue excesiva para su cuerpo; tan frágil que no soportaba sorpresas de ese calibre. Sus ojos se pusieron en blanco—. ¡Lyall...!

—¡Señorita! —exclamó Walter.

Rebecca se desplomó en la cama, inconsciente.

Lyall se lanzó hacia ella, desesperado.

—¡Rebecca!

—¡Fuera de aquí! —gritó Adriel, empujando al lobo lejos del lecho—. ¡Lárgate!

—Eso... era muerte. Él... —insistió Lyall, tratando de zafarse para señalar a Walter una última vez.

Adriel lo empujó con furia hacia el pasillo mientras Anna se acunaba el brazo, llorando.

—Ah, me duele mucho, mi muñeca...

Por el momento nadie le prestaba atención al ama de llaves.

—Se desmayó por la exaltación —indicó Walter, acomodando a Rebecca en las almohadas—. Rápido, búsqueme ese frasco de la repisa, el de la tapa roja, milord. Vierta el contenido en el algodón.

Adriel, con las manos temblorosas por la adrenalina, obedeció las instrucciones del médico. Colocó el algodón empapado bajo la nariz de su hija. Al cabo de unos segundos, Rebecca tosió y abrió los ojos, regresando a la conciencia.

Al ver el leve movimiento de sus párpados desde el umbral, Lyall sintió que el alma le volvía al cuerpo.

—Papá... déjalo en paz... —susurró ella, débil.

Walter, al ver que la señorita recobró la conciencia, examinó con rapidez a la sirvienta.

—Su muñeca está lastimada, pero no es grave. Un vendaje bastará.

Adriel se incorporó, con el rostro desencajado. Sujetó a Lyall por las solapas de la chaqueta y lo arrastró fuera de la habitación con una violencia que intentaba disimular ante su hija. Lo empujó hasta el descanso de las escaleras, acorralándolo contra la barandilla.

—¡¿Es que no puede haber un solo día en que no le arruines la vida a mi hija?

! —siseó Adriel, dándole un manotazo lleno de desprecio en la cabeza—.

¿Ahora acusas al doctor de intentar matarla?

¿De intentar matarte a ti? ¿En serio pretendes poner a Walter en nuestra contra?

¿En qué estás pensando, maldito animal? No sé qué pasa por esa cabeza extraña tuya...

¡Cálmate de una vez! Tú eres el que la va a matar si sigues con estos ataques.

¿No te bastó con abusar de ella? ¿Con violarla? ¿Con golpear a Dante Ritwall?

Lyall apretó los puños, y la mandíbula por la frustración que sentía.

—Yo... no...

—¡Cállate! —lo interrumpió Adriel—. Apenas puedes hablar. Tu voz es molesta, suenas como un maldito retrasado, lento como un imbécil. Cállate y vete de aquí. Sé que quiero matarte, pero no provoques que lo haga antes de tiempo.

Lyall contuvo la respiración. La mandíbula le temblaba por la furia y la impotencia. Sus ojos se llenaron de lágrimas que terminaron por resbalar por sus mejillas. Fue un instante de quiebre absoluto, pero la debilidad duró poco.

Él no era un hombre cuyas emociones lo traicionaran con facilidad; ese desborde solo le pertenecía a Rebecca. Su rostro se apagó, recuperando la máscara de piedra, fría y letal de los campos de batalla. Se enderezó, superando a Adriel en estatura.

—Rebecca... vivirá más. Es... mi familia —dijo, y con un gesto pausado, se tocó el vientre.

Adriel palideció al captar el significado exacto de esas palabras. El linaje. El bebé en camino.

—Maldito...

—La... protegeré —sentenció Lyall, clavándole una mirada inquebrantable—. No me... arrepiento... de nada… estoy en… en… digo, la verdad… no sé…—suspiró— mentir.

Sin esperar respuesta, el lobo dio la vuelta y descendió los peldaños con paso firme, dejándose arrastrar por la penumbra de la mansión.

Adriel se quedó estático en el rellano, viéndolo marchar con los ojos desorbitados y el pulso acelerado.

—Maldito bastardo... —susurró para la nada.