El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El regreso y la tormenta #2
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El regreso y la tormenta #2

—Cuando termine de tomar la cucharadita —dijo el doctor con voz uniforme—, debes inyectarle diez mililitros de este medicamento. Es para el dolor de los huesos. Lo recibe todos los días sin excepción.

Al ver la jeringa, Lyall abrió los ojos de par en par. Al instante, un frío antiguo le recorrió la espina dorsal.

Existían tres cosas en el mundo que el lobo temía más que a nada.

La primera era la muerte de Rebecca. La segunda, hacerle daño a ella.

Y la tercera eran las jeringas. Antes de conocer a Rebecca, ese era su único y absoluto terror.

De niño lo habían hecho sufrir demasiado.

Antes de ir al frente, antes de que lo enviaran a la guerra, el miedo tenía esa forma metálica.

Sus primeros recuerdos de dolor puro venían siempre después de un pinchazo.

La sustancia de la flor de Nashar no era un juego.

Despertaba el linaje oculto en la sangre, pero arrancar a una bestia de su letargo costaba vidas.

Muchos niños morían en el intento; esa mezcla era lo más cercano al veneno.

Solo los que poseían sangres antiguas lograban soportarla.

A Lyall lo inyectaron una y otra vez hasta que se transformó por primera vez a los cuatro años.

Pero en los años siguientes, las agujas continuaron.

Su transformación era incompleta: a veces se quedaba a medias, a veces duraba muy poco, o se prolongaba demasiado.

Las inyecciones servían para adiestrar a la bestia que vivía en él, para obligarla a dormir o a salir con un solo pensamiento del dueño.

Sin embargo, ese no había sido un proceso bonito.

Había sido agónico, y Lyall recordaba su niñez con una claridad que detestaba.

—Debes llenar la jeringa hasta la mitad —prosiguió Walter—, aquí marcan los diez mililitros —explicó, ignorando la rigidez del lobo—. Luego le quitas el aire... —El doctor presionó el émbolo, haciendo brotar una pequeña gota líquida—. Buscas una vena y la inyectas.

Por primera vez, el férreo control de Lyall se desmoronó. Negó con la cabeza, retrocediendo un paso.

—No... —Su voz sonó corta, precaria, señalando la aguja—. Eso... lastima... a Rebecca. No la lastimaré. Es doloroso, no...

Al decir eso, se levantó de una manera bastante abrupta de la silla.

—¿Qué? No, Lyall —intervino Rebecca, extrañada—. Al contrario, este medicamento me quita el dolor. Debo usarlo todos los días para no sufrir en los huesos.

—No... eso te lastima.

Lyall olfateó el aire de la habitación. Sus sentidos, aguzados por su naturaleza de depredador, captaron el vaho químico que emanaba del frasquito abierto. No olía a alivio, no olía a medicina. Olía a descomposición. Olía a tumba.

—Eso... es muerte. ¡Es muerte, dolor! —rugió, y apuntó con un dedo tembloroso al médico—. ¡Él... te lastima! ¡Acelera tu… muerte!

El doctor Walter abrió los ojos de par en par, perdiendo por un microsegundo su máscara profesional; no podía creer que el príncipe hubiera descifrado el engaño. Adriel y Anna, sin embargo, lo miraron como si Lyall hubiera perdido el juicio. Nadie le creía al lobo, por supuesto que no.

Frustrado por las barreras de su propio lenguaje precario, Lyall negó con la cabeza.

Quería hablar bien, quería explicarse con la claridad de una persona normal, y el esfuerzo fue tal que apretó los puños con una fuerza desmedida.

Las garras salieron sin que él se diera cuenta y rasgaron la carne de sus propias palmas, pero no le importó.

—El establo... —dijo, con la respiración agitada—. No fue un accidente... La linterna. La puerta cerrada. Tú cerraste la puerta... —Lyall señalaba a Walter— Querías... eliminarme. Ahora, eso...

Señaló de nuevo la jeringa. Rebecca ahogó un grito al notar que de las manos de Lyall goteaba sangre fresca, manchando la alfombra.

—¡Lyall, tus manos! Te estás lastimando...

El joven miró sus manos, pero no le importó.

—¡Eso...! —gritó el lobo, desesperado, rompiendo en un clamor que heló el ambiente—. ¡No... no te lastimaré!

La tensión en el cuarto se volvió insoportable. Adriel se cubrió el rostro con una mano, indignado por lo que consideraba un brote de locura salvaje del exsoldado. Walter, recuperando la compostura, miró a los presentes con una sonrisa de lástima. Sabía que el terreno era suyo.

—Mi Lyall, Pero ¿qué estás diciendo? —preguntó Rebecca con la voz quebrada—. ¿Quién te quería eliminar? ¿El doctor Walter? ¿Estás diciendo que él inició el incendio del establo?

Walter soltó una risa suave, ensayada de una manera perfecta.

—Creo que es mejor que Anna practique cómo inyectar a la señorita. Es obvio que este joven no está bien de la cabeza. En el proyecto Nimrod les suministraban dosis masivas de la flor de Nashar; está mezclando sus traumas del pasado con la condición de la señorita.

—¡No! —rugió Lyall—. Tú... tú no eres confiable. Algo... algo ocultas. Eso... —volvió a señalar la jeringa y el medicamento—…es muerte.

—¡Ya basta! —Adriel se levantó, gritando con una autoridad que solo mostraba cuando era necesario—. ¡Ya me cansé de oír estas tonterías! ¡Lárgate de aquí, ya tuve suficiente! ¡Anna!

—¿Sí, milord? —respondió la mujer, pálida y asustada.

—Aprende a inyectar a mi hija. ¿Y tú? ¿Por qué sigues aquí? ¡Vete de aquí! Cuando se te necesite, te haré llamar. ¡Fuera de mi presencia!

Lyall apretó la mandíbula. Miró a Rebecca, que permanecía con la boca abierta, sumida en una profunda angustia por verlo así.

Luego miró a Walter. El médico le dedicó una sonrisa diminuta, un gesto tan sutil que pasó desapercibido para los nobles, pero que para el lobo fue una confirmación absoluta.

Sin poder decir más, Lyall emitió un gruñido bajo, hizo una breve reverencia y salió de la habitación.

Mientras avanzaba por el pasillo, el olor seguía atrapado en su nariz.

No era una corazonada; era un hecho. Había pasado la mitad de su vida rodeado de cadáveres.

Primero los niños que no resistían el proyecto Nimrod; luego en las enfermerías ambulantes de las campañas de guerra, bajo aquellas carpas de lona al aire libre donde los soldados terminales recibían inyecciones idénticas para "apaciguar el final".

El olor de aquellas inyecciones del frente era mucho más fuerte; este, en cambio, estaba diluido, pero la esencia era la misma sin duda alguna.

Y Lyall no se equivocaba. Walter sabía mejor que nadie lo que hacía.

El Marchitamiento de Huesos era incurable, pero las inyecciones del doctor no eran para aliviar; adormecían los músculos a corto plazo mientras destruían los órganos poco a poco.

La mantenía enferma. Un entumecimiento gradual que aseguraba la permanencia del médico en la mansión, cobrando honorarios exorbitantes, techo y comida.

Mientras hubiera un enfermo, se necesitaría un doctor.

Pero, por supuesto, nadie sabía esto; que, en pocas palabras, Walter empeoraba con esas inyecciones la situación ya mala de Rebecca para quedarse ahí hasta el día de su muerte.