El regreso y la tormenta
El carruaje se detuvo frente a la mansión con un crujido suave. El chofer bajó del pescante sin decir nada y comenzó a ocuparse de los caballos, dejando a Lyall encargarse del resto cuando saliera del carruaje.
Rebecca seguía dormida. Tenía la mejilla apoyada en su hombro, con el sombrero crema equilibrándose sobre su regazo y el bolso entre las manos como si incluso dormida no quisiera soltarlo. La luz de la tarde le caía de lado, suave, y ella parecía ajena al mundo que la rodeaba.
Lyall no se movió por un momento.
Solo la miraba, encantado. Le costó más de lo que se esperaba dar el paso de despertarla. No porque no supiera cómo hacerlo, sino porque algo en él prefería dejar ese momento intacto un poco más, le gustaba ver la paz que ella mostraba cuando descansaba.
Pero ya era tarde y había que entrar.
Bajó primero dejándola con sumo cuidado recostada sobre el respaldo acolchado del carruaje.
Luego fue a la parte trasera del carruaje, soltó los enganches de la silla de ruedas y la colocó sobre el camino de piedra con los movimientos medidos que usaba todo el tiempo.
Luego regresó a la puerta, se inclinó hacia adentro y levantó a Rebecca por los brazos, cuidando de no golpearle la cabeza contra el marco.
Fue entonces que ella abrió los ojos.
Lo hizo despacio, con una expresión adormilada en su bonito rostro. Parpadeó una vez, después otra, y miró a su alrededor sin entender bien todavía dónde estaba.
—¿Ya llegamos? —murmuró, con la voz ronca del sueño.
Lyall asintió con la cabeza con una pequeña sonrisa, quería besarla, pero se contuvo.
Rebecca estiró el cuerpo todo lo que pudo entre sus brazos, arqueando apenas la espalda y soltando un pequeño quejido de satisfacción mientras sus articulaciones protestaban en silencio.
Luego se dejó llevar mientras él la acomodaba en la silla de ruedas con la delicadeza que nunca variaba en él, ajustando la posición de sus piernas y todo lo demás.
La mansión estaba frente a ellos con la puerta principal ya abierta.
Anna los esperaba en el umbral.
El ama de llaves los vio llegar desde lejos y bajó los dos peldaños de la entrada a paso rápido. Llevaba las manos cruzadas sobre el delantal y en su rostro se mezclaba el alivio con una expresión bastante parecida a la indignación.
—¡Señorita, mire la hora que es! —exclamó, acercándose a la silla—. Se tardó muchísimo más de lo previsto. ¿Cómo le fue? ¿Está bien?
—Estoy muy bien —respondió Rebecca con una sonrisa todavía algo adormilada mientras se restregaba un ojo—. Sí, nos tardamos. Compré varios vestidos, hice otras compras y también almorzamos.
Anna llevó a Rebecca al interior de la mansión, pero al escuchar que había almorzado con el lobo, se quedó atónita. Eso sí que no se lo esperaba. Mientras tanto, Lyall se quedó atrás para sacar del carruaje el resto de las compras del día.
—¿Fue a comer... con él?
Rebecca no respondió de inmediato. Observó a su lobo acomodar las cosas bajo el brazo con una eficiencia que hacía parecer sencillo lo que sin dudarlo no lo era. El cuadro lo sostenía con especial cuidado.
—Sí —dijo al fin.
Anna no dijo más por el momento. Empujó la silla hacia el interior de la mansión con los labios apretados; su expresión dejaba claro que se guardaba las palabras para cuando tuvieran más privacidad.
Rebecca, que la conocía a la perfección, habló primero. Ella podía darse cuenta, incluso sin verla, que Anna se estaba conteniendo de decir más.
—Tengo que enseñarle modales —se excusó la rubia—. Es algo tosco al comer, pero nada que no se pueda arreglar con práctica.
Anna soltó un sonido que no llegó a ser una palabra.
—¡Señorita! —exclamó cuando cruzaron el umbral—. ¡Qué bochorno tuvo que pasar viendo a ese animal comer! Discúlpeme, pero... no. No lo vuelva a hacer. Por favor.
Rebecca frunció el ceño y abrió la boca para responder.
Pero no llegó a hacerlo.
Su padre estaba en el pasillo principal.
Lord Adriel tenía los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión que no dejaba lugar a dudas sobre su estado de ánimo.
A su lado, el doctor Walter sostenía su maletín con una paciencia forzada; miraba el reloj de reojo, calculando el tiempo exacto que le quedaba para no perder el tren de las ocho que lo llevaría al pequeño pueblo donde vivía su colega.
—Hija —dijo Adriel, usando esa voz baja que solo aparecía cuando estaba muy furioso, pero elegía no gritar—. Sé que querías pasar un tiempo a solas con tu...
Justo en ese momento, Lyall entró por la puerta principal con los paquetes bajo los brazos y el cuadro sostenido con cuidado en una de sus ocupadas manos.
Adriel se detuvo. Sus ojos fueron directo al retrato.
Lo reconoció de inmediato por el tamaño y el estilo: un cuadro de artista callejero, de esos que pintaban parejas en la plaza principal.
El padre levantó ambas cejas, impactado.
Sabía muy bien lo que significaba un retrato conjunto: no era un simple recuerdo, era una declaración de amor, algo reservado para los enamorados.
Lyall pasó frente a él sin detenerse y subió las escaleras con paso firme.
Adriel lo siguió con la mirada hasta que desapareció en el segundo piso.
Luego regresó su atención a Rebecca y cerró los ojos por un instante.
Tuvo que tragarse el orgullo, el clasismo y la indignación que le quemaban el pecho.
Aquel cuadro representaba una realidad que ya no podía ignorar ni cambiar.
Su hija estaba embarazada. Su hija tenía el Marchitamiento de Huesos.
Ninguna mujer de su linaje con esa enfermedad había dado a luz; todas morían jóvenes y castas, consumidas por dentro antes de conocer el amor.
Pero Rebecca había elegido de otra forma.
Y ahora, con el embarazo acelerando el final, Adriel sentía con dolorosa claridad que el tiempo de su hija era mucho menor de lo que querían admitir.
Era una sensación horrible, el peso de un hombre que ya había enterrado a su esposa, a su hijo y a un bebé que nunca llegó a respirar.
Sabía cómo funcionaba el final. No iba a ser fácil, pero pelear contra el destino no servía de nada.
Rebecca estaba disfrutando sus últimos días; era feliz al lado de ese lobo, al punto de retratarse con él ante el mundo.
Adriel tragó saliva, sepultando sus prejuicios de noble. No iba a impedirles nada. Si a su hija le quedaba poco tiempo, la dejaría vivir sus últimos días con su amor prohibido.
Mientras ese pensamiento lo asentaba, exhaló.
—Hija, te tardaste más de lo que debías —dijo, con una voz más tranquila—. El doctor Walter tiene que viajar esta noche y el tiempo apremia. Vamos a tu habitación. Necesita enseñarle a tu... sirviente los principios básicos para cuidarte durante su ausencia.
Lyall bajó las escaleras tres minutos después, con las manos vacías y el paso directo a donde estaba Rebecca. Se acercó a la silla de ruedas sin decir nada, tomó las manijas y esperó.
Adriel hizo un gesto con la cabeza.
Subieron todos.
La habitación de Rebecca tenía esa luz tranquila de las tardes cuando el sol empieza a caer, pero todavía no se ha ido por completo.
Lyall acomodó a Rebecca en la cama y se sentó en la silla de enfrente.
Sus manos descansaban sobre las rodillas y sus ojos estaban fijos en el doctor.
Mientras tanto, Adriel se quedó de pie cerca de ellos, con los brazos cruzados y en silencio.
—Bien —dijo Walter, sacando varios frascos del maletín con su típica calma profesional—. Empecemos por lo más importante.
Se acercó a Rebecca, se arrodilló frente a ella y comenzó a masajearle la pierna izquierda con movimientos lentos y deliberados: desde la rodilla hacia abajo, luego los tobillos, los talones, volviendo hacia arriba por la pantorrilla con una presión uniforme que Rebecca recibió con los ojos cerrados y los hombros sueltos.
Era bastante claro que ella estaba acostumbrada a ese ritual; su cuerpo lo reconocía y se entregaba sin resistencia alguna.
—Esto es lo primero que debes hacerle cada mañana —dijo Walter, sin levantar la vista—. Las articulaciones se ponen rígidas durante la noche. Si no se trabajan bien al despertar, el dolor se acumula y el día se vuelve mucho más difícil para ella.
Lyall observaba cada movimiento. El ángulo de los dedos del doctor, la dirección de la presión, el tiempo que dedicaba a cada zona antes de pasar a la siguiente. Archivaba la información con la misma concentración que aplicaba a cualquier instrucción táctica.
Walter pasó al brazo derecho de Rebecca, lo sostuvo con delicadeza y comenzó a trabajar la muñeca y los nudillos con círculos pequeños.
—Los brazos también, en especial las muñecas y los dedos —explicó el doctor Walter—.
La enfermedad afecta las articulaciones de manera progresiva.
Los masajes no la curan, pero ralentizan el proceso y le dan más libertad de movimiento durante el día.
Tienen que ser diez minutos en total; dos y medio para cada brazo y pierna. Después viene el remedio.
El médico tomó el frasquito verde con tapa de corcho. En el rótulo se leía Melitzina con una caligrafía pequeña y ordenada.
—Una cucharada al día, justo después de los masajes. Es para la tos seca de los pulmones. Es fundamental no saltarse ninguna dosis.
Rebecca abrió los ojos y buscó a Lyall.
—Solo una cucharada todas las mañanas —añadió ella, mirándolo para adelantarse a cualquier confusión—. El doctor me lo recuerda siempre.
El lobo asintió, concentrado en cada detalle.
—Pero si tiene un ataque de tos que no cede con nada —continuó Walter—, dale una segunda cucharada. Hay episodios más largos de lo habitual y el medicamento es lo único que los detiene. Tienes que estar atento.
Lyall volvió a asentir.
Walter regresó al maletín. Sacó una jeringa de vidrio y un frasco oscuro sin etiqueta visible desde donde estaba Lyall. La luz le llegó al vidrio de la jeringa y Lyall entrecerró los ojos.