El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) La ciudad real #4
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La ciudad real #4

Lyall se preparó para hacerlo, pero ella lo detuvo a mitad de camino al ocurrírsele algo mejor.

—No, espera —dijo—. Mejor siéntate tú. Quiero sentarme en tus piernas.

El pintor alzó apenas las cejas. No era una petición común entre las recatadas parejas que solían buscar sus servicios.

—Como quieras... mi… prometida —respondió Lyall con una sonrisa.

Sin perder tiempo, él se sentó en la banca.

Rebecca le extendió los brazos y él la levantó con cuidado para acomodarla sobre sus piernas, apoyando la espalda de ella contra su pecho.

Ella se movió despacio, buscando una posición que no le lastimara las caderas, y cuando la encontró se quedó quieta, amoldándose con rapidez al cuerpo grande de su lobo.

Lyall la sostenía con un brazo alrededor de la cintura, con tanta naturalidad como si fuera su postura de siempre.

A esa corta distancia, no pudo evitar mirarla: su cabello rubio recogido, el cuello pálido expuesto y el collar de perlas brillando bajo la luz de la tarde. Quería besarla. Era un pensamiento inoportuno en ese contexto, pero ahí estaba de todas formas.

Y entonces, sin previo aviso, el recuerdo llegó solo: el retrato en el ático. Los cuatro en el cuadro. La familia Bethel completa, antes de que la muerte empezara a arrebatárselos. Con esa imagen dándole vueltas en la cabeza, bajó la mano con lentitud y la posó sobre el vientre de Rebecca.

—Nuestra… familia —susurró.

Rebecca bajó la vista hacia la mano de él. Luego alzó la suya y la colocó encima.

—Sí —contestó—. Nuestro bebé.

Y así, los dos se quedaron mirando al frente en silencio, con las manos unidas sobre el vientre todavía plano, mientras el pintor trabajaba sin decir una palabra. Minutos más tarde, cuando terminó el cuadro, Rebecca le pidió uno más pequeño: un bosquejo rápido del tamaño de media hoja.

—Para llevarlo en el bolso —explicó.

El hombre trabajó con rapidez y eficiencia.

Cuando los dos estuvieron listos, Rebecca los revisó.

Primero el grande: ambos sentados en la banca, ella recostada en el regazo de Lyall y las manos juntas.

Luego el pequeño, más esquemático, pero con los mismos detalles.

Los rasgos de ambos se distinguían con facilidad en el dibujo chico; era perfecto.

Rebecca le pagó al pintor y guardó el boceto en su bolso. El grande lo acomodó sobre sus piernas, sosteniéndolo con cuidado.

Y así, continuaron con el paseo.

Un par de horas después, Rebecca suspiró.

—Ya vámonos, mi Lyall. Estoy algo cansada.

—Sí —dijo él.

Pero cuando empezó a empujar la silla de ruedas con más decisión hacia donde estaba el carruaje, ella levantó una mano.

—Camina lento. Disfrutemos un poquito más. Este ha sido el día más feliz de mi vida.

Lyall aminoró el paso, suspirando.

—El mío… también.

Rebecca lo miró por encima del hombro con una sonrisa que no intentaba ser otra cosa que lo que era.

—Vamos a salir más seguido, ¿sí? Cuando venga a buscar mis vestidos daremos otro paseo.

La próxima vez iremos al zoológico. Hoy nos faltó ir allá.

El día se fue volando y tenemos que regresar a casa, el doctor Walter debe estar furioso, te iba a enseñar unas cosas, y nos tardamos más de lo habitual.

—Sí… debe estar… furioso, pero no… importa. Hoy… el día —se detuvo para tomar aire y suspirar— fue perfecto —respondió él.

Quiso decir que había sido el mejor día de su vida y que se sentía inmensamente feliz, pero eso fue lo máximo que logró articular. Aun así, se sintió dichoso por haber podido expresar al menos esa parte.

Lyall empujaba la silla de ruedas despacio por las calles, sin apuro, mientras Rebecca llevaba el retrato grande sobre el regazo, escuchando el ruido de la ciudad envolviéndolos por todos lados.

Lyall miraba los edificios, las ventanas con macetas, los niños que jugaban en las veredas y los gatos que dormían en los umbrales de las tiendas. Todo era nuevo; todo era demasiado.

Pero ya no lo abrumaba. Al menos, no como había esperado.

Tal vez era porque Rebecca estaba ahí.

Cuando estaban por llegar, el chofer se tragó rápido el trozo de pan con carne que se estaba comiendo, se limpió las manos a toda prisa y recuperó su postura formal.

En cuanto estuvieron frente al vehículo, les abrió la puerta sin hacer un solo comentario.

Lyall subió a Rebecca, acomodó el retrato grande con mucho cuidado entre los paquetes del interior y subió él también.

El carruaje echó a andar.

Rebecca miró a Lyall un momento con los ojos brillantes y, poco después, recostó la cabeza en su hombro. El exsoldado se quedó inmóvil, sosteniéndola con firmeza con el brazo para que no se golpeara con el vaivén del camino.

La respiración de ella fue haciéndose más pausada, más lenta y profunda. Se había quedado dormida.

Lyall bajó la vista hacia ella. El sombrero crema descansaba en su regazo, un poco ladeado; el collar de perlas subía y bajaba con el ritmo de su pecho, y tenía las manos juntas sobre el bolso donde guardaba el bosquejo.

Le dio un beso suave en el cabello y susurró:

—Te… amo.