El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) La ciudad real #3
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La ciudad real #3

Minutos más tarde, llegó la comida. El mesero sirvió primero a Rebecca y luego a Lyall.

El plato que quedó frente a él tenía una porción generosa de espagueti en salsa de tomate con algunas hierbas encima, y olía a algo que le hizo agua la boca antes de que pudiera evitarlo.

Era un aroma diferente al de la cocina de la mansión, más redondo y concentrado.

Rebecca levantó el tenedor y lo miró.

—Buen provecho, mi lobo —susurró, y le guiñó un ojo.

Lyall le sonrió a su amada y volvió a mirar el plato. Luego se quedó observando los cubiertos y, de inmediato, apretó la mandíbula.

Era la primera vez que comía frente a Rebecca y, para colmo, en una situación donde el resto del mundo podía verlos.

Miró las mesas vecinas. Todos usaban los cubiertos con esa naturalidad automática que uno desarrolla de niño, cuando alguien está ahí para corregirte y mostrarte cómo.

Él no había tenido eso. Anna lo regañaba cada vez que lo veía comer, pero él ignoraba las reprimendas porque no entendía bien por qué importaba tanto eso de “los modales”.

Pero hoy importaba.

Hoy era el prometido de Rebecca, no L-2235, el animal, el soldado o el sirviente. No era el perro estúpido que el sargento Wallace le gritaba cuando estaba de mal humor. Hoy era Lyall, sentado en una mesa al aire libre en la ciudad real, frente a la persona que más amaba en el mundo.

Tomó el tenedor y tragó saliva. Era la primera vez en su vida que lo sostenía con la intención real de usarlo.

Lo sujetó como había visto que hacía Rebecca en el comedor de la mansión, aunque los dedos no terminaban de encontrar la posición correcta, y comenzó a comer.

Sin embargo, el espagueti no ayudaba. Las hebras se resbalaban, se enrollaban mal y se caían antes de llegar a la boca, obligándolo a controlar el impulso de usar las manos.

«Sería tan fácil si comiera como siempre», pensó, comenzando a frustrarse. Pero respiró hondo, tomó el control de la situación y reajustó el ángulo del cubierto varias veces, con la misma concentración que habría dedicado a aprender a usar un arma nueva.

Rebecca lo observó callada durante un momento. Luego bajó su propio tenedor. Volvió a tomarlo y comenzó a comer como Lyall lo estaba haciendo, con los mismos tropiezos, las mismas hebras que se escapaban y el mismo ángulo incorrecto que hacía que la salsa salpicara un poco el mantel.

Lyall la miró con una expresión confundida. Ella alzó la vista hacia él con una sonrisa enorme y siguió comiendo mal a propósito.

Incluso la pareja de la mesa de al lado los miró un segundo. Lyall lo notó y Rebecca también, pero a ella no le importó. Siguió comiendo y sonriendo sin cambiar el gesto.

Cuando terminaron con esos terribles modales, se limpiaron con las servilletas. Fue ahí cuando ella habló.

—Cuando lleguemos a casa te enseño a usar los cubiertos. Pero hoy voy a comer como tú. Se siente más libre —susurró con una sonrisita divertida.

Lyall la miró y sus ojos azules se abrieron de par en par. Su Rebecca no lo juzgó. No lo regañó. Solo… lo acompañó en su forma.

Si antes estaba enamorado de ella, ahora lo estaba todavía más. Aunque no hubiera creído que fuera posible quererla tanto, hoy se dio cuenta de que sí lo era.

«La amo demasiado…», se dijo el lobo en sus pensamientos.

El puesto de helados estaba en la plaza principal, atendido por un hombre mayor con un delantal rayado que tenía varios sabores en recipientes de metal.

Rebecca compró dos.

El de Lyall desapareció en menos de diez segundos. Dos mordidas y ya no quedaba nada. Rebecca lo miró con los ojos muy abiertos, muerta de risa.

—¿Quieres otro?

Él asintió.

—Cómetelo despacio esta vez —pidió ella aun con restos de su risa.

Él volvió a asentir. El segundo helado le duró más.

Lyall la imitó: lo mordía con cuidado y esperaba un momento entre cada bocado.

Era frío y dulce de una forma que no se parecía a ningún sabor conocido, y al mismo tiempo le resultaba de lo más satisfactorio, de una manera directa y sin complicaciones.

Continuaron el paseo por la plaza con él empujando la silla de ruedas.

O más bien, avanzaban despacio porque Rebecca lo miraba todo como si fuera la primera vez que visitaba el lugar.

Observaba con emoción los árboles del centro, las palomas que caminaban entre los adoquines, los niños que corrían alrededor de una fuente, las señoras con sus sombreros y los vendedores que gritaban los titulares del día.

Entonces, Rebecca vio al pintor.

Estaba sentado en un taburete bajo con un caballete al frente y varios retratos terminados colgados de una cuerda detrás como muestra. Era un hombre de mediana edad, con manchas de pintura en los dedos y una boina que en algún momento había sido negra, pero que ahora se veía grisácea.

—¡Lyall, vamos a hacernos un retrato! Llévame allá.

Él la acercó. El pintor los recibió sin sorpresa; estaba acostumbrado a que la gente se aproximara a mirar.

—Un retrato, por favor —pidió Rebecca—. Lyall, acomódame en la banca.