La ciudad real #2
Él, por su parte, estaba concentrado en lo que hacía Rebecca, que en ese momento se acomodaba uno de sus guantes.
—Julia —dijo la dueña sin mirarla—, deja de perder el tiempo y apúrate.
—Sí, ya voy… —murmuró la muchacha, y desapareció hacia el fondo.
Cuando Julia regresó con la ropa, comenzó a modelar los vestidos uno por uno frente a Rebecca para que los viera bien, ya que eso también formaba parte de su trabajo.
La joven se movía con soltura, acostumbrada al oficio, girando para que la tela cayera bien y levantando los brazos para mostrar las mangas.
Pero, cada cierto tiempo, la mirada de Julia se desviaba hacia un lado.
Hacia donde estaba el sirviente de la señorita.
Le parecía muy atractivo: sus ojos claros eran llamativos, su cuerpo se veía fuerte debajo del uniforme y tenía una elegancia que no parecía requerir esfuerzo. Le resultaba imposible no mirarlo.
Sin embargo, Rebecca, que seguía con atención los cambios de ropa de la trabajadora, notó las miradas de la muchacha hacia Lyall en el tercer vestido.
Su expresión no cambió de inmediato, pero sus ojos siguieron el recorrido de los de Julia con una atención nueva.
Al cuarto vestido, cuando la joven volvió a mirar, Rebecca frunció los labios y apretó las manos.
Al quinto vestido, chasqueó la lengua y habló.
—¿Qué haces mirando a mi sirviente? ¡Deja de mirarlo y enfócate en mostrarme la ropa!
Julia bajó la cabeza al instante, asustada.
—¡Lo lamento mucho, milady!
Lyall apretó los labios apenas. Rebecca estaba un poco impaciente esa tarde, aunque en el fondo no le importaba. La amaba tanto que cualquier reacción de ella encontraba una justificación en su mente.
«Seguro ya está cansada…», pensó él, sin tener la menor idea de que Rebecca solo estaba muerta de celos porque la trabajadora no dejaba de mirarlo a él.
Después de un rato, Rebecca se calmó y señaló un vestido de un tono verde suave, con mangas algo acampanadas y una falda que caía sin demasiada estructura. Luego eligió tres más de estilos similares.
La encargada sacó una cinta métrica y, mientras tomaba las medidas correspondientes, Rebecca aclaró:
—Pasaré a recogerlos dentro de tres días. Y por favor, sin corsé, sin alambres ni ballenas en ninguno. He comprado aquí antes, así que ya conoce mis especificaciones.
—Por supuesto, milady.
—¿Cuánto le debo?
La encargada le dijo la cifra. Rebecca abrió el saquito, contó las monedas sin apresurarse y las entregó sin mucho afán.
—Bien. Eso es todo. Lyall, vámonos.
Él tomó las manijas de la silla y salieron de la tienda.
Afuera, el chofer los esperaba apoyado en el lateral del carruaje con los brazos cruzados.
—Aún no nos vamos —le dijo Rebecca—. Vamos a pasear un rato. Espéranos aquí.
—Sí, como quiera, lady Bethel —respondió él, sin moverse de su sitio.
Detrás de ellos, desde la ventana de la tienda, Julia siguió la figura de Lyall con la mirada mientras empujaba la silla de ruedas calle abajo.
—¡Ay! —murmuró—. Esa lady estaba enamoradísima de su sirviente, lo celaba como una fiera.
Y bueno, no la culpo. Era muy guapo, ¿no cree, señora?
No tenía cara de sirviente. ¿Será de esos nobles que se quedaron en la ruina?
¿El hijo de alguien que cayó en desgracia por culpa de las deudas de juego?
—indagó. Como trabajaban con la clase alta, los chismes de familias ricas que lo perdían todo eran el pan de cada día.
La dueña lo consideró un momento mientras enrollaba la cinta métrica.
—Quién sabe, pero la cosa es que ese tipo no me agradó —dijo—. Por poco me hace perder la venta cuando le dijo que ninguno de los vestidos caros le servía. Pero sí, tienes razón. No tenía cara de sirviente. —Frunció el ceño—. Me recordó a alguien, aunque no logro dar con quién.
La señora se quedó pensativa. Hacía muchos años, había visto pasar al rey Josías por la calle principal durante uno de sus desfiles.
Fue cuando se casó, o cerca de esa fecha, cuando ella todavía era muy joven.
El rey iba en el carruaje real y la gente se agolpaba en las aceras para verlo.
Lo recordaba alto, de cabello oscuro recogido y con un porte que no necesitaba corona para demostrar lo que era.
Pero era ridículo comparar a un rey con un sirviente. Sería una cara común, nada más. Lo más seguro era que la memoria le estuviera jugando una mala pasada.
—¡Ay, no sé! —dijo al final, sacudiendo la cabeza—. Debe tener un rostro común, de esos que se parecen a cualquiera.
—Su rostro no se parecía al de "cualquiera" —murmuró la muchacha, mirando de reojo a la mujer—. En fin, me pondré a trabajar —declaró Julia, sin apartar la vista de la ventana.
—Sí, buena idea —la cortó la señora—. Me alegra que al fin hables como una joven responsable. Ponte a trabajar.
—Sí, señora.
Y las dos regresaron a sus labores.
Rebecca y su lobo recorrieron tres tiendas más en la siguiente hora. En la primera, Rebecca señaló unos zapatos en el escaparate antes de que Lyall terminara de frenar la silla de ruedas.
—¡Mira qué zapatos tan bonitos, Lyall! Entremos.
Entraron. Salieron con dos cajas.
En la segunda había guantes de encaje y Rebecca dijo que solo miraría, y luego compró cuatro pares.
En la tercera tienda, que vendía accesorios, entró porque vio un broche en la vitrina y terminó con el broche, dos cintas de terciopelo y un pequeño espejo de mano con marco plateado que dijo que era para su mesa de noche, aunque en el fondo no lo necesitaba, igual lo compró.
Lyall cargaba los paquetes. Primero uno bajo el brazo, luego dos, luego cuatro. Las cajas de zapatos eran las más molestas. Cuando llegó a seis cajas, Rebecca lo miró desde su silla y se mordió el labio inferior intentando no reírse.
—Creo que debemos regresar al carruaje para dejar todas mis compras.
—Sí… —respondió él, sin ningún rastro de queja en la voz.
Volvieron donde el chofer, que tampoco dijo nada mientras Lyall subía los paquetes al interior y los acomodaba con cuidado. Cuando terminó, Rebecca ya lo esperaba con el sombrero en la mano y una sonrisa.
—Lyall, ¡vamos a comer! Ya es hora del almuerzo. ¿Qué quieres?
Él abrió los ojos apenas y la miró. Pensó por un momento
—Lo que… mi sargento quiera —dijo despacio como siempre que hablaba.
Rebecca se echó a reír.
—¡Sabía que ibas a decir eso, mi lobo! —exclamó cruzándose de brazos— Bueno, hoy me provoca comer pasta. ¡Vamos!
Encontraron el restaurante a dos calles de distancia.
Era un lugar al aire libre con mesas de hierro pintadas de blanco bajo una hilera de árboles que daban sombra.
Un mesero los recibió en la entrada, evaluó la silla de ruedas de la señorita en menos de un segundo y retiró una de las sillas para que Rebecca pudiera quedar cómoda en su lugar. Lyall se sentó frente a ella.
Y se quedó un momento mirando la mesa. Se sentía… extraño.
Las velas. Los cubiertos. El mantel bordado.
Las flores en un florero pequeño. La gente alrededor comiendo y conversando como si aquello fuera lo más natural del mundo, que lo era para ellos.
Sin embargo, para él no lo era. Nunca había estado en un lugar como este.
No había comido frente a Rebecca, él solo estaba en el comedor viéndola comer y ahí él era el sirviente de pie contra la pared, no la persona sentada a la mesa.
Pero aquí era diferente. Aquí era su… prometido.
Esa palabra todavía sonaba rara cuando la pensaba, como una prenda que todavía no terminaba de ajustarse bien al cuerpo, pero que tampoco molestaba.
Sonrió apenas sin poderlo evitar.
Rebecca lo vio sonreír y sonrió más que él. Luego tosió, una sola vez, y cuando pasó, extendió la mano sobre la mesa y le tocó sus toscos dedos.
—Hoy vamos a comer juntos —dijo en voz baja—. Como prometidos —murmuró sin dejar de sonreír.
Al rato, el mesero apareció con dos menús.
Lyall tomó el suyo y lo miró. Era una hoja doblada con texto impreso y precios al lado.
Sabía leer, eso no era el problema. El problema era que las palabras que veía no correspondían a nada concreto en su cabeza; los términos eran extraños para él porque era comida de clase alta y nadie le había enseñado, ya que nadie había considerado necesario que conociera la comida gourmet.
Rebecca lo vio mirando el menú con el ceño fruncido y bajó el suyo.
—¿Quieres que te explique?
Él asintió.
Ella fue señalando cada sección con el dedo, en voz baja para que solo él escuchara, describiendo qué era cada cosa con palabras simples.
Lyall la miraba sin pestañear, atento a sus labios y a sus manos, porque no quería perderse nada; siempre tenía ese deseo profundo de aprender todo lo que ella pudiera enseñarle.
—Mira, esto de aquí es una sopa —le dijo Rebecca con suavidad, señalando el nombre en el menú—. Esto otro es carne con salsa. Y esto de este lado es pasta, que es como los fideos que ya conoces, pero un poco más gruesos.
Lyall escuchaba con atención, archivando la información, pero más que todo, disfrutando de ese momento con su adorada Rebecca.
—Me… gusta —dijo mirándola, y no hablaba necesariamente de la comida cuando murmuró aquello.
Cuando llegó el mesero, Rebecca pidió por los dos.
—Espagueti para ambos, por favor, y de bebida solo agua. Y otra cosa, la comida no la condimenten demasiado.
El mesero anotó y se fue.
Rebecca apoyó los codos en la mesa.
—Se siente extraño, ¿no?
Lyall asintió, mirando a su alrededor. Una pareja en la mesa de al lado hablaba en voz baja sobre algo que hacía reír a la mujer. Un hombre solo leía un periódico mientras esperaba su comida. Dos señoras mayores tomaban té y señalaban algo en la calle con gestos animados.
Era un mundo entero que existía en paralelo al suyo y del que él nunca había formado parte. Casi sin pensarlo, se miró las manos; estaban limpias. No sabía muy bien por qué lo hacía, pero era como si quisiera verificar que no estaba sucio, o fuera de lugar para no avergonzar a Rebecca.
«Todo está bien», pensó, cerrando las manos en puños.