La ciudad real
Cuando tuvo la silla de ruedas en el suelo, fue por Rebecca.
La bajó con cuidado, la acomodó en la silla mientras ella le sonreía y dio dos pasos atrás.
Rebecca sacó el sombrero que había guardado en el regazo durante el trayecto; era uno de ala ancha en un tono crema que combinaba con su vestido rosa, y se lo colocó con un gesto tranquilo que había practicado más de una vez frente al espejo esa mañana. Luego levantó la vista hacia él.
—Lyall, vamos. Es esa tienda de aquí —dijo Rebecca, señalando el local que estaba justo al frente.
Él asintió y comenzó a empujar la silla de ruedas hacia la acera. Pero cuando puso los pies en la calle, no pudo evitarlo. Se detuvo un segundo y miró a los lados.
La ciudad real de Sabaoth era otra cosa.
Él había estado ahí una sola vez, cinco años atrás, cuando la guerra terminó y los llevaron al cuartel general para el proceso de baja, donde el sargento Wallace terminó quedándose con él.
En ese tiempo, cuando pasó por ahí en la carreta con los otros soldados del proyecto Nimrod, las calles estaban medio vacías.
Los edificios seguían en pie, pero tenían esa tranquilidad pesada de los lugares que acaban de sobrevivir a algo y todavía no saben cómo volver a llenarse de vida.
Los pocos civiles que había caminaban rápido, con la cabeza baja y sin hacer ruido. Todo se sentía tenso, incluso gris.
Pero esto no era eso; todo había cambiado en cinco años.
La calle principal estaba llena de carruajes que avanzaban en fila, de vendedores que gritaban desde sus puestos y de mujeres con sombreros llamativos que caminaban del brazo de hombres con bastones y sacos a medida.
Los edificios eran altos, con ventanas grandes y fachadas decoradas que reflejaban la luz de la mañana.
Todo olía a pan, a perfume, a tela nueva, a caballo y a tierra todavía mojada por la lluvia de las primeras horas.
Durante los cinco años posteriores a la guerra, el mundo de Lyall no había sido más que la granja, los bosques cercanos y el pueblo al que Wallace lo llevaba a cargar provisiones. Conocía poco más que aquel camino de tierra, sus cuatro puestos y una posada solitaria.
Aquí, en cambio, todo era distinto. La calle era amplia, pavimentada con piedra, y la gente se vestía con esa elegancia que solo conocía por Rebecca. Por el comandante, el doctor y por el odioso Dante Ritwall y su padre.
«Todos son nobles», pensó mientras miraba de lado a lado, analizando su entorno.
—¿Lyall?
Sacudió la cabeza y retomó el paso.
La campanita sobre la puerta sonó cuando entraron.
Lyall, que no esperaba ese tintineo, se volteó para mirar el objeto y, con un suspiro, siguió observando de lado a lado sin poder evitarlo.
El local era más grande de lo que parecía desde afuera.
Había telas apiladas en estantes que llegaban hasta el techo, maniquíes de madera vestidos con prendas elaboradas, mesas largas con retazos y muestras de colores, y un olor que lo llenaba todo a la vez: tela nueva, polvos de color, perfume caro, pegamento e hilo.
El lobo entrecerró los ojos e intentó separar cada aroma por instinto, pero no pudo.
Eran demasiados; él estaba acostumbrado a cosas más simples.
«Este lugar… huele a demasiadas cosas», pensó.
En ese momento, una mujer delgada de cabello oscuro, piel aceitunada y lentes redondos salió del fondo limpiándose las manos con un trapo.
Cuando vio a Rebecca, se detuvo en seco.
Era la dueña de la tienda, un negocio heredado de su familia, y no le costó nada reconocer a la joven rubia.
Después de todo, era la única jovencita de la nobleza que usaba silla de ruedas.
—¡Lady Bethel! —exclamó, y la sorpresa en su voz era real; de verdad no esperaba encontrarla ahí—. Qué honor tenerla aquí, milady. ¡Pase, pase por favor!
Rebecca tosió un poco antes de responder, cubriéndose la boca con el pañuelo que ya tenía preparado. Lyall empujó la silla de ruedas hacia adentro y la tos de la joven fue cediendo despacio, como siempre ocurría cuando se esforzaba por hablar después de un pequeño desgaste físico.
—Hola, mucho gusto —dijo ella cuando se recuperó, con la barbilla en alto—. Estoy buscando un vestido para una reunión en el palacio real de Sabaoth. Tengo cuatro días para eso. ¿Qué es lo último que tiene? —indagó, paseando la mirada como si nada la sorprendiera demasiado.
Los ojos de la encargada se iluminaron. Aquella frase, “reunión en el palacio real”, era el tipo de palabras que ponía las mejores telas al frente de los estantes y la mayor cantidad de monedas en la caja registradora.
—¡Oh, vino en el momento justo! Acabo de recibir la última colección, milady. Viene de los reinos aliados, lo más moderno del momento. Las señoritas de la corte real han venido a verla y se han vuelto locas, ¡absolutamente locas! —exclamó—. Sígame, le mostraré todo.
Sin perder tiempo, la mujer los llevó al fondo del local, a un área separada del resto por un biombo bajo. Ahí los maniquíes eran distintos: más altos, mejor iluminados y con vestidos que tenían más capas, más detalles, más de todo.
Lyall empujó la silla de ruedas hasta esa zona y se quedó un momento mirando las figuras de madera.
Eran parecidas a las que usaban en el Proyecto Nimrod.
Bueno, no idénticas; los maniquíes de entrenamiento eran más toscos, oscuros por el uso y llenos de marcas de golpes acumulados que nadie se molestaba en lijar, porque eso habría sido una pérdida de tiempo.
Pero la forma era la misma: la cabeza sin facciones, los brazos apenas sugeridos y una postura fija que no se defendía ni se movía.
Él los había atacado durante horas con sus espadas de hueso cuando era niño, hasta que le dolía todo el cuerpo.
En esos entrenamientos le enseñaban los puntos exactos donde una hoja podía hacer el máximo daño.
Lo habían obligado a repetirlo hasta que el movimiento le salía solo, hasta que los puntos quedaron grabados en el músculo antes que en la mente.
Lo hizo tanto que, al cerrar los ojos, solo veía los maniquíes y sus puntos vitales.
Todavía los seguía viendo, junto con otras cosas.
—... ¿Lyall?
La voz de Rebecca lo sacó de sus recuerdos. Ella había estado hablando todo ese tiempo.
Él reaccionó y parpadeó.
—¿Qué opinas? ¿Cuál crees que se me vería bien? ¿Lyall?
Se había quitado el sombrero y lo miraba con las cejas levantadas. La dueña también lo observaba, aunque con menos paciencia. Lyall se tocó las orejas con un gesto breve para dejar en claro lo que pasaba.
—No… no te… escuché —dijo.
Rebecca suspiró y la señora de la tienda lo miró de pies a cabeza.
—¿Cuál de esos vestidos crees que se me vería bonito?
Al oír la pregunta de su sargento, el lobo dejó a un lado los maniquíes y se concentró en la ropa. Examinó los vestidos uno por uno.
Eran ostentosos, de eso no había duda. Pero mientras los observaba, su mente colocaba a Rebecca dentro de cada prenda con la misma lógica táctica que aplicaba para todo lo demás.
Vio las capas de tela rígida, los corsés estructurados y esos adornos de los que no sabía el nombre en los laterales.
Se fijó en los cierres de la espalda que ella no podría alcanzar sola.
Pensó en cómo se acomodaría toda esa tela en un cuerpo que pasaba la mayor parte del día sentado en una silla de ruedas.
Se vería incómoda. Le picaría en los brazos, porque la piel de su sargento era muy delicada. Al imaginársela ahí dentro, supo que no podría acomodarse bien en el asiento y que se cansaría antes de llegar al palacio.
—Ninguno —respondió Lyall.
La palabra salió lenta, sin intención de ofender. Era, simplemente, la respuesta más honesta que tenía.
La dueña de la tienda frunció los labios al instante.
—Milady —dijo, girándose hacia Rebecca con una paciencia muy ensayada—. No le pregunte sobre moda a un hombre —se obligó a sonreír—. Y menos a un sirviente que parece medio tonto. Ya ve que habla algo lento y hace rato estaba en las nubes. Él no sabe nada de esto, creo que no debería hacerle caso.
Rebecca frunció el ceño.
—¡Lyall no es tonto! —exclamó, con una claridad que no buscaba ser un grito, pero que no dejaba dudas—. Retráctese y pídale perdón. Ahora.
La señora abrió la boca y la volvió a cerrar. Carraspeó, incómoda.
—Lo... lo lamento —dijo, mirando a Lyall por un instante.
El lobo la miró de vuelta. Entrecerró los ojos, no por molestia, sino porque estaba confundido.
No entendía por qué Rebecca había regañado a la mujer, aunque supuso que la modista habría dicho algo incorrecto sobre las telas o el negocio.
A él no le había molestado que lo llamara tonto, ni que sugiriera ignorar su opinión.
Para Lyall, que lo trataran así era lo normal; estaba tan acostumbrado a que lo menospreciaran, que ni siquiera se dio cuenta de que el insulto era motivo de una reprensión.
Rebecca volvió a los vestidos. Los miró todos, uno por uno, y en el fondo sabía que Lyall tenía razón: eran incómodos hasta a la vista. Tenían demasiada estructura para un cuerpo que necesitaba moverse con libertad y que ya cargaba con suficiente peso propio como era el de su enfermedad.
—¿No tiene algo más sencillo? —preguntó mientras se masajeaba con disimulo sus muñecas—. Que sea elegante, pero más sencillo.
—¡Por supuesto, milady! —respondió la dueña, recuperando el entusiasmo de inmediato—. Un momento.
Salió del área y regresó al poco tiempo, acompañada por una muchacha de cabello castaño que la seguía a pasos cortos.
—Julia, ve a buscar los vestidos de corte sencillo. Los de tela de primera, los del armario del fondo.
—Sí, señora —respondió la joven con timidez.
Pero antes de irse, la muchacha alzó la vista hacia los clientes. Al principio lo hizo sin una intención particular, hasta que vio al hombre que acompañaba a la señorita. Abrió un poco más los ojos y se quedó parada medio segundo de más.
«Qué... guapo es», pensó sin poderlo evitar, mirando a Lyall.