El prometido de la lady #2
—¡Lyall, apúrate! —lo llamó ella desde el interior, asomando la cabeza por la ventanilla—. ¡Siéntate conmigo!
Él sonrió y terminó de ajustar los enganches de la silla y se volvió hacia la escalinata.
Mientras tanto, Adriel y Walter permanecían en los peldaños, observando la escena. El comandante mantenía los brazos cruzados, con el semblante fijo de un hombre que evalúa una situación inédita sin decidir aún qué conclusión extraer.
Lyall sostuvo la mirada. Observó a Adriel.
De pronto, un pensamiento lo asaltó: caía en la cuenta de que era la primera vez en su vida que abordaría un carruaje de ese nivel, tan alejado de la tosca carreta del sargento Wallace o de las carretas comunes donde se montaba con los soldados de los pelotones.
Al escuchar la voz de Rebecca apurándolo para que se subiera, una punzada de duda lo frenó; sintió que no correspondía, que aquel espacio no era el suyo y que su sitio tal vez estaba arriba, junto al chofer que esperaba en el pescante con las riendas entre las manos.
Por eso se detuvo un instante. ¿De verdad tenía permitido sentarse al lado de Rebecca?
Hasta ahora nunca lo había hecho; todos sus encuentros siempre eran en privado.
Pero, como no tenía las palabras para explicar lo que sentía, no pidió permiso en voz alta.
Su duda quedó clara, a simple vista, en el fondo de sus ojos.
Adriel captó el mensaje y soltó un leve suspiro.
—Ve. Sube con mi hija. Te está esperando.
Lyall asintió con un leve cabeceo y una sombra de sonrisa le dibujó los labios. Subió al carruaje y entornó la puerta hasta que el pestillo encajó. Al verlo acomodarse a su lado, a Rebecca se le encendieron las mejillas, ahora estaba sonrojada por una timidez que no lograba ocultar su felicidad.
Desde los peldaños, Adriel y Walter vieron alejarse el carruaje por el camino de tierra. Las ruedas levantaron un poco de polvo húmedo mientras el vehículo tomaba la curva hacia la entrada principal de la propiedad y desaparecía detrás de los setos.
Walter suspiró por la nariz sin poderlo evitar.
—Al final, nuestra lady Bethel hace lo que quiere.
Adriel tardó un momento en responder.
—Así es —dijo, con tono derrotado—. No sé cuánto tiempo le queda. Quiero que sea feliz... aunque sea al lado de ese animal.
Walter guardó silencio un instante. Luego habló con el tono cuidadoso que usaba para dar malas noticias:
—Hoy era el pesaje mensual de la señorita.
Adriel se giró, con el rostro tenso.
—¿Subió de peso?
—Bajó cuatro kilos y medio este mes —respondió Walter después de una pausa breve—.
Es posible que influyera el... desgaste físico de las últimas semanas durante sus noches…
—el doctor no tuvo que dar más detalles para que el lord comprendiera—.
Ciertas actividades que exigen esfuerzo son agotadoras para un cuerpo tan delicado como el de ella.
El médico carraspeó.
Adriel cerró los ojos. Se cubrió la cara con una mano durante un segundo y luego la bajó.
—Por fortuna eso quedó atrás —dijo, tratando de creer sus propias palabras—. Ya no duermen juntos. Estará más estable a partir de ahora.
—Sí, milord —respondió Walter—. Al menos evitamos eso.
Los dos se quedaron callados, mirando el camino vacío por donde el carruaje había desaparecido.
Adentro del carruaje, Rebecca corrió las cortinas para tener privacidad.
La luz del interior quedó atenuada, cálida, con solo un hilo de claridad entrando por el borde de la tela.
Lyall la miró hacer el gesto y no dijo nada, aunque entendió muy bien para qué ella corrió las pequeñas cortinas, lo supo en el momento en que ella se acercó y lo besó.
Fue un beso largo, sin apuro, de los que se dan cuando hay tiempo y privacidad y ninguna razón para detenerse pronto.
Lyall correspondió con una mano en la mejilla de su amada, usando en ella esa delicadeza que lo caracterizaba.
Cuando se separaron, los dos quedaron mirándose con una sonrisa que no necesitaba ninguna explicación.
Rebecca tenía las mejillas encendidas, aunque el colorete ya no hacía falta para eso.
—Lyall —susurró—, quiero que hoy sea un día diferente. No solo iremos por el vestido.
Él esperó, mirándola.
—Primero comeremos helado. ¿Sabías que es bastante popular en la ciudad?
Hay una heladería cerca de la plaza principal que dicen que es la mejor.
—Rebuscó en su bolso mientras hablaba y sacó un saquito que sonó con el peso de las monedas—.
Y después del vestido, quiero que me lleves al zoológico.
Y luego almorzaremos en algún sitio. Mira, traje suficiente dinero, papá me lo dio.
El saquito estaba lleno. Ella sacó una moneda y Lyall vio el sello de la corona, que era un lobo coronado. Lo observó y asintió despacio.
Rebecca lo miró con el gesto típico de cuando iba a decir algo importante que venía pensando desde hacía rato.
—Hoy vamos a imaginar que somos una pareja normal —dijo—. Que salimos a disfrutar el día juntos, de compras, de paseo. Que eres mi prometido y que pronto nos casaremos.
Lyall la miró y alzó un poco sus cejas gruesas.
Sostuvo la mirada un largo rato antes de volver a la normalidad.
En algún lugar de su mente, la palabra "prometido" trajo todo lo que había aprendido en el libro de Rebecca: Carl y Belle tomados de la mano en el restaurante.
El anillo. La promesa de quedarse. El futuro compartido que en la novela tenía nombre, fecha y ceremonia.
Un prometido, eso que quería ser el capitán Dante, y que por suerte no fue; un prometido, alguien que podía salir con Rebecca de la mano en ese carruaje sin tener que cerrar las cortinas.
Cerró los ojos un momento.
Por primera vez en su vida, lo que imaginó no tenía nada que ver con guerras, caballos, el olor del establo de Wallace o el sabor del pan fresco.
Como venía pasando desde que la conoció, solo pensó en ella, en Rebecca.
Fue incluso más allá y se la imaginó caminando a su lado, tomados de la mano por una plaza que todavía no conocía.
Como nunca había ido a una plaza de ciudad, se figuró un lugar parecido al jardín de la mansión, con el sol dándole en el cabello y el collar de perlas brillando en su cuello.
Una imagen sin uniformes ni espadas. Una escena que tenía la misma calma que el jardín de rosas recién abierto.
Se sentía bien. Le sorprendió lo bien que se sentía.
—Soy... tu prometido. Hoy.
Rebecca soltó un sonido que era mitad risa y mitad algo difícil de explicar.
—Sí —dijo—. Hoy lo eres.
Lyall se volvió hacia ella y la besó. Esta vez fue él quien comenzó. Fue un beso suave, pausado, lleno de un deseo que le costaba controlar.
Rebecca cerró los ojos y se dejó llevar.
Afuera, el carruaje avanzaba por los caminos de tierra hacia la ciudad, con el sonido de los cascos de los caballos marcando el ritmo, mientras las cortinas cerradas guardaban todo lo demás en secreto.