El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El prometido de la lady
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El prometido de la lady

Rebecca se veía diferente esa mañana. Lyall lo notó desde que la fue a buscar a su habitación para llevarla al comedor.

No era una diferencia que requiriera análisis; era de esas que se perciben antes de que el ojo termine de procesar lo que está viendo.

Ella se había peinado con ese recogido elaborado que hacía cuando algo la emocionaba de verdad, con los mechones rubios trenzados en un diseño que le llevaba tiempo, no el peinado rápido de los días ordinarios.

Llevaba un vestido rosa que ella usaba para ocasiones especiales que tenía varios detalles en encajes, el collar de perlas que Lyall había visto que ella usó cuando fue a esa reunión en el palacio real, y unos aretes más grandes que los habituales que captaban la luz cada vez que giraba la cabeza.

Tenía colorete en las mejillas. Y algo en los labios que los hacía ver más definidos.

Su Rebecca era hermosa siempre, pero esta mañana era un tipo de hermosura diferente, el que viene de dentro hacia afuera cuando una persona espera algo con impaciencia y el cuerpo lo comunica sin que nadie lo pida.

Lord Adriel también lo había notado. Lo delataba la manera en que miraba a su hija, tenía esa mezcla de orgullo y algo más suave que él no solía mostrar.

La observó durante el desayuno con más atención que de costumbre, y aunque no dijo nada al respecto, fue la primera mañana en semanas que la rubia se sirvió dos veces de todo.

Rebecca comió con buen ánimo. Incluso se terminó el pan con mantequilla, que por lo general dejaba a medias.

Cuando los platos quedaron vacíos y Anna empezaba a retirarlos, Rebecca se recostó un momento en el respaldo de su silla de ruedas y suspiró con satisfacción.

—La comida estuvo deliciosa esta mañana, Anna. Diles a los cocineros que hicieron un buen trabajo hoy.

Anna se detuvo con los platos que llevaba en un carrito y sonrió de oreja a oreja. Se llevó una mano al corazón.

—¡Claro que sí, milady! Se los digo ahora mismo, les va a alegrar mucho saberlo.

Y lo decía con sinceridad. A Anna no le desagradaba ver a su señorita así, aunque le costara admitirlo.

No todos los días Rebecca amanecía con esa energía; lo habitual era una mañana callada, un desayuno a medias y la tos que llegaba antes de que terminara la primera taza de agua con limón.

Pero este día era distinto, y Anna lo recibía con el mismo alivio con que se recibe una mañana sin lluvia después de varios días de tormenta.

Rebecca, que ignoraba esa alegría en su ama de llaves, se volteó en su silla hacia el fondo del comedor.

—Lyall, dile al chofer que prepare el carruaje. Nos vamos.

El doctor Walter, que había permanecido en su silla con la taza de té a medio terminar y esa expresión que no demostraba nada, pero lo registraba todo, siguió el movimiento con los ojos.

Los labios de Rebecca pintados. El collar de perlas.

El vestido que era para las salidas importantes.

No tenía ninguna razón objetiva para sentir lo que sentía, pero lo sentía igual: algo parecido a la molestia, aunque no era eso en su totalidad.

Era más bien la sensación de que los engranajes de un plan se movían en la dirección equivocada.

Carraspeó.

—Milord —dijo, girándose hacia Adriel—, esta noche me iré de viaje por tres días.

Ya está todo arreglado con mi colega. Y en vista de que la señorita quedará sin mis cuidados durante ese tiempo, sería conveniente que hoy, sin falta, le enseñe al sirviente lo que debe hacerle en mi ausencia.

Las dosis exactas, los síntomas que requieren atención inmediata, el procedimiento si tiene un episodio nocturno.

Más aún con la visita al palacio que se avecina.

Debe saber cómo cuidarla de manera debida.

Lo dijo con la calma de siempre, midiendo cada palabra con la práctica que le daban sus años eligiendo el tono correcto para cada audiencia. Sin embargo, lo que no dijo era lo que ocupaba la parte más activa de su mente en ese momento.

Walter había pasado la noche revisando mentalmente los riesgos.

Cuando Rebecca y el príncipe Joel llegaran al palacio y los asistentes vieran al sirviente de la señorita Bethel, alguien lo reconocería.

No hacía falta que fuera la reina madre; bastaba con cualquier persona que hubiera conocido al rey Josías en vida, cualquiera con suficientes años y suficiente memoria.

Los rasgos del príncipe eran demasiado claros.

El cabello negro, los ojos azules, y no solo era eso, era la estructura del rostro en sí.

Sin el contexto de un palacio o un trono, seguía siendo la misma cara porque por cosas del destino el hijo menor del rey era la viva copia de su padre.

Y cuando eso sucediera, cuando lo reconociera alguien de la época de cuando el rey estaba con vida, la reina madre actuaría.

Walter no tenía ninguna duda al respecto; conocía a Alba lo suficiente como para saber que no dejaría una amenaza sin resolver.

Y cuando la reina actuara, las consecuencias no se limitarían al sirviente.

La familia Bethel quedaría implicada por el simple hecho de haberlo tenido bajo su techo.

Adriel era un comandante con linaje antiguo, pero ese tipo de linajes antiguos no protegían a nadie cuando la corona decidía que era hora de limpiar.

Walter necesitaba un plan de salida. Este viaje era el pretexto perfecto para comenzar a buscarlo.

Tenía un colega en las afueras de la capital, un hombre discreto que le debía varios favores, y a través de él podía tender los primeros hilos hacia algún lugar donde el nombre Walter no dijera nada a nadie por si todo estallaba, él no quería salir afectado por culpa de los Bethel.

Sin embargo, mientras calculaba todo eso, mantuvo la expresión de médico preocupado por sus pacientes.

—Tiene razón, doctor —respondió Adriel, asintiendo sin tener idea de las maquinaciones del hombre de anteojos—.

El sirviente debe saber esas cosas. Si es quien la cuida a diario es lógico que entienda los procedimientos básicos en caso de que la ayuda profesional no esté presente.

Así quedamos más tranquilos durante su ausencia.

Rebecca se giró hacia Lyall una vez más con una sonrisa pequeña.

—Eso significa que debes prestar mucha atención a lo que te diga el doctor, ¿entendido, Lyall? Para que puedas cuidarme bien.

—Lo… haré —dijo el lobo con una sonrisa, solo por ver como Rebecca lo veía con esos ojos brillantes.

Walter alzó ambas cejas.

—Vaya. Ahora puedes hablar más —murmuró entre dientes.

—Sí —respondió Rebecca antes de que nadie más pudiera decir nada—.

Lyall está aprendiendo a comunicarse. Le pedí que practicara más, que hablara, aunque le costara.

Y como todo lo que hace, lo está haciendo bien —sonrió mirando a su padre y al doctor—.

Con lo inteligente que es, en un mes mi lobo hablará con más fluidez que cualquiera de nosotros.

—¿Tu… lobo?

Rebecca carraspeó la garganta.

—Mi sirviente.

Adriel no pudo evitarlo. Sonrió. Fue una sonrisa rápida que intentó disimular mirando su taza vacía, pero estuvo ahí.

Walter no sonrió de inmediato. Durante un segundo, un pensamiento pasó claro por su cabeza: que el príncipe fuera ignorante y callado era…

de cierta forma, una ventaja. Un hombre que no puede expresarse es más fácil de ignorar, de manejar, de mantener en los márgenes.

Pero un hombre que empieza a hablar, que aprende, que empieza a entender el mundo que lo rodea con palabras propias...

Aunque ese pensamiento llegó con fuerza, lo descartó con la misma frialdad con que descartaba cualquier variable que amenazaba con complicarle los planes.

De todas formas, la reina lo mataría en cuanto lo viera. Nunca llegaría a instruirse lo suficiente para que importara. La jovencita que le enseñaba tenía los días contados, y con ella, cualquier avance que él hubiera hecho.

Así que Walter sonrió. Fue una sonrisa convincente, de las que había perfeccionado a lo largo de su vida.

—Me parece perfecto que comience a comunicarse —dijo el doctor sin quitar esa sonrisita—. Es un avance notable.

Rebecca le devolvió la sonrisa, satisfecha.

Lyall lo miró. No respondió nada, pero sus ojos siguieron al doctor durante dos o tres segundos más de lo habitual, con aquella atención callada que guardaba para las cosas que no terminaba de entender, pero que registraba igual.

Fue en ese momento cuando Anna apareció desde el pasillo. Nadie vio cuando ella se marchó con los platos, pero regresó con rapidez como era su costumbre cuando actuaba por iniciativa propia.

—¡Señorita! ya le avisé al chofer. El carruaje estará listo en diez minutos.

Rebecca juntó las manos y sonrió aún más.

—Lyall, vámonos. Pero antes, padre ¿Dónde está mi dinero?

Al poco tiempo, salieron juntos hacia la entrada principal. La lluvia de la mañana había cedido, dejando en el cielo esa claridad frágil que quedan después de los aguaceros. El suelo permanecía empapado y el aire se sentía limpio; a pesar de la humedad, el ambiente resultaba agradable.

El carruaje aguardaba en el sendero de acceso.

Era un vehículo elegante, lacado en negro con sutiles detalles dorados en las esquinas, ruedas altas y un interior tapizado en brocado azul oscuro.

Lyall conocía de memoria el coche. Cada vez que Rebecca salía con Dante, él se encargaba de subirla y acomodarla en el asiento, deseando con toda el alma acompañarla; ahora, al fin, su anhelo se transformaba en realidad.

Por primera vez, ocuparía un lugar a su lado durante una de sus ausencias.

—Vamos —dijo Rebecca.

Lyall comenzó a bajar los peldaños de la entrada, guiando la silla de ruedas de la joven.

Al llegar junto al carruaje, la situó de frente, la tomó en brazos con la destreza de la costumbre y la subió al interior.

Tras depositarla con cuidado en el asiento acolchado, se dirigió a la parte trasera del vehículo para asegurar la estructura de la silla de ruedas.