El ático y el retrato #3
El lord entró al ático y cerró la puerta tras de sí.
Evitó mirarlo de frente al principio; caminó entre los objetos apilados con la distancia cansada de los hombres que conocen de memoria cada pertenencia y preferirían no tener que contemplarlas.
Sin embargo, terminó por detenerse justo frente al cuadro.
—Sabía que estabas aquí. Anna me lo comentó.
Sus ojos se quedaron en el retrato.
—Cuando mi esposa murió, decidí quitar ese cuadro del salón principal. Mi hija no quería ver nada de su madre, y la verdad es que yo tampoco. Nos afectó mucho su muerte.
Adriel suspiró y dejó de hablar por un segundo hasta que continuó diciendo:
—Ese joven es Robin de Bethel. Mi heredero. Murió en la guerra.
Lyall guardó silencio, limitándose a escuchar. Adriel no aguardaba respuesta; se dirigía al lienzo más que al lobo situado a su espalda.
—La familia Bethel está maldita. Al menos, eso siempre han dicho —una sonrisa breve y carente de alegría asomó el rostro del lord—.
Esa historia ronda en los círculos familiares desde hace siglos.
Cuentan que, en tiempos antiguos, los Bethel ayudamos a extinguir a los hombres bestia.
No en guerras ni en batallas abiertas, sino después del conflicto.
Los cazamos. Los perseguimos hasta el exterminio.
Y cuando el último cayó, una voz, ya fuera de mujer o de hombre, pues el relato nunca lo aclara, nos maldijo: sentenció que todas nuestras mujeres morirían jóvenes y siempre tendríamos calamidades.
Adriel se hundió las manos en los bolsillos del chaleco.
—Nuestra estirpe es antigua, tanto como la de los reyes de este reino.
Pero jamás he dado crédito a esa supuesta “maldición” que tanto han hablado mis antepasados.
No creo en maldiciones ni en relatos sobre flores que despiertan linajes dormidos, ni en cazadores condenados por los dioses.
Esas son justificaciones para quienes no saben cómo explicar la mala suerte que vienen desde tiempos antiguos.
Hizo una pausa más larga.
—En mi familia existe el Marchitamiento de Huesos desde hace siglos.
Está en nuestra sangre, ligado a las mujeres de la casa Bethel.
Mi hermana lo tuvo. Murió joven, sin hijos.
La madre de mi padre también. Cuando nació Rebecca le recé a todos los dioses para que no viniera con esa enfermedad, y me ignoraron.
Empezó a mostrarse cuando tenía cuatro años, aunque desde que nació fue una bebé enferma.
Ella no tendrá una vida larga. Eso lo sabemos todos.
Sus ojos se movieron por el cuadro. Se detuvieron en la figura de la mujer rubia.
—Melissa también estaba enferma. Pero la de ella era otra cosa. La enfermedad de la tristeza, así la llamaba el doctor. Murió después de perder a nuestro tercer hijo. —Exhaló despacio—. Temo que Rebecca herede eso también. La fragilidad del alma, sumando la del cuerpo que ya tiene.
Entonces se giró.
Miró a Lyall cara a cara, por primera vez desde su entrada al ático. Sus ojos reflejaban la dureza de un hombre firme en sus decisiones, resuelto a no ocultar sus intenciones.
—Esa es la única razón por la que sigues aquí. No te vas de esta mansión porque no quiero que mi hija caiga en esa tristeza. La vi en su madre. Sé cómo empieza y sé a dónde lleva.
Lyall le sostuvo la mirada sin moverse.
—Es curioso —dijo Adriel, con una pequeña sonrisa que no tenía ningún calor—. En mi familia existe esa historia sobre los hombres bestia que nos maldijeron. Y ahora uno de ellos, o algo parecido a uno, embarazó a mi hija y aceleró su muerte. Supongo que la maldición tiene sentido del humor.
Se acercó un paso.
—Te odio. Quiero que lo sepas. Te odio con toda la convicción que puedo tener hacia alguien, y desearía matarte solo por lo que le has hecho a mi hija.
Pero no puedo. No puedo sacarte de esta mansión sin destruirla a ella en el proceso, y eso es lo único que me importa ahora mismo. Mi hija y su bienestar.
Adriel dejó de hablar mientras Lyall no dejaba de mirarlo.
—Así que te quedarás con mi hija hasta el final —continuó—. Cuando ella muera, te mataré. Recuérdalo.
El silencio del ático se extendió entre los dos. La lluvia seguía golpeando los cristales.
Lyall pensó en lo que acababa de escuchar. Lo procesó con la calma metódica que aplicaba a todo lo que requería evaluación. Luego asintió con la cabeza.
—Cuando… Rebecca… muera —dijo, con la voz ronca y sin apresurarse—, yo moriré con ella.
Adriel lo miró.
Lyall no apartó los ojos de los del lord.
No había desafío en lo que acababa de decir, ni teatralidad.
Era nada más la verdad. Si Rebecca se iba, no había nada que lo retuviera en ningún lado.
Ya lo había pensado antes, en el jardín, en los días que estuvo esperándola cuando salía con Dante, en el almacén la primera noche solo. Sin ella, el resto era ruido.
Adriel lo estudió durante un momento. Algo cruzó su expresión que no llegó a ser sorpresa.
—Entonces así será —dijo al fin.
El lord se dio la vuelta hacia las escaleras. Caminó con la misma cadencia tranquila con la que había entrado, como si la conversación hubiera quedado cerrada a la perfección.
—Vamos. Ya es hora de desayunar y debes hacer tu trabajo.
Bajó primero.
Lyall lo siguió un paso atrás, sin decir nada más porque no había nada que decir.