El ático y el retrato #2
El libro de lectura inicial, con las tapas algo gastadas ya por el uso.
El cuaderno que Rebecca le había dado, con los primeros ejercicios de escritura adentro, las letras torcidas del principio y las más ordenadas de las últimas páginas.
Y el lápiz, tan corto ahora que casi no alcanzaba a sujetarlo bien entre los dedos.
Lo tomó. Lo miró.
Eran sus cosas.
No eran muchas, pero eran suyas. Las había extrañado sin saber que las extrañaba, de la misma forma en que uno no sabe que echaba de menos algo hasta que vuelve a tenerlo en la mano.
Al comprender eso Lyall sonrió. Solo un poco.
Luego recordó las botas.
Las había dejado en el almacén la noche anterior cuando se quitó todo lo que no necesitaba para trepar. No podía salir sin ellas, o más bien, podía hacerlo a la perfección, pero Anna sin duda alguna lo reprendería. Y si Anna le decía algo, tendría que explicar, y explicar no era lo suyo.
Miró la ventana.
Aunque pequeña, ofrecía espacio suficiente.
Lo sabía con solo calcular el espacio visual que, si la cabeza pasaba, el resto del cuerpo entraría con facilidad.
Con esa certeza, se levantó, abrió las hojas de par en par, se encaramó al marco con una agilidad pasmosa y saltó al patio interior.
Aterrizó sin emitir el menor ruido. Luego echó a correr hacia el almacén pensando que debió haber hecho eso mientras estuvo esperando bajo la lluvia, pero no se le había ocurrido. Cosas que pasan.
Cuando llegó al almacén, recuperó las botas, guardó el chaleco bajo el brazo, y regresó por el mismo camino. Subió por la pared exterior del patio con las manos y los pies, encontrando los salientes de siempre, y entró por la ventana con las botas colgando de una mano.
Después se bañó, se vistió y fue a la cocina.
A esas horas ya estaban todos. La mesa larga del área de servicio tenía platos servidos y el aroma a pan horneado había reemplazado por completo el olor a lluvia que el viento colaba por las rendijas. Lyall buscó su lugar con la mirada.
—Ya siéntate a comer —dijo Anna desde el otro extremo, sin levantar la vista de la bebida humeante que se estaba sirviendo.
Berto estaba sentado cerca del centro, con su taza entre las manos y el sombrero de paja colgado en la silla de atrás como siempre que comía adentro.
—¡Muchacho! —lo saludó cuando lo vio llegar—. Hoy no comerás en mi casita. Bienvenido de nuevo.
—No creas que será por siempre —intervino Anna antes de que Lyall pudiera siquiera sentarse—. Hoy es temporal. Como está lloviendo y saldrá más tarde con la señorita, tiene más sentido que esté aquí dentro.
Lyall se sentó. Comenzó a comer sin hacer ningún comentario porque no tenía ninguno que hacer, Anna tomó su bebida caliente, miró por la ventana con una mueca y dijo casi para sí misma:
—Odio las lluvias de verano.
Nadie respondió. La cocinera siguió con su trabajo y Thomas mordió un trozo de pan, con la mirada fija en el techo como si buscara algo en las vigas.
Lyall no levantó la vista del plato, pero sintió la atención de Anna.
Sabía que a la mujer le molestaba su manera de comer, desprovista de modales y usando las manos; sin embargo, ella ya consideraba inútil insistir en que corrigiera el hábito, por lo que hacía todo lo posible para pasar por alto el detalle.
—Oye, salvaje —dijo Anna. El lobo se giró hacia ella porque sabía que se refería a él—. Mientras la señorita despierta, no te quedarás de vago. En una de las habitaciones de nuestro señor hay baúles que deben subirse al ático. Ya que estás aquí, te encargarás de trasladarlos.
Él asintió con la cabeza y siguió comiendo.
El lugar donde estaban los baúles era la habitación matrimonial de los Bethel que estaba al fondo del ala este, la parte de la mansión que Lyall cruzaba menos. Anna lo llevó hasta ahí después del desayuno, abrió la puerta y se quedó en el umbral.
Era una habitación grande. Mucho más grande que cualquier otra que había visto en la mansión.
Las cortinas estaban corridas y la luz que entraba era escasa, pero suficiente para ver que nadie había vivido ahí en mucho tiempo.
Los muebles tenían una capa fina de polvo y el aire olía a madera y a algo más tenue, casi imperceptible, que a Lyall le resultó conocido sin poder identificarlo de inmediato.
Luego lo supo: era el mismo perfume que a veces percibía cuando Rebecca dormía y soñaba, un rastro bastante lejano de algo dulce que el tiempo había atenuado hasta casi borrarlo.
—Lleva todo esto al ático —dijo Anna señalando los baúles apilados junto a la pared—. Lord Adriel quiere dejar la habitación despejada, lo dijo anoche. Y no vayas a ensuciarte. No quiero que Rebecca luego diga que pareces un mozo de cuadra.
Lyall asintió. Ella se fue.
Los baúles eran diez. Pesados, con herrajes de bronce y cuero en los bordes, del tipo que se llena para viajes largos o para guardar cosas que uno no quiere ver, pero tampoco quiere tirar.
Lyall los tomó de a uno o de a dos según el peso, subió las escaleras hacia el ático con pasos firmes y fue dejando cada uno en el espacio que Anna había indicado antes de irse.
El ático era amplio y estaba lleno de luz.
Las ventanas no tenían cortinas y la lluvia golpeaba los cristales con aquel ritmo constante que lo había acompañado toda la mañana.
No había oscuridad aquí. Solo cosas apiladas sin un orden claro: cajones, muebles cubiertos con sábanas viejas, marcos vacíos, una mecedora con el asiento roto.
Lyall depositó el último baúl, se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y estuvo a punto de darse la vuelta cuando un detalle captó su atención.
El objeto no yacía tirado en el suelo, sino apoyado con cuidado contra la pared sobre un aparador. Daba la impresión de haber sido colocado allí hacía tiempo, en un mar de dudas entre el almacenamiento y el olvido, aunque el trato recibido se notaba que le tenían cierto respeto.
Se trataba del retrato familiar en una pintura al óleo.
Lyall se acercó.
La obra mostraba a cuatro personas: una mujer rubia de postura serena, habituada a posar para los pinceles; un hombre con traje de comandante y el pecho cubierto de condecoraciones; un joven de uniforme militar, más esbelto que el oficial, pero de rasgos semejantes; y, en el regazo de la madre, una niña pequeña de cabello claro.
Lyall reconoció al instante los ojos de la pequeña, idénticos a los de la mujer.
La niña del lienzo era Rebecca. Lucía mucho más menuda, con las mejillas redondeadas de la infancia y un gesto serio que, desde entonces, delataba el hábito de guardar los pensamientos para sí misma. No había duda: era ella.
Lyall contempló la escena durante un largo rato.
El joven del uniforme militar correspondía a Robin.
Así lo había nombrado Rebecca al mencionar por primera vez a su hermano mayor, aquella noche en la que él apenas empezaba a descifrar el significado de ciertas palabras.
Había muerto en la guerra; el lobo también recordaba ese fragmento de historia.
—Familia —dijo Lyall en voz baja.
Era la única palabra que tenía para nombrarlo, y era la correcta.
Luego, mientras veía esa pintura, pasó algo que no buscó.
Sin que él lo decidiera, su mente fue a otro lugar, construyó una imagen diferente: Rebecca adulta, como era ahora, sentada en el centro de un cuadro parecido.
Él de pie a su lado. Y entre los dos, una niña pequeña con el cabello oscuro de él y los ojos miel de ella, mirando al frente con esa seriedad heredada.
Una familia suya. Con Rebecca.
Levantó la mano despacio y tocó el polvoriento lienzo con las yemas de los dedos. Primero a la figura de Rebecca niña. Luego dejó los dedos ahí un momento, quietos sobre la pintura.
Sonrió.
Fue una sonrisa tranquila, sin testigos, de las que no necesitan que nadie las vea para ser reales.
Entonces sintió el olor.
Llegó por las escaleras antes que los pasos, porque los pasos del comandante Adriel eran casi silenciosos para cualquiera que no tuviera los sentidos de Lyall. Se dio vuelta. Se quedó de pie junto al aparador.
Adriel apareció en el umbral del ático.
Los dos se miraron.
—Supongo que sentiste mi presencia —dijo Adriel y eso no había sido una pregunta.
Lyall asintió con la cabeza de todas formas.