El ático y el retrato
La luz que se filtraba por el ventanal era tenue, era esa clase de claridad que el amanecer produce cuando las nubes se interponen. Lyall lo notó antes de abrir los ojos: no eran las cuatro de la mañana, no había oscuridad absoluta. Eran las seis, quizás un poco más.
Su reloj interno había fallado por segunda vez desde que llegó a la mansión.
La primera fue la noche del incendio. Esta vez, la razón era más sencilla que en la ocasión pasada: había dormido poco y bien, que era una combinación que su cuerpo no reconocía mucho y que, por lo visto, lo descolocaba más que cualquier herida de guerra.
Rebecca dormía a su lado, con la respiración profunda y regular de los cuerpos que descansan libres de dolor.
Lyall permaneció quieto un momento, en su forma de lobo, sintiendo el peso de su propio cuerpo sobre el colchón y el calor de la joven a escasos centímetros.
Pensó, sin buscarlo, en lo que sería quedarse en la habitación.
Anhelaba permanecer a su lado sin levantarse, sin vigilar la hora ni calcular la ruta de salida, sin la constante preocupación de que alguien los encontraría ahí juntos, o luego lo escuchara bajar del tejado.
Deseaba quedarse allí, con su Rebecca, mientras la mañana avanzaba; dejar que ella despertara y que viera que él seguía todavía a su lado.
Pero ese momento no había llegado. Tal vez nunca llegaría, porque incluso él reconocía que tal deseo era pedir un imposible. Jamás podría pasar el día entero en la habitación; solo metería en problemas a Rebecca y eso era lo último que quería.
Con eso en mente, Lyall se levantó de la cama con el cuidado de siempre, despegándose del colchón sin hacer ruido.
La transformación vino después, breve y silenciosa en la penumbra de la habitación.
El pelaje desapareció, los huesos se acomodaron, y el joven desnudo quedó de pie junto a la cama mirando a Rebecca.
Se inclinó sobre ella. Cerró los ojos y presionó sus labios contra los de la joven, suave, sin despertarla.
El ritual que nunca dejaba de hacer, el mismo de antes de que lo mandaran al almacén, el mismo que había recuperado sin que nadie se lo pidiera porque era suyo, era de los dos, aunque ella no lo supiera cada mañana.
Luego se vistió.
Cuando estuvo listo, fue al ventanal, lo abrió con cuidado, salió al balcón y lo cerró desde afuera.
El techo estaba resbaloso. Había comenzado a llover en algún momento de la madrugada, era de esas lluvias de verano que llegan sin aviso y empapan todo en cuestión de minutos.
La pizarra oscura brillaba mojada bajo el cielo plomizo y Lyall lo evaluó en el mismo segundo en que puso el pie sobre la superficie.
Ajustó el ángulo de cada paso, apoyando el borde del pie primero, distribuía el peso antes de avanzar.
No era difícil; era solo distinto al trayecto de la noche anterior por el simple hecho de que ahora todo estaba mojado.
Sin perder ni un segundo, él cruzó la cresta del tejado a buen ritmo, con los brazos abiertos apenas para el equilibrio, ignorando por completo la lluvia que le caía encima.
El agua no era un problema. Nunca lo había sido para él.
En la guerra había cruzado ríos con corriente, había pasado noches enteras bajo la lluvia esperando una señal que tardaba horas. Mojarse era solo eso: mojarse y ya.
Minutos después, llegó al extremo norte, buscó la columna y bajó con la misma facilidad con la que había subido, aunque la piedra estaba húmeda y los salientes resbalaban más de lo habitual.
Sus dedos encontraban el agarre de forma automática; el movimiento le brotaba natural y lo hacía ver sencillo, aunque ese acto tenía un peligro real.
Cuando los pies tocaron el suelo, olfateó.
El jardín estaba vacío. La mansión dormía. No había movimiento en ninguna de las ventanas del ala de servicio. Perfecto.
Corrió hasta el área de servicio y se plantó frente a la puerta de la cocina, con la lluvia cayéndole encima.
La puerta cerrada indicaba que nadie había llegado todavía.
Por lo general, el personal empezaba a trabajar a las siete; aquella estancia era la primera en cobrar vida por la mañana, ya que el pan requería su tiempo para estar listo.
Lyall se quedó dónde estaba. Alzó la vista al cielo.
La lluvia caía densa, golpeando el suelo del jardín con un ruido constante que llenaba todo el espacio.
Él la recibió de frente. No por costumbre ni por indiferencia sino porque en el fondo no le desagradaba en lo absoluto.
Siempre le había gustado la lluvia, aunque nunca lo hubiera pensado con esas palabras.
Era una de esas cosas que solo estaban ahí, como el olor de la tierra mojada o el sabor del pan recién salido del horno, cosas que no necesitaban explicación porque bastaba con sentirlas.
Y además estaba de buen humor.
Había pasado la noche con Rebecca. La había tenido cerca, habían hecho el amor, había escuchado su voz mientras le pedía que le hablara, había visto cómo se reía cuando lo atrapó intentando evadir sus preguntas.
La había sostenido mientras se quedaba dormida.
Y esa mañana, antes de salir, la había besado, aunque ella no lo supiera.
Así que se quedó de pie bajo la lluvia con la cara levantada al cielo, sin que nada de lo que rodeaba ese momento le pareciera especialmente malo.
Una hora después, cuando la lluvia había bajado a una llovizna tranquila, se escuchó movimiento al otro lado de la puerta.
Anna apareció bostezando. Llevaba el cabello a medio recoger y se lo acomodaba con una mano mientras empujaba la puerta de servicio con la otra.
Detrás de ella, el aroma a pan amasado ya llenaba la cocina.
Una cocinera trabajaba en la mesa central y otro sirviente tomaba una bebida caliente junto a la ventana.
Cuando Anna terminó de acomodar su moño y abrió la puerta por completo, se encontró con Lyall parado del otro lado.
Pegó un brinco hacia atrás. El susto fue real porque no esperaba encontrar al lobo ahí.
—¡Dios mío! —exclamó, llevándose una mano al pecho—. ¿Qué haces aquí afuera?
Lo recorrió con la mirada de arriba abajo. Iba sin botas y sin chaleco, con la camisa y el pantalón empapados, pegados a la piel. El cabello le chorreaba sobre los hombros.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí parado?
Anna se hizo a un lado para franquearle el paso y Lyall entró. Los dos ayudantes de la cocina se le quedaron viendo, y la cocinera interrumpió el amasado al instante, presa de la sorpresa.
—¿Estuviste afuera bajo la tormenta todo este tiempo? —preguntó ella.
Lyall asintió, como si ofreciera la respuesta más natural del mundo.
—¡¿Por qué no tocaste la puerta?! ¡Te habría dejado entrar! —exclamó, invadida por una culpa repentina, aunque no hubiera cometido ninguna falta.
L-2235 se encogió de hombros.
En ese momento, no tenía ganas de dar explicaciones.
No era un asunto fácil de resumir en pocas palabras, y sus energías flaqueaban para forzar el esfuerzo de hablar tan temprano.
La realidad era simple: no acostumbraba a llamar a las puertas.
Casi nunca había sido bienvenido al otro lado, y el cuerpo asimila rápido qué intentos resultan inútiles.
De hecho, la última vez que tocó una, en la casa del sargento Wallace, terminó con un fuerte impacto en el rostro; un golpe doloroso, por más que el sargento considerara lo contrario.
Así que prefería evitar el gesto; ante la duda de ser recibido con violencia o sufrir un rechazo, era mejor esperar fuera hasta que abrieran.
Anna que no tenía idea de eso, lo contempló con un gesto de profunda resignación.
—¡Qué desastre! Estás inundando la cocina —dijo, señalando el charco que crecía bajo sus pies—. Qué manera de complicar las cosas. En fin, no te muevas. Buscaré una toalla para que dejes de gotear por todo el suelo.
Salió a paso rápido hacia el pasillo.
Los trabajadores de la cocina siguieron con lo suyo, aunque de vez en cuando lo miraban de reojo.
Al rato fue llegando más gente. Uno de los sirvientes de la planta baja.
Una de las chicas de la lavandería. Y luego Thomas, que entró sin mucho afán, se notaba que estaba medio dormido todavía.
Sin embargo, cuando vio a Lyall parado en medio de la cocina empapado de pies a cabeza, sonrió de oreja a oreja.
—¡Hey, Lyall! ¿Andabas dándote un chapuzón en la lluvia o qué?
Lyall sonrió a medias. Asintió con la cabeza.
—Espero que no te resfríes —dijo Thomas, cruzando los brazos—. Aunque pensándolo bien, nunca he visto a un lobo resfriado. Supongo que tú serás igual.
En ese momento apareció Anna con una toalla grande que extendió hacia él sin muchas ceremonias.
—Toma.
Lyall la aceptó y comenzó a secarse el cabello y la cara primero.
—Ve a tu habitación y aséate —le ordenó Anna.
Luego miró hacia la ventana, donde la llovizna seguía cayendo con calma—.
Cuando termines, regresa aquí a desayunar.
Milord entenderá que no puedas salir con este tiempo.
Lo primero es que no se moje la señorita o tu hagas un desastre cada vez que entres o salgas —declaró mirándolo de pies a cabeza.
Lyall asintió, se echó la toalla sobre los hombros y salió de la cocina hacia el pasillo.
Cuando llegó a su habitación y abrió la puerta, lo primero que hizo fue quedarse quieto en el umbral un momento, aprovechando que estaba solo.
Esa seguía siendo su habitación. La misma cama estrecha, la misma ventana pequeña que daba al patio interior, la misma mesa de madera con la silla arrimada.
Todo igual a como lo había dejado antes de que lo mandaran al almacén.
Entró. Se sentó en el borde de la cama todavía cubierto con la toalla y abrió el cajón de la mesa.
Ahí estaban.