La tina y los girasoles #3
Rebecca sabía que nunca iba a correr. Sabía, con la total claridad de llevar años conviviendo con un diagnóstico, que el camino de su enfermedad no iba hacia ningún lado que se pareciera a correr.
Llegaría un momento en que no podría sentarse en la silla de ruedas, y luego otro en que no lograría mantenerse erguida en ningún otro lugar.
El final del Marchitamiento de Huesos no era una muerte rápida ni gloriosa; consistía en quedarse inmóvil, perdiendo las fuerzas poco a poco hasta que el cuerpo decidiera que ya había sido suficiente.
Su destino final era ese: consumirse poco a poco hasta el último aliento.
Pero no le dijo nada de eso.
—Sí —respondió Rebecca en su lugar—. Algún día voy a correr contigo a tu lado. Y te alcanzaré. Y tú no me dejarás ganar.
Lyall sonrió. Asintió con la cabeza. Se acercó y la besó.
—Háblame… —dijo él cuando se separaron.
Rebecca ladeó la cabeza.
—¿Qué quieres que te diga?
—Lo que Rebecca… quiera.
Ella lo miró fijo. Entrecerró los ojos.
—¡Me estás evadiendo, Lyall! Te dije que quiero conocerte. Y ahora quieres que hable de mí, de lo que quiera.
Lyall soltó una risa verdadera al verse acorralado; la había subestimado y ella lo había atrapado por completo. Al escucharlo, Rebecca no pudo contenerse y comenzó a reírse también, contagiada por la risa de él que la consideraba linda.
—De Lyall… no hay mucho. De Rebecca, sí.
—¿Cómo que no hay mucho? —protestó ella—. ¡Debes tener historias! Conociste lugares durante la guerra, estuviste en la granja de ese sargento. ¿Tenías una habitación ahí?
Lyall asintió.
—La habitación… la paja. El establo. Dormía ahí.
Rebecca hizo una mueca. No lo ocultó.
—Dime un buen recuerdo —dijo después, porque sospechaba que eso de dormir en un establo no era nada agradable; si se ponía a pensar, cuando Lyall llegó por primera vez, tenía toda la apariencia de alguien acostumbrado a pasar las noches a la intemperie—.
Dime algo bonito, algo que te haga sonreír cada vez que lo piensas.
Lyall la miró.
—Tú… sonrío cuando estás… aquí.
Se señaló la sien con un dedo mientras tenía una sonrisa en sus labios.
Rebecca suspiró.
—¿Y antes de conocerme?
Lyall se quedó callado. Pensó de verdad. Pasó por las imágenes que tenía almacenadas: la granja, el frente, el Proyecto Nimrod. La mayoría de ellas no eran del tipo que uno busca cuando quiere sonreír. Pero había algunas cosas. Pocas, pero estaban.
—Pan… recién hecho —dijo—. Gira…soles.
Hizo una pausa breve y añadió con algo de seriedad:
—Es una planta… amarilla, alargada. Su nombre es… es por el sol.
Rebecca lo miró. Luego sonrió.
—¿Te gustan los girasoles?
Lyall asintió.
—¿Qué más te hace sonreír además de mí por supuesto?
Él pensó un momento más.
—Solo eso —dijo, pero enseguida rescató un retazo de su memoria—: pasteles… dulces. Berto.
Rebecca frunció los labios con ternura.
—Entonces te hacen sonreír el pan recién hecho, los pasteles dulces, los girasoles y yo —resumió, haciendo una pequeña pausa—. Y Berto.
Lyall parpadeó. Luego asintió.
Él recordó la carcajada del anciano esa mañana en la casita, esa risa que llegó sola y que de alguna forma lo arrastró con ella.
No era algo que le ocurriera con frecuencia de reírse así.
Rebecca lo procesó en silencio. Berto. Thomas.
Los dos sirvientes que habían estado con él menos tiempo que nadie en esa mansión.
Y sin embargo eran los únicos que aparecían en la lista corta de cosas buenas.
«Lyall no tiene mucho a lo que sonreírle», pensó. «Somos iguales, supongo».
Los ojos se le fueron haciendo pesados mientras lo miraba, con la mano todavía en su cabello.
—Lyall, conviértete en lobo. Ya me está dando sueño.
Él se movió de inmediato.
Los huesos crujieron con ese sonido que Rebecca ya no encontraba extraño sino propio, algo que pertenecía solo a él.
El pelaje negro brotó, el cuerpo se transformó, y en cuestión de segundos el lobo enorme estaba ahí, ocupando su lado de la cama con esa presencia cálida y sólida que ella necesitaba para dormir.
Rebecca se acurrucó contra él. Hundió los dedos en el pelaje suave y cerró los ojos.
—Cuando amanezca saldremos a la ciudad capital —murmuró, ya con la voz de quien está a mitad de camino entre el sueño y la vigilia—. Será… divertido…
No dijo nada más.
Su respiración se fue acompasando despacio, profunda y regular, hasta que Lyall supo que ella dormía.
Él permaneció despierto un momento más.
Divertido. Esa palabra. No era un concepto que manejara demasiado.
La había leído varias veces en la novela que Rebecca le dio y se la había escuchado decir a Thomas con una facilidad que él no terminaba de comprender mientras trabajaban juntos hoy.
Era una de esas expresiones que habitaban el vocabulario de los demás con una soltura que jamás había tenido cabida en su propia vida.
Pero ella lo había dicho así, con la certeza tranquila de no albergar ninguna duda.
Lyall cerró los ojos.
Y se dejó ir, con el peso ligero de Rebecca acurrucada contra su pelaje y el olor a lavanda llenándolo todo, sintiéndose más a gusto de lo que había estado en los últimos días.