El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) La tina y los girasoles #2
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La tina y los girasoles #2

Se señaló a sí mismo y luego sonrió, intentando restarle importancia.

No le iba a confesar los golpes que el comandante le había propinado al enterarse de lo suyo con ella, ni los manotazos del doctor Walter, ni los tratos nada sutiles de Anna y demás.

La verdad era que todo aquello no significaba nada en comparación con las brutales golpizas del sargento Wallace en el frente o en la granja; por eso, sus palabras eran bastante sinceras cuando insistió:

—Estoy… bien.

Rebecca apretó los labios. Lo miró durante un segundo largo con esa expresión que él ya aprendía a reconocer: no era tristeza como tal, sino algo más parecido a una rabia contenida, la furia de sentirse impotente ante lo que estaba pasando.

Lyall se acercó y la besó. Fue un roce suave, pausado, con la única intención de calmarla; le disgustaba demasiado verla albergar esa furia silenciosa, y menos cuando sabía que era por su culpa.

—Todo… bien —repitió contra su boca.

Rebecca soltó el aire por la nariz.

—Eres demasiado noble, Lyall. Si yo tuviera tu fuerza, aunque fuera un poco, creo que ya estaría en prisión —sonrió, muy cerquita de él—. Porque mataría a todos los que pretendieran hacerme daño.

Lo dijo con una convicción tan real que Lyall sonrió de verdad. Pero entonces el cuerpo de Rebecca la traicionó, como solía hacer cuando se emocionaba demasiado o pasaba mucho tiempo en el agua. La tos llegó de golpe, seca, sacudiéndole el pecho.

Lyall no dijo nada, solo frunció sus labios.

Tomó la esponja, la frotó contra el jabón y se acercó a ella sin preguntarle.

La comenzó a lavar con rapidez, recorriendo los lugares que faltaban, sin apresurarse de una manera que la incomodara, pero tampoco quiso demorarse más de lo necesario.

Rebecca lo aceptó. Lo miraba con una sonrisa pequeña, algo melancólica, mientras él trabajaba.

Ella pensó que todos se aprovechaban de él.

Su padre, que lo usaba para cargarla. Anna, que lo mandaba a limpiar todo lo que nadie quería limpiar porque no les pagaban lo suficiente.

El jardinero, que sin mala intención lo ponía a hacer el trabajo de tres hombres en media jornada.

Y ella misma, que lo había hecho trepar un balcón en la madrugada, que corría el riesgo de que lo descubrieran solo porque quería tenerlo cerca, porque necesitaba que le hiciera el amor, porque sin él la cama se sentía demasiado grande y fría.

Debería sentirse culpable… y de cierta forma lo sentía.

Pero no era suficiente para que cambiara nada. Lo amaba, lo quería cerca de ella sin importar el riesgo. Y si eso la hacía egoísta, lo seguiría siendo. No podía evitarlo.

Cinco minutos después estaban fuera del agua.

Lyall la cargó hasta el sofá de terciopelo azul y la recostó. Ni siquiera se molestó en secarse él primero; simplemente agarró la toalla y comenzó a secarla, chorreando agua sobre ella. Rebecca, en silencio, no dejaba de mirarlo.

Cuando él terminó con ella, se secó a sí mismo con rapidez. Luego fue al armario y sacó la ropa interior de ella y su pijama.

Rebecca odiaba que la vistieran. Era uno de esos bordes de su orgullo que nunca había conseguido limar.

Por eso no tenía doncellas, aunque su posición lo exigiera.

La idea de depender de una mujer desconocida para ponerse un vestido le generaba una incomodidad que no sabía cómo explicar con exactitud.

Pero con Lyall era distinto.

Cuando él la ayudaba a vestirse, deslizando la tela sobre su piel, Rebecca olvidaba su propia debilidad. No se sentía una carga. Miraba cómo la levantaba sin esfuerzo, ajustando la ropa bajo su cuerpo con una delicadeza que no encajaba con sus manos grandes y su fuerza bruta.

Era extraño, pero le gustaba. Le gustaba ver cómo Lyall contenía todo su poder solo para no lastimarla.

Con otros hombres, su fuerza habría sido algo que la obligara, algo que la moviera a su antojo.

Pero con él era distinto: él elegía ser suave.

Y en esa contención, en esa decisión de no usar su fuerza, ella encontraba algo que sentía profundamente suyo.

Cuando terminó de vestirla, la cargó y la llevó a la cama.

—Vete antes del amanecer —dijo Rebecca cuando él la cubrió con las sábanas limpias—. No quiero que nadie te vea. Mañana me levantaré tarde, a las nueve. Ven a las diez, ¿entendido?

Lyall asintió.

Ella lo miraba, con una mano extendida que encontró su cabello oscuro y mojado. Lo acarició despacio, siguiendo las ondas que el agua había dejado.

—¿Mataste a muchas personas en la guerra?

Él asintió.

—Enemigos —respondió.

—¿Y cómo sabías que eran enemigos?

Lyall señaló la bata de Rebecca.

—El uniforme… era distinto. Enemigos.

Rebecca abrió los ojos despacio.

—Los diferenciabas solo por el uniforme —repitió, más para sí misma que para él—. Comprendo.

Lyall asintió con la cabeza y ella se quedó callada un momento. Tenía decenas de preguntas acumuladas desde hacía semanas, desde el primer día que lo vio llegar sucio y en silencio detrás del sargento Wallace. Pero no sabía por dónde empezar ni si tenía sentido intentarlo todo en una sola noche.

—Sabes, Lyall —dijo al fin—, a veces sueño que soy una loba como tú. Que vivimos en un bosque y corremos por kilómetros. Somos lobos para siempre, los dos. Salvajes, sin ley, viviendo como se nos antoje. Corro mucho en ese sueño.

Rebecca detuvo sus palabras por un momento, y su mirada se fue a algún lugar que estaba más allá del techo.

—Es curioso. Sueño con correr, pero nunca he corrido en mi vida. Ni cuando era pequeña. Siempre fui enfermiza, correr era impensable.

Lyall extendió la mano hacia ella. La acarició en la mejilla con la yema del pulgar.

—Estarás bien… podrás correr… algún… día.

La rubia lo miró luego de escuchar eso. Y comenzó a reírse.

Su risa fue sincera, suave, con algo de tristeza pegada en los bordes, pero sincera de todas formas. Lyall no entendía del todo por qué reía, pero la expresión de ella lo desconcertó apenas.