El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) La tina y los girasoles
47%

La tina y los girasoles

Cuando terminaron de hacer el amor, Lyall deseó quedarse ahí con ella, inmóvil, dejando pasar lo que quedaba de la noche sin moverse de ese lugar.

Pero sabía que no podía. Así que se levantó, fue al baño y preparó la tina: la llenó hasta la altura correcta con agua tibia, calibrando la temperatura con la mano antes de cerrar el grifo.

Luego regresó por Rebecca, la levantó con el cuidado de siempre y la llevó al baño, depositándola dentro de la tina con lentitud.

Cuando la soltó con delicadeza, se incorporó y dijo:

—La cama… la acomodaré.

Rebecca lo miró desde el agua. Comprendió sin que él lo aclarara: no iba solo a tender las sábanas.

—Mi lobo… —murmuró ella con una sonrisa pequeña—, eres muy minucioso. Ve. No te tardes demasiado.

Él asintió con la cabeza, y algo en la comisura de sus labios se curvó apenas antes de darse la vuelta. Le había sonreído.

En la habitación, Lyall se tornó serio y fue directo a la cama.

Las sábanas tenían manchas. Las reconoció en cuanto las vio: tierra seca, del jardín, del techo, de la columna de piedra por la que había trepado. Las había dejado él mismo sin darse cuenta, cuando llegó del balcón y se acostó con Rebecca antes de ir a lavarse. Frunció el ceño.

Sobre la mesita de noche estaba la jarra de agua, la de siempre, la que Anna cambiaba cada mañana.

La tomó y vertió un chorro directo sobre las manchas.

La tela oscureció, el agua corrió por las fibras, y Lyall restregó con la palma de la mano hasta que el agua arrastró lo que pudo arrastrar.

No quedó perfecto, pero quedó bien. Lo suficiente para que pareciera un accidente doméstico y no la evidencia de que un lobo sucio había estado tumbado en esa cama.

Luego de eso tomó la sábana sucia por las esquinas, la enrolló y la echó por el tubo de la pared, ese que comunicaba con la lavandería de la planta baja. La tela desapareció con un susurro sordo.

Las sábanas limpias estaban en el armario, en el cajón donde Rebecca le había indicado hace bastante tiempo.

Las sacó, las extendió sobre el colchón con movimientos rápidos y ordenados, metió las esquinas por debajo del somier con la misma eficiencia que hacía cualquier otra tarea, y cuando terminó se quedó un segundo mirando el resultado.

Estaba bien. No había rastro de nada.

Ahora sí, fue al baño con paso rápido.

Rebecca lo escuchó llegar antes de que apareciera en el umbral. Diez minutos, quizás menos. Levantó la vista y lo miró con una sonrisa amplia.

—Ven —dijo—. Entra al agua mi lobo…

Lyall sonrió un poquito y entró a la tina sin dudar. El nivel subió en cuanto su cuerpo ocupó el espacio, el agua llegó casi al borde y Rebecca tuvo que acomodarse para darle sitio, acercándose hacia él. Le quedaba espacio justo.

La rubia con algo de esfuerzo tomó el jabón del borde.

Lo frotó entre las palmas hasta hacer espuma y luego puso las manos sobre el pecho de Lyall.

Por lo general era él quien la lavaba a ella.

Siempre. Desde la primera noche que se bañaron juntos, había sido Lyall quien tomaba la esponja y recorría cada centímetro de su piel con esa atención absoluta, como si asearla fuera la tarea más importante del mundo.

Pero esta noche Rebecca quería hacerlo al revés.

Quería ser ella quien lo lavara primero.

Sus manos se movieron por el pecho de él, por el vello mojado que se aplastaba bajo sus dedos, por la línea firme de sus hombros. Lo sentía tenso y caliente bajo las palmas.

—Lyall —dijo mientras estaba en su labor de asearlo—, ya que cada día hablas más, vamos a platicar todas las noches. ¿Te parece?

Él la miraba.

—Quiero que me hables de ti. Apenas y te conozco, y es entendible, no podías hablar ni comunicarte antes. Así que… ¿cómo iba a conocerte bien? —Rebecca se detuvo para soltar una pequeña sonrisa—. ¿Quieres conversar conmigo?

Lyall asintió con la cabeza. Aunque en lo profundo de su ser, algo se apretó.

Sabía que lo que le estaba pidiendo Rebecca no era nada simple para él.

Hablar le costaba de una forma que él mismo no sabía explicar del todo; no era solo timidez ni costumbre de guardar silencio.

Era algo más hondo que eso, algo que venía de mucho antes.

Los niños aprenden a hablar en sus primeros años.

Alguien les señala una mesa y les dice "mesa".

Alguien les enseña a decir "mamá", "papá", "agua".

Esas primeras palabras abren algo en el cerebro, construyen un camino que después se hace más ancho y fácil de recorrer.

Pero el bebé que entró al Proyecto Nimrod con poco más de un año no tuvo nada de eso.

Nadie le señaló nada. Nadie le dijo su nombre con ternura ni esperó a que él lo repitiera.

Lo que ese niño aprendió en los años en que debía haber aprendido a hablar, fue otra cosa demasiado distinta: a obedecer, a aguantar, a sobrevivir.

A los diez años ya sabía empuñar una espada mejor que cualquiera y seguir órdenes en silencio absoluto.

Ahora, las palabras llegaron tarde, desordenadas, sin los cimientos que se construyen en la infancia.

Por eso, a sus veinte años, hablar era como intentar caminar sobre un terreno que nunca terminaba de asentarse bajo los pies.

Y como él, todos los del Proyecto Nimrod que entraron siendo niños muy pequeños cargaban con lo mismo. El silencio no era solo una orden. Se convirtió parte de ellos, era lo único que conocían.

Bajo el agua espumosa, sin que Rebecca lo viera, Lyall cerró los puños despacio.

Tenía que concentrarse.

—¿Hablar… te pone… feliz…? —preguntó.

Rebecca lo miró y sonrió de verdad.

—Sí. Hablar contigo me pondría muy feliz.

La rubia siguió lavándolo mientras hablaba, moviéndose hacia su brazo izquierdo con movimientos lentos, ella nunca se cansaba de los brazos fuertes de su lobo.

—La primera vez que te vi no podía entender por qué no hablabas. Al principio, la verdad, pensé que era una ventaja —admitió con una media sonrisa—. Un sirviente silencioso, sin opiniones, sin preguntas. Pensé que era más sencillo así.

Rebecca suspiró y lo miró directo.

—Pero ahora no lo creo. Ahora siento que no era ninguna ventaja. Quiero que seas más… no sé cómo decirlo. No digo que seas anormal, porque no lo eres.

Alzó las manos del agua y acunó el rostro de Lyall entre sus palmas. Él le permitió que ella hiciera eso. La miró fijo, con esos ojos azules que no se escondían nada cuando era ella quien miraba.

—Eres la persona más pura, más real y hermosa que he conocido en mi vida, Lyall —dijo Rebecca—. Amo como eres —sonrió—. Es solo que… quisiera que te expresaras. Que pudieras hablar. Eres muy inteligente, metódico, fuerte… si pudieras hablar, ¡estoy segura de que conquistarías el mundo!

Lo dijo y sonrió, viéndolo. Y Lyall sonrió también solo por ver la emoción con la que su sargento dijo eso.

Pero en su cabeza, el pensamiento llegó solo, sin que él lo buscara:

«Mi Rebecca, no me interesa conquistar el mundo.

Lo único que deseo en esta vida es estar a tu lado.

Ser parte de tu vida, besarte en frente de todos, que tú le digas al mundo que nos amamos sin que eso sea un enorme problema es lo que más quiero, aunque siento que, si lo pienso bien, conquistar el mundo suena más sencillo».

Lo pensó con una claridad que a veces lo sorprendía, esa capacidad de entender las cosas que tenía, sin importar que las palabras no salieran con la misma facilidad con que llegaban a su mente.

Pero lo que dijo fue:

—Hablaré… porque… te pondrá… feliz —contestó, con una sonrisa sin dejar de mirarla con esos ojos llenos de amor.

Rebecca lo miró un segundo. Algo en su expresión se ablandó de una forma que no era lástima sino algo más cercano al reconocimiento, como si acabara de ver algo que ya sospechaba desde hacía tiempo.

Acercó su frente a la de él. Se quedó así un momento.

Luego lo besó.

—Ese hombre horrendo —dijo Rebecca después, mientras pasaba el jabón por el cuello de Lyall con movimientos lentos—. El que te trajo a mi casa. ¿Cómo era contigo, mi Lyall? Porque yo sé que te golpeó cuando te dejó aquí. Hasta ahora no comprendo por qué hizo eso ese malnacido…

Lyall exhaló despacio. El vapor del agua le calentaba la cara.

—El sargento Wallace… era, un padre —dijo—. Era… como todos, conmigo.

Rebecca levantó la vista e hizo una expresión de duda en su rostro.

—¿Y cómo son todos?

Era una pregunta simple. Demasiado simple para lo que pedía. Lyall la miró intentando encontrar la manera de responderle, pero las palabras no llegaban ordenadas. Entonces dijo lo primero que encontró:

—Todos lastiman… menos mi Rebecca. Berto. Thomas.

Rebecca abrió los ojos de par en par.

Lo que la sorprendió no fue el contenido de la primera frase, sino escuchar los otros dos nombres al final: Berto y Thomas.

El jardinero anciano y el muchacho que se encargaba de limpiar la biblioteca y otros lugares que ella no sabía.

Su lobo no había nombrado a su padre. Tampoco a Anna, a pesar de que le hablaba todos los días, y muchísimo menos al doctor Walter.

Sin embargo, él acababa de rescatar a dos hombres que llevaban en su vida mucho menos tiempo que cualquier otra persona de la mansión.

—¿Por qué solo mencionaste a Thomas y a Berto? —preguntó ella, con una mezcla de desconcierto y repentina preocupación—. ¿Mi padre te ha golpeado? ¿El doctor? ¿Anna?

Lyall la miró. No respondió de inmediato y ese silencio fue suficiente respuesta.

Rebecca frunció el ceño.

—Dime, Lyall. ¿Te han lastimado?

Él apretó los labios. Luego asintió con la cabeza, despacio. Pero enseguida levantó una mano y se dio unos golpes suaves en la coronilla, ligeros, casi sin fuerza.

—Nada malo, mi Rebecca. Solo golpes… aquí. No… no es nada.