El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) La misión de la madrugada #3
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La misión de la madrugada #3

Cuando por fin estuvo dentro en su totalidad —hasta el fondo, con sus caderas pegadas a las de ella y sus testículos pesados descansando contra su piel—, los dos soltaron un suspiro tembloroso al unísono.

Rebecca se sentía llena hasta el límite: su vagina estirada al máximo, cada terminación nerviosa encendida, el calor de él latiendo profundo en su vientre. Era como si él ocupara todo su ser.

Lyall se quedó quieto un segundo, respirando contra el suave cuello de ella, luchando contra el impulso de moverse rápido.

Disfrutaba demasiado: el calor apretado y sedoso de ella, la forma en que su cuerpo frágil se adaptaba a él, el aroma dulce de su excitación mezclándose con el suyo.

Era el paraíso. Pero se controlaba. Por ella.

Luego empezó a moverse.

Lento.

Profundo.

Cada retirada era casi completa —solo dejando la cabeza dentro—, y cada embestida volvía a llenarla con una lentitud que hacía que Rebecca sintiera cada milímetro: el roce grueso de ese enorme pene deslizándose contra sus paredes, la presión en ese punto sensible en lo más profundo, el calor que se expandía por su pelvis y subía hasta su pecho.

Sus uñas se clavaron con suavidad en los hombros anchos de él, sintiendo los músculos duros y tensos bajo sus palmas mientras él la penetraba una y otra vez.

Durante todo el acto, mientras hacían el amor, ambos se miraban directo a los ojos.

Las pupilas de Lyall brillaban con un destello salvaje, casi luminoso, un azul intenso de lobo que afloraba solo cuando el placer y el amor lo desbordaban por completo.

Rebecca lo adoraba; sabía que ese brillo mágico solo aparecía cuando él se encontraba al límite de su contención, justo en el momento en que su lado humano y su naturaleza animal se fundían por ella.

Lyall, a su vez, no apartaba la mirada del rostro de ella: veía cómo los labios de Rebecca se entreabrían con cada embestida lenta, cómo sus ojos miel se nublaban de placer, cómo sus mejillas se enrojecían más y más. Era la imagen más hermosa que había visto jamás.

—Bésame… —suplicó ella en un susurro entrecortado con la voz rota de placer.

Lyall bajó la cabeza de inmediato y la besó.

Fue un beso profundo, lento, lleno de amor y hambre que trataba en lo más profundo de contener.

Sus labios se movían juntos mientras él seguía penetrándola con ese ritmo constante y delicioso: entrando y saliendo, llenándola una y otra vez, rozando cada punto sensible dentro de ella.

Rebecca gemía contra su boca, abrazándolo más fuerte por los hombros, sintiendo cómo cada embestida la llevaba más cerca del borde.

Sus paredes internas se contraían alrededor de su pene grueso, succionándolo, ordeñándolo con cada movimiento.

Él aceleró apenas el ritmo —solo lo suficiente para intensificar el placer, nunca lo suficiente para lastimarla ni romperla—, y Rebecca empezó a temblar.

El orgasmo que sintió gracias a su amado la golpeó como una ola lenta y profunda: comenzó en su clítoris hinchado, se expandió por su vagina apretada y explotó en su vientre, haciendo que todo su cuerpo se arqueara bajo él, dolía cuando su cuerpo se arqueaba así debido a su enfermedad de los huesos, pero ese dolor entremezclado con el placer la embriagaban.

Las paredes internas de su vagina se cerraron con fuerza alrededor del pene de Lyall, pulsando y apretándolo en espasmos calientes y húmedos mientras ella gemía contra su boca, con los ojos cerrados de puro éxtasis.

Eso fue suficiente para romper el último hilo de control de Lyall.

Con un último empujón profundo y lento, se derramó dentro de ella, llenándola con chorros calientes, abundantes y espesos de esos días que no hizo el amor con ella.

Gruñó de una manera bastante silenciosa contra sus labios —fue un sonido ronco, casi animal—, y enterró la cara en el cuello de su amada mientras terminaba, latiendo y pulsando dentro de aquella vagina apretada, derramando hasta la última gota.

El placer lo recorrió entero, intenso y largo, pero nunca perdió el control: siguió abrazándola con ternura, besándole la piel con reverencia.

Se quedó dentro de ella un rato largo, todavía latiendo con suavidad, disfrutando del calor húmedo que los unía.

Solo cuando su respiración se calmó un poco, salió con cuidado, deslizándose fuera de su cuerpo con una lentitud que hizo que Rebecca suspirara de nuevo por la sensación de vacío repentino.

Lyall se dejó caer a su lado en la cama, grande, cálido y protector.

La atrajo hacia su pecho al instante. Rebecca se acurrucó contra él, todavía jadeante, con las piernas débiles, temblorosas, mientras su cuerpo entero brillaba de sudor, embriagado por el placer.

Lyall la envolvió con sus brazos fuertes, como si pudiera protegerla del mundo entero.

En la penumbra, con la voz ronca y rota por el esfuerzo y la emoción, le susurró al oído:

—Te… amo. Re-be-cca.

Rebecca cerró los ojos, sonrió con todo el amor del mundo y lo abrazó más fuerte, hundiendo la cara en su pecho sudoroso y ancho.

—Yo te amo más, mi lobo, mi Lyall —respondió ella con la voz aún entrecortada—. Nadie podrá separarnos… nunca.

Se quedaron así, abrazados piel contra piel, con sus respiraciones acompasadas, escuchando los latidos del otro en la quietud de la madrugada. Afuera, la mansión dormía. Adentro, solo existían ellos dos y el amor que los unía.