El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) La misión de la madrugada #2
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La misión de la madrugada #2

Él se separó apenas para mirarla. Deseaba unirse a ella en ese mismo instante; sin embargo, se detuvo.

A pesar del deseo que casi nublaba su mente, la lucidez se impuso.

Fue la misma lógica táctica que le permitía evaluar una situación en décimas de segundo y tomar la decisión correcta antes de que cualquiera terminara de procesar el problema.

Él llevaba días sin bañarse. Rebecca cargaba con su enfermedad, con huesos débiles y unos pulmones que ya se esforzaban suficiente por sí solos.

En la guerra, Lyall había visto a soldados morir por infecciones en cortes menores debido a la suciedad acumulada.

Ella era mil veces más frágil que cualquier recluta que hubiera conocido, y él cargaba con el polvo de las jornadas al sol, la tierra seca pegada en la piel y el sudor del trabajo.

No iba a arriesgarse a enfermarla si unía su cuerpo sucio al de ella.

No era una posibilidad que estuviera dispuesto a correr, menos con el temor constante de acelerar su muerte rondándole la cabeza como ya le había dicho el doctor Walter para atormentarlo.

Por eso se apartó con cuidado, poniéndose de rodillas sobre el colchón.

Rebecca abrió los ojos, sorprendida por la interrupción.

Lyall la sostuvo con la mirada y habló con su habitual voz ronca y pausada:

—Iré… a lavar… me.

Rebecca parpadeó. Lo observó un segundo sin comprender bien la situación, hasta que lo vio levantarse de la cama y caminar con paso firme hacia el baño.

Dentro del baño, la lámpara ardía con su luz tranquila.

Lyall fue al lavabo. Abrió el grifo despacio para no hacer ruido y esperó a que el agua corriera.

Se lavó los pies primero, apoyándolos en el borde de la bañera uno por uno, frotando entre los dedos y por las plantas con el jabón de lavanda de Rebecca.

Luego las manos, con la misma atención, hasta que la espuma se llevó la tierra del jardín y del techo y de la columna de piedra por la que había trepado, se lavó los brazos, debajo de los brazos, su abdomen.

Y por último, con agua que cayó justa y fría, se lavó sus partes íntimas lo mejor que pudo.

También se enjuagó la boca. No tenía con qué, pero el agua bastó para hacer lo que podía.

Cerró el grifo y el agua sucia se escuchó. Se quedó mirando el espejo un instante sin verse en su totalidad, porque la luz de la lámpara estaba detrás de él y solo le devolvía su silueta en la oscuridad del cristal.

Pensó que los pies sucios ensuciarían las sábanas. Las manos también. Las sábanas limpias que él mismo había puesto la semana pasaba. Si quedaban manchas de tierra, alguien las notaría por la mañana. Anna lo notaría. Anna siempre se daba cuenta de todo.

No podía dejar rastros.

Así que se lavó también por eso.

Salió del baño.

Rebecca estaba sentada en la cama, apoyada en las almohadas, con las sábanas hasta la cintura.

Cuando él entró, lo miró de arriba abajo con esa atención que ya no intentaba disimular, recorriendo el cuerpo de Lyall en la penumbra: el pecho amplio, el abdomen marcado, el pene todavía erecto entre sus piernas, estaba mojado. Luego lo miró a los ojos.

Y suspiró.

No fue un suspiro de impaciencia. Fue el aire que se le escapaba a una mujer que acababa de recibir un gesto que no esperaba.

—Me sorprende que hayas pensado en eso, Lyall —dijo con voz suave—. Pero está bien.

Ella guardó silencio por un instante, con la vista fija en el pene erecto de su lobo, el mismo que ya deseaba sentir dentro de su vagina.

—¿Qué te lavaste? Bueno, veo que prácticamente te diste un baño rápido —añadió arqueando una ceja.

Una parte de ella, esa que anhelaba entregarse a él con la crudeza de su estado anterior, se quedó un tanto decepcionada.

Rebecca no medía las consecuencias que aquello podría acarrear; al fin y al cabo, ella siempre vivía el presente, y en su ahora deseaba fundir el sudor acumulado de su lobo con el suyo.

No le importaba; ya se lavarían después, pero él no se lo había permitido.

—Para la próxima, te lavarás solo cuando yo te lo diga…

Lyall exhaló un suspiro y asintió con la cabeza; al final del día, las órdenes eran órdenes.

—Bueno —murmuró ella—. Ahora sí.

Rebecca lo miró desde la cama, con las mejillas ya encendidas y el pecho subiendo y bajando con anticipación.

La luz tenue de la lámpara del baño dibujaba sombras suaves sobre su piel pálida y delicada, resaltando la curva suave de sus pechos pequeños, el vientre plano y la línea frágil de sus caderas.

Sus piernas, débiles por la enfermedad que la obligaba a usar la silla de ruedas, se abrían con una confianza total solo para él.

Lyall se acercó de nuevo, con su cuerpo fornido brillando apenas por las gotas de agua que aún le corrían por los hombros anchos y el pecho marcado.

Se colocó encima de ella con una delicadeza casi reverente, apoyando todo su peso en los antebrazos para no aplastarla ni un segundo, repitiendo el cuidado con el que siempre se posaba sobre ella.

Su pene, grueso, venoso y completamente firme, palpitaba contra el muslo de la joven, caliente y pesado.

Con una de sus manos callosas tomó su propia virilidad desde la base, apretándola un poco para contener la urgencia.

La otra mano bajó con suavidad hasta los muslos de Rebecca y los separó, abriéndole las piernas lo justo para acomodarse entre ellas.

Ella sintió el roce de esos dedos fuertes y un temblor de excitación la recorrió por completo.

—Lyall… —susurró ella, casi sin aliento.

Él no respondió con palabras. Solo inclinó la cabeza y comenzó a devorarle el cuello con besos lentos, húmedos, deseosos por sentirla.

Rozaba la piel con los labios y la lengua, succionando con suavidad mientras respiraba su aroma a lavanda y a pura excitación.

Él sabía muy bien que no podía dejar marcas; nadie en la mansión debía enterarse de sus encuentros nocturnos.

Pero el olor de ella, el calor de su piel y el latido acelerado de su pulso bajo la boca lo volvían loco de todas formas, pero hacía lo posible por no excederse.

Durante ese tiempo, la punta gruesa y bulbosa de su pene presionó contra la entrada de la vagina de ella.

Rebecca entrecerró los ojos de placer al sentirlo: esa presión caliente, insistente, que prometía llenarla toda.

Lyall empujó muy despacio, centímetro a centímetro, abriéndola con una paciencia brutal.

Su pene era enorme. Ella siempre lo sentía como la primera vez: la cabeza ancha estirando sus labios internos, separando sus paredes suaves y húmedas que se apretaban alrededor de él como un guante caliente que ya estaba resbaladizo de su néctar.

—Ah… Dios… —jadeó ella, arqueando apenas la espalda lo máximo que podía.

Rebecca sentía cada vena del pene de su lobo rozando sus paredes internas, cada pulso de él latiendo dentro de ella mientras entraba.

La sensación era abrumadora: una mezcla perfecta de presión deliciosa, calor ardiente y esa plenitud profunda que le quitaba el aliento.

Sus músculos internos se contraían de manera instintiva alrededor de la invasión, succionándolo más adentro, y un gemido largo, algo entrecortado escapó de su garganta.

—Ahh…

Lyall gruñó bajito contra su cuello, conteniéndose.

Su lado salvaje, el lobo que llevaba dentro, rugía por embestirla fuerte, por tomarla como el animal que todos le decían que era.

Pero él lo retenía. Con cada fibra de su cuerpo musculoso luchaba por ir lento, por ser cuidadoso.

Rebecca era frágil, tan delicada bajo él, y él la amaba más que a su propia vida.

Así que siguió entrando con una lentitud agonizante y deliciosa, sintiendo cómo la vagina caliente y empapada de su amada lo envolvía centímetro a centímetro, apretándolo, palpitando alrededor de su grosor.

El placer era tan intenso que le temblaban los brazos.