La misión de la madrugada
Dentro del almacén, Lyall se encontraba sentado en el suelo con la espalda contra la piedra fría y el reloj de bolsillo de Rebecca abierto en la palma.
La lámpara de aceite que Berto le había entregado ardía en el rincón, formando un círculo de luz amarilla que apenas alcanzaba a iluminar sus manos y el libro de jardinería, que esta vez permanecía cerrado a su lado.
No había abierto sus páginas esta noche; no tenía cabeza para girasoles ni para nada que no fuera la misión que iniciaría en pocas horas.
Él solo permanecía mirando el reloj.
Para su mala suerte, la aguja pequeña avanzaba con una lentitud irritante.
Llevaba semanas sin experimentar nada parecido a la impaciencia.
En la guerra, esperar era parte del protocolo; uno aguardaba en posición y en silencio, sin que el cuerpo pidiera que las cosas ocurrieran más rápido.
El tiempo en el campo de batalla era neutro e indiferente, una herramienta táctica más.
Incluso en sus días en la granja, el tiempo después del conflicto había dejado de existir de forma consciente: sabía que debía dejar de trabajar al anochecer y levantarse aún a oscuras para iniciar la jornada. Pero ahora, aquello era distinto.
Esta noche, el tiempo le molestaba.
Nueve y cuarenta. Diez y diez. Diez y cuarenta y cinco.
El jardín afuera estaba en silencio. De vez en cuando llegaba el sonido de algún grillo o el crujido leve de los árboles cuando la brisa cambiaba de dirección.
Lyall lo registraba todo sin prestarle atención real, manteniendo ese modo de escucha que nunca se apagaba en él, incluso cuando no había nada que vigilar.
Once y veinte.
Cerró el reloj con un clic suave y lo apretó en el puño. Se quedó mirando el techo de piedra del almacén. Pensó en Rebecca esperando en su cama. Pensó en el balcón abierto, en la brisa que había entrado esa tarde oliendo a rosas y a hierba mojada. Pensó en la misión.
Cuando volvió a abrir el reloj, eran las doce y cincuenta. Al fin el tiempo volaba; por eso, sin esperar más, se puso de pie.
Primero las botas. Se las quitó sin apuro, una después de la otra, y las dejó junto a las cobijas de Berto.
Sus pies descalzos tocaron la piedra fría del almacén y él sintió ese alivio de siempre, el mismo que sentía cada vez que se liberaba de ese cuero que debía usar para verse civilizado como el resto.
Las botas eran una concesión que había aprendido a tolerar porque la mansión lo exigía, pero no eran su estado natural.
Luego vino el chaleco.
Lo desabrochó con movimientos rápidos y lo dobló sobre la caja de herramientas.
Era demasiada ropa para moverse como necesitaba moverse esta noche.
En la guerra, cuando había una infiltración nocturna, la consigna era siempre la misma: lo mínimo indispensable.
Menos tela, menos ruido, más libertad de movimiento.
Se quedó con la camisa puesta porque sin ella el frío de la madrugada podría ser un problema menor, pero el chaleco y las botas no tenían ninguna utilidad táctica en una misión de escala y sigilo.
Sacó el reloj una última vez.
La aguja pequeña estaba en el uno.
Guardó el reloj en el bolsillo del pantalón, y sin esperar un segundo más, salió del almacén.
El jardín de noche era otro mundo. Lyall se detuvo en el umbral, dejando que el aire nocturno lo envolviera. Olfateó: tierra húmeda, flores, el rastro tenue de un querosén ya apagado y el humo viejo del establo. Al fondo, el aroma de los caballos.
Nadie a la vista.
Comenzó a caminar. Sus pies descalzos, expertos en no dejar rastro, se movían con una precisión muda.
En la guerra, este silencio había sido su mayor aliado entre campamentos enemigos; aquí, simplemente era su forma de existir.
Esta noche no acechaba a ningún enemigo, solo buscaba a su Rebecca. La mejor misión de su vida.
Rodeó la mansión manteniéndose en la sombra de los árboles.
Al llegar al ala norte, se detuvo y miró hacia arriba.
El tercer piso era un depósito polvoriento, lleno de cajas y muebles olvidados; al subir hasta allí, la estructura misma de la casa lo ocultaría de cualquier mirada indiscreta que pudiera asomarse desde las ventanas de los pisos inferiores.
La columna de piedra, con sus molduras horizontales, era todo lo que necesitaba.
Lyall apoyó las manos, impulsó el cuerpo y comenzó a ascender.
Fue un movimiento fluido, casi sin esfuerzo.
Sus dedos encontraban el agarre antes de necesitarlo, y sus pies se apoyaban con precisión.
En cuestión de segundos superó los tres pisos y se impulsó sobre el tejado.
Las tejas de pizarra, húmedas por el rocío, estaban frías bajo sus plantas. Lyall se irguió, evaluando el terreno con frialdad: era un punto estratégico perfecto, pero no estaba allí por la vista. Sacó su reloj: la una y cuarto. Tiempo de moverse.
Descifró la lógica del techo en diez pasos.
Usó el borde de las tejas para no resbalar y las canaletas como guía, manteniendo el equilibrio con los brazos extendidos.
El aroma dulce de los rosales actuó como una brújula; el balcón de Rebecca estaba justo debajo, a cuatro metros.
La ventana estaba cerrada, pero sin asegurar, tal como ella prometió.
Lyall se agachó al borde, calculó el ángulo y se dejó caer.
El salto fue una lección de control. Sus rodillas absorbieron el impacto y aterrizó en el balcón sin emitir un solo sonido. Los grillos siguieron cantando en el jardín, ignorantes de su presencia. Se quedó inmóvil un instante, escuchando.
La mansión dormía. Empujó la ventana con cuidado y entró.
La habitación estaba a oscuras.
No en su totalidad. La luna entraba por el ventanal en un ángulo oblicuo que dibujaba un rectángulo pálido sobre el suelo de madera, y esa luz era suficiente para él. Sus ojos de lobo no necesitaban más que eso.
Él vio a Rebecca allí mismo; su amada descansaba en la cama, completamente desnuda.
Tenía las sábanas recogidas hasta los pies y los brazos extendidos a los costados mientras contemplaba el techo.
En cuanto percibió el roce casi imperceptible de sus pasos sobre el suelo, ella giró la cabeza.
Sus ojos encontraron a Lyall en la penumbra y su expresión se suavizó al instante, reflejando el alivio auténtico de haber alcanzado, por fin, la espera que tanto había tardado.
—Cierra la ventana con seguro, mi lobo… —dijo la rubia en voz muy baja—. Y corre la cortina.
Lyall obedeció de inmediato. Cerró el ventanal con el mismo cuidado con el que lo había abierto, sin apresurarse, sin hacer ruido. Luego tomó la cortina gruesa y la deslizó hasta que el cuarto quedó sellado de la noche exterior.
La oscuridad fue casi total durante un segundo.
—Quítate la ropa… —ordenó Rebecca desde la cama.
Lyall la miró fijo a pesar de la penumbra, sus ojos lupinos se lo permitían.
Las palabras de su amada, tan bajas y directas le provocaron un vuelco en el pecho, una vibración intensa que no necesitaba nombre porque ya la conocía bien.
Sin decir nada, comenzó a desvestirse con sus movimientos eficientes de siempre: la camisa primero, desabrochando los botones de arriba hacia abajo hasta dejar caer la tela al suelo.
Luego el pantalón, del que se deshizo sin mucho afán. Al final, la ropa interior.
Quedó desnudo en la intimidad de la habitación. No sentía vergüenza; jamás la había experimentado, y mucho menos al estar al lado de ella. Solo estaba allí, expuesto, sintiendo el frío suave de la madrugada en la piel y una respiración acelerada que intentaba controlar.
—Lleva la lámpara al baño y enciéndela —pidió la rubia.
Él localizó la lámpara de aceite en la mesita de noche gracias al olor del pabilo seco.
La tomó con cuidado, encontró las cerillas en el cajón guiándose con los dedos y encendió la mecha.
La luz ámbar nació despacio, iluminando la silueta de Rebecca; Lyall le dedicó una sonrisa breve antes de cruzar la habitación hacia el baño, donde dejó la lámpara sobre el lavabo para luego regresar.
Al salir, la luz débil del baño se proyectaba hacia el dormitorio en un resplandor suave de un tono cálido, que apenas alcanzaba a iluminar el borde de la cama y las facciones de la joven.
Ella lo estaba mirando.
Tenía los ojos muy abiertos, fijos en él, con una expresión que Lyall ya aprendía a leer: era esa mezcla de deseo incontenible y una timidez que nunca terminaba de irse del todo, aunque llevasen semanas entregándose el uno al otro. Rebecca se relamió los labios despacio antes de hablar.
—Hazme el amor, así como estás, mi L… —murmuró—. Así, todo sucio y sudado; no me importa, quiero sentirte así.
Rebecca tosió un poco, intentando aclarar su garganta, y luego suspiró al añadir:
—La verdad es que tu olor me encanta. Me gusta mucho más de lo que debería admitir porque admitirlo es vergonzoso—confesó, sonrojada—. Ven, Lyall. Hazme tu mujer como ya estás acostumbrado a hacer —pidió, extendiendo los brazos hacia él.
Lyall se acercó a la cama en dos pasos. Rebecca siguió con sus brazos abiertos y él se acomodó encima de ella con la delicadeza de siempre, sosteniendo su propio peso sobre los antebrazos para no lastimarla.
Su pene ya estaba erecto; llevaba minutos así, desde el instante en que cruzó el ventanal y la descubrió desnuda esperándolo.
Ahora, con el cuerpo de Rebecca bajo el suyo, el calor de su piel y ese aroma de ella que lo enloquecía resultaba imposible contenerse.
La besó. Fue un beso hambriento y directo que Rebecca recibió cerrando los brazos alrededor de su cuello. Sus cuerpos se acoplaron con la familiaridad construida a lo largo de semanas de noches compartidas.
—Mía —murmuró Lyall contra su boca—. Eres mía…
—Sí —respondió ella—. Soy tuya. Mi cuerpo te pertenece…