El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El reloj de la sargento #2
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El reloj de la sargento #2

—Sus se- semillas son comes…tibles y ri-cas en, en ace-ite. Se cul-tivan de-desde tiempos an-tiguos en los ca-cam-pos del… del norte…

Le costaba más. Sin el dedo como guía, la línea tendía a perderse y tenía que volver al inicio de la frase más de una vez. Pero lo intentó de nuevo. Y otra vez. Hasta que el ritmo empezó a funcionar solo. Berto dobló una esquina del periódico y sonrió sin levantar la vista.

—¿Ves? Lo puedes hacer.

Lyall alzó la mirada. Berto seguía con los ojos en el texto, pero la sonrisa era real, sin rastro de ironía, la clase de gesto que aparece cuando algo sale bien y uno se alegra, aunque no sea un asunto propio.

Lyall sonrió también. Miró al anciano y luego un poquito más y después regresó su atención al texto con ese rastro de alegría en el rostro.

El jardinero Berto era extraño, pero su compañía no resultaba desagradable; se sentía tranquilo a su lado y ahora había aprendido algo nuevo.

La puerta de la casita se abrió sin llamar. Anna asomó la cabeza con el delantal puesto y el ceño levemente fruncido.

—Ven. Ya es hora de que lleves a la señorita a su habitación.

Lyall cerró el libro con cuidado. Se puso en pie y miró a Berto. El anciano bajó el periódico y lo observó con esa pausa suya que no era lentitud sino costumbre de no apresurarse.

—Hasta mañana, Lyall. Supongo que después de esto nos veremos mañana; ya me voy a dormir. Te dejaré el libro en el almacén para que sigas leyendo.

Lyall asintió con la cabeza. Sin más, siguió a Anna hacia la mansión.

Rebecca lo esperaba en el recibidor, sentada en su silla de ruedas junto a la chimenea apagada. Cuando lo vio entrar, levantó la vista y le sonrió, y él le devolvió la sonrisa sin poder evitarlo.

Subieron como era la rutina en ellos. Lyall la cargó por las escaleras con la silla en la mano libre, y Rebecca apoyó la mejilla en su hombro durante el trayecto con ese peso suave que él ya conocía de memoria y que nunca dejaba de sentirse bien.

Cuando llegaron a la habitación, él la depositó en la cama con cuidado. Anna esperó en el umbral el tiempo necesario para asegurarse de que todo estuviera en orden.

—Me iré señorita Rebecca, que pase buenas noches —dijo Anna y luego cerró la puerta desde afuera.

Lyall escuchó los pasos de la ama de llaves detenerse a un par de metros del umbral.

Rebecca lo supo por la expresión de su lobo antes de preguntar.

—¿Anna está ahí afuera?

Lyall asintió.

—Afuera —confirmó L.

Rebecca se mordió el labio, conteniendo algo que no era risa en su totalidad, pero se le parecía. Extendió los brazos hacia él y Lyall se arrodilló frente a la cama, quedando a su altura. Ella lo rodeó con los brazos, apoyando la frente contra la suya durante un instante antes de hablar.

—Ven a la una de la madrugada —susurró—. ¿Sabes leer un reloj?

Él negó con la cabeza.

Rebecca soltó un pequeño suspiro resignado y miró hacia el otro extremo de la habitación.

—En esa gaveta de allá, en la primera, saca un reloj de bolsillo que hay ahí.

Lyall se levantó y cruzó la habitación. Abrió la gaveta indicada.

Dentro, entre un pañuelo doblado y una cinta de terciopelo, junto con otras cosas, estaba el reloj: plateado, pequeño, con la tapa grabada con un motivo floral que el tiempo había desgastado en los bordes. Lo tomó y lo sostuvo en la palma.

Regresó a la cama. Se arrodilló de nuevo frente a Rebecca y le extendió el reloj. Ella lo abrió con un clic suave y lo giró para que él pudiera verlo.

—La aguja pequeña marca las horas —dijo Rebecca, señalando con la uña—.

La grande marca los minutos. No te explicaré todo a detalle porque no tenemos tiempo; debí haber hecho esto más temprano.

Es mi culpa —suspiró—. Por eso solo te diré lo necesario: cuando la aguja pequeña esté en el número uno, debes apurarte y venir.

Tienes treinta minutos. La aguja grande deberá estar en el número seis; esa es la hora tope en que te esperaré.

Debes subir por el balcón antes de la una y media de la madrugada.

Lyall miró el reloj. Las agujas marcaban el ocho y el cinco: las ocho y veinticinco de la noche.

Lo procesó con la frialdad metódica de siempre. Inicio de la misión: cuando la aguja pequeña llegue al uno. Hora tope: antes de que la aguja grande pase del seis. Margen disponible: treinta minutos. El objetivo era claro, el terreno lo conocía, la ruta estaba verificada desde esa tarde.

Con el rostro serio y los ojos fijos en el reloj, asintió con la cabeza.

Rebecca lo observó. Lyall con cara de estratega militar analizando una operación de alto riesgo, sosteniendo un reloj de bolsillo floreado en sus manos enormes, era una imagen que le causó una ternura tan grande que no pudo contenerse.

Se acercó, le alzó el rostro con ambas manos y le besó los labios.

—No me voy a bañar esta noche —murmuró contra su boca—, para que tú lo hagas conmigo. Yo te asearé también…

Lyall la miró. La entendió a la perfección. Guardó el reloj en el bolsillo de su pantalón, se levantó y sin más se dirigió a la puerta.

Como era de esperarse, Anna estaba ahí.

Lo miró de pies a cabeza con la expresión de quien lleva años ejerciendo la autoridad moral sobre personas que no le pertenecen.

—Decidí que ya no cenarás —anunció—. Solo comerás el desayuno. Y lo poco que comes durante el almuerzo después de que la señorita termina. No te mereces la cena.

Lyall no respondió.

No porque no tuviera nada que decir que era la mayor parte del tiempo.

Sino porque lo único que ocupaba su mente en ese momento era la misión.

La misión que tendría todas las noches a partir de ahora.

La ruta por el balcón, la ventana sin seguro, la oscuridad de la madrugada como aliada.

La hora exacta. El margen de treinta minutos.

«Llegaré antes, es bastante sencillo», pensó.

Su mano bajó despacio al bolsillo del pantalón. Los dedos encontraron el reloj y lo apretaron con fuerza, sintiendo el metal frío y el grabado floral bajo las yemas.

Y con eso, siguió a Anna por el corredor sin decir una sola palabra como siempre.