El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El reloj de la sargento
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El reloj de la sargento

La tarde casi terminaba de caer sobre la mansión Bethel. Lyall empujaba la silla de Rebecca por el corredor principal cuando ella levantó una mano, indicando un cambio de dirección.

—L, mejor llévame con Anna —pidió ella.

Él giró la silla de ruedas sin cuestionar.

Su olfato trabajaba por cuenta propia, rastreando el rastro del ama de llaves por los pasillos con una facilidad que para él era natural; nunca había conocido otra forma de percibir el mundo.

El aroma de Anna era inconfundible: una mezcla de lejía, almidón y ese jabón de soda que se le quedaba impregnado en la piel tras las largas jornadas de trabajo.

El rastro los alejó del ala principal hacia el fondo de la planta baja, donde los pasillos se estrechaban y el mármol desaparecía para dar paso a las baldosas gruesas del área de servicio, mucho más sencillas que el resto de la propiedad.

Al final del camino, llegaron a la lavandería.

Era una habitación amplia de techos altos con vigas oscuras, equipada con una tina de cobre para el remojo y tablas de lavar apoyadas contra los muros.

En los rincones se apilaban cestos de mimbre, y varias cuerdas tensadas sostenían sábanas que todavía no terminaban de secarse.

El lugar olía a vapor, a jabón y a esa humedad limpia de la ropa recién lavada.

Anna estaba allí, sentada en una silla de madera con las piernas cruzadas sobre la mesa de trabajo.

Sostenía una botella de vino tinto a medio terminar y tenía la falda recogida lo suficiente para dejar ver las medias gruesas que vestía siempre, sin importar la estación del año.

Frente a ella, una joven sirvienta de apellido Perales reía con la boca llena mientras compartían pedazos de pan de ajo.

Ambas conversaban con la soltura propia de quienes logran olvidar, por un breve instante, su posición en la mansión como servicio.

Lyall se detuvo justo en el umbral.

Cuando Anna vio la silla de ruedas y a Rebecca en ella, el vino se le fue por el camino viejo.

Se atragantó de una manera bastante aparatosa, llevándose el puño a la boca para contener la tos mientras la botella golpeaba la mesa con un ruido sordo.

Bajó las piernas a toda prisa, peleando con la falda descolocada hasta que logró acomodarla de un tirón brusco.

Por su parte, la joven Perales desapareció hacia el fondo de la estancia con una velocidad sospechosa, fingiendo de pronto una urgencia extrema por revisar las sábanas que ya estaban colgadas a la perfección.

—¡Señorita! —exclamó Anna, poniéndose de pie y alisando su delantal más de lo normal—. ¿Qué hace aquí? Es la primera vez que baja a este sector. ¿Cómo nos encontró?

Rebecca la observó con una calma que, en sí misma, resultaba punzante.

—Lyall puede rastrearte, Anna. Es un lobo, ¿lo olvidaste? —declaró ella arqueando una ceja, como si hubiera dicho algo obvio.

El ama de llaves hizo una mueca y miró de reojo al exsoldado, que permanecía detrás de la silla con su habitual expresión neutra.

—Te estaba buscando —continuó la joven rubia—. Necesito que vayamos a la habitación de Lyall. Busca ropa limpia, jabón y todo lo necesario para su aseo. Fuimos por nuestra cuenta, pero la puerta estaba cerrada con llave.

Rebecca hizo una breve pausa y giró apenas la cabeza hacia él. No hacía falta que nadie mirara en esa dirección para entender el punto.

—Como puedes ver, mi sirviente lleva días sin bañarse.

Anna volvió a observar a Lyall y tuvo que admitir que la joven tenía razón. El cabello oscuro del exsoldado se veía apelmazado contra su nuca, sus mangas estaban marcadas por la tierra y el aroma a una jornada bajo el sol resultaba evidente para cualquiera que estuviera cerca.

—Entiendo el castigo que recibió —continuó Rebecca, con esa firmeza que empleaba para dar por zanjado un asunto—, pero ¿acaso eso incluye privarlo de los derechos básicos?

¿Del derecho a un aseo digno? Mi padre ordenó que me escolte mañana a la ciudad real para comprar un vestido para la reunión en el palacio, y mi sirviente no puede presentarse pareciendo un mozo de cuadra que huele a sudor, caballo y tierra.

Anna guardó silencio, mirando su botella de vino con el evidente deseo de que aquel encuentro nunca hubiera ocurrido. Sin argumentos para rebatir, aceptó con resignación y se dispuso a guiarlos, notando de reojo que su compañera ya se había esfumado del lugar.

El trayecto hacia el área de las habitaciones de la servidumbre fue corto.

Anna caminaba a paso rápido, intentando recobrar la compostura que el vino le había arrebatado; ella solía permitirse esas copas para “aliviarse” en sus horas libres, asumiendo que nadie la interrumpiría hasta la cena.

Mientras tanto, Lyall empujaba la silla de ruedas por los pasillos estrechos del ala de sirvientes hasta llegar a la habitación del fondo que fue la que él uso desde el primer día que llegó a la mansión.

Anna abrió la puerta con su manojo de llaves y permitió el paso.

—Deja la puerta abierta —instruyó Rebecca al entrar, tras una breve tos—. Lyall vendrá a bañarse antes de atenderme. No dormirá aquí, pero usará este cuarto para su higiene; son órdenes de mi padre que me acompañe fuera de la mansión y es lógico que lo haga debidamente aseado.

Anna asintió con rigidez, aceptando una realidad que no podía cuestionar. Sin embargo, cuando Rebecca le pidió que se retirara y le indicó a Lyall que buscara sus cosas, el ama de llaves intervino.

—Pero milady, si la puerta se queda abierta, él solo debe venir por la mañana, bañarse y el asunto queda resuelto. ¿A dónde llevaría la ropa ahora?

Rebecca se acomodó en su silla y carraspeó, admitiendo que la mujer tenía un punto válido.

En realidad, por su mente solo pasaba el deseo de que Lyall se bañara con ella esa misma noche, una vez que lograra entrar por el balcón recién abierto.

Por eso había pensado que él debía llevarse su ropa limpia de una vez, pero al darse cuenta de que ese plan no debía ser evidente, se relamió los labios resecos y regresó a su actuación de desinterés. Con la barbilla en alto, añadió:

—Es cierto, no tomé en cuenta ese detalle. Lyall, aséate mañana temprano; puedes pasar una noche más así. Vámonos, sácame de aquí.

Salieron de la habitación y Anna cerró la puerta a sus espaldas sin echar la llave. Aunque le pareció extraño que no se bañara de una vez, pensó que, al fin y al cabo, el lobo dormiría de nuevo en el almacén y poco importaba si lo hacía sucio una vez más.

—¿Así que mañana comprará ropa nueva, señorita? —preguntó Anna cuando estaban en el pasillo principal.

—Sí —respondió Rebecca con naturalidad—. Quiero al menos tres vestidos nuevos; deseo estar a la moda de las jóvenes de sociedad.

Al mirarla, Anna notó un brillo especial en los ojos color miel de la muchacha. Era esa chispa de energía que su enfermedad había apagado y que, al fin, parecía estar regresando.

—Me alegra mucho que quiera despejar su mente, mi señorita —concluyó Anna con total sinceridad.

La noche llegó con su habitual silencio sobre la mansión Bethel.

En ese momento, Lyall no estaba en el almacén.

Berto le había pedido que esperara en su casita mientras llegaba la hora de la cena, cuando debía ir a atender a la señorita Rebecca como la noche anterior.

Era una pequeña concesión del anciano que no requería permiso de nadie, porque nadie había especificado que el exsoldado debía estar encerrado como un prisionero antes de dormir.

Lyall estaba sentado en la silla de siempre, frente a la mesa, con el libro de jardinería abierto bajo la luz de la lámpara de aceite que Berto le había dado.

El jardinero le había preparado una bebida caliente para que la tomara poco a poco mientras leía, pero Lyall se la bebió en tres largos sorbos en cuanto la taza tocó la madera.

Berto solo suspiró y lo dejó pasar. Al otro lado de la mesa, el anciano sostenía el periódico con ambas manos, con sus lentes de lectura apoyados en la punta de la nariz y una taza de té humeante a su derecha.

Leía con la concentración lenta propia de quienes ya no tienen prisa porque la jornada laboral ha concluido.

Lyall pasó una página con cuidado. Encontró el apartado de los girasoles; le gustaba aquel capítulo porque era el que más recordaba del campo de batalla y porque ahora tenía nombre para las flores amarillas.

Comenzó a leer en voz alta, con la voz ronca y pausada que arrastraba cada sílaba como si las palabras tuvieran peso propio:

—El gi… ra-sol… es una planta de tallo largo y ro… bus-to... que puede al-can-zar… los dos metros de al-tu-ra. Su flor… si-gue la di-rec-ción del sol… du-ran-te el día… por eso re-ci-be su nom-bre…

Señalaba cada palabra con su tosco dedo índice mientras leía, siguiendo las líneas con una concentración absoluta. Berto bajó el periódico apenas y miró por encima de los cristales.

—¿Ya viste esto? —dijo, doblando el papel para mostrar la primera plana—. Dice aquí que el rey Caín pronto se casará.

Lyall levantó la vista del libro.

—¿Sabes quién es el rey Caín?

Lyall, aún con el dedo señalando el punto donde se había quedado, negó con la cabeza.

—Ese es el rey que nos gobierna —comentó Berto, apoyando el periódico sobre la mesa mientras tomaba su taza—. Pero en realidad todos sabemos que quien manda de verdad es su madre.

Soltó una carcajada corta y sincera antes de dar un sorbo al té. Luego volvió a su lectura con el mismo gesto de siempre, sacudiendo la cabeza apenas. Lyall lo vio reír. Bajó la vista al libro y siguió leyendo en voz baja, con el dedo siguiendo el renglón.

—Sus se-mi-llas son… co-mes-ti-bles y…

—Lyall.

Sus ojos azules se posaron en Berto una vez más.

—Aprende a leer sin señalar las palabras —dijo el anciano, con un tono de instrucción directa—. Hazlo solo siguiendo las líneas con la vista. Así te será más fácil en el futuro.

Lyall lo miró un segundo. Luego bajó la mirada y retiró el dedo del papel con lentitud. Comenzó de nuevo: