El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El balcón y la nueva misión #3
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El balcón y la nueva misión #3

Para Berto, solo sacar los postes viejos habría sido el trabajo de un día entero con las herramientas adecuadas.

Lyall los arrancó del suelo con las manos, uno por uno, sin mayor ceremonia.

Los nuevos los clavó golpeando directamente con la palma, calibrando la fuerza con la misma precisión que usaba para todo lo demás.

Berto lo observó sin decir nada durante un buen rato, sosteniendo en la mano el mazo que se había traído del cobertizo y que al final no hizo falta.

—Eres tan eficiente para este tipo de trabajos; sería espléndido si fueras mi ayudante todo el tiempo. Pero sé que no puedes… —admitió Berto con honestidad.

El sudor había empapado la camisa de Lyall. El sol de las dos de la tarde caía directo y el trabajo era físico; incluso para él, arrancar una raíz tras otra durante horas tenía su peso. Cuando el sirviente llegó a buscarlo, Lyall tenía tierra hasta los codos y el cabello pegado a las sienes.

—La señorita Rebecca pregunta por usted —dijo el sirviente, manteniendo una distancia prudente.

Lyall se limpió las manos en el trapo que Berto le había dado y siguió al sirviente hacia la mansión.

Rebecca lo esperaba en el recibidor, sentada en su silla de ruedas con el abrigo de lana sobre los hombros a pesar del calor, porque sus huesos no toleraban bien los cambios de temperatura y el interior de la mansión era más fresco que el jardín.

Cuando Lyall entró, ella lo miró de arriba abajo. La tierra en los brazos, la camisa empapada, el cabello revuelto.

—Lyall —dijo—, llévame a mi habitación.

Lyall sonrió apenas al escuchar eso. Tomó los agarres de la silla y la condujo hacia las escaleras. En el pie de la escalera, ella extendió los brazos con ese gesto ya tan natural entre los dos, y él la levantó contra su pecho, sosteniendo la silla con la mano libre mientras subía.

Rebecca apoyó la cabeza en su hombro durante el trayecto.

Cerró los ojos un momento, solo un momento, y sintió ese calor que emanaba de él después del trabajo al sol.

Olía a tierra y a sudor y a algo más, a él, ese aroma que su cuerpo ya reconocía sin necesitar pensarlo, y no le molestaba en lo absoluto, todo lo que se tratara de su lobo, le encantaba.

Para ese momento, la habitación estaba impecable.

Los sirvientes se habían encargado de los últimos detalles después de que Lyall y Thomas retiraran las tablas: habían barrido el polvo restante, fregado el suelo de madera, sacudido las cortinas, colocado la alfombra y limpiado el marco del ventanal.

Alguien, quizás Berto con sus indicaciones, había engrasado las bisagras.

La ventana del balcón estaba cerrada pero no sellada, y ya no chirriaba.

Rebecca lo notó al verla. Sonrió para sus adentros.

Lyall cerró la puerta de la habitación tras ellos sin soltar el manillar de la silla de ruedas. Caminó hacia el centro de la estancia y se detuvo junto al sofá; intentó ayudar a Rebecca a pasar a él, pero ella negó con la cabeza.

—No, mi lobo —dijo, sujetando las manos de Lyall sobre el respaldo—. Llévame al balcón.

Él asintió y, con un movimiento fluido, giró la silla hacia el ventanal. Se detuvo justo detrás de ella, permitiendo que el espacio se abriera ante sus ojos. Rebecca guardó silencio, mirando fijamente el jardín de rosas.

Desde el balcón, los rosales se extendían en una mancha irregular de tonos encendidos y pálidos. El aire que entraba por el ventanal traía su perfume mezclado con tierra húmeda y hierba. Rebecca respiró hondo. Luego giró la cabeza hacia su lobo.

—Ven aquí, mi Lyall.

Él se acercó. Se arrodilló frente a ella en el umbral del balcón, quedando a su altura, con el jardín de rosas a sus espaldas y la brisa moviendo el cabello negro que llevaba suelto.

Rebecca extendió la mano y lo acomodó. Apartó los mechones que le caían sobre la frente con sus dedos delgados y lentos, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Tu cabello ha crecido —murmuró—. Ya no lo traes amarrado como siempre.

Le pasó los dedos por los mechones negros, siguiendo la longitud que llegaba ahora.

—Y tu barba está más rasposa.

Le tocó la mandíbula. La palma de su mano rozó el vello corto que había crecido en los días sin que nadie lo afeitara, y Lyall cerró los ojos por un instante al sentir el contacto.

Los abrió despacio y la miró con esa expresión que no intentaba ocultar nada: la sonrisa pequeña, los ojos llenos de algo que ya no necesitaba aprender a reconocer porque lo conocía desde hacía semanas.

Rebecca sonrió también.

—Lyall —dijo—, ¿ves la distancia entre el balcón y el primer piso? Asómate.

Él se puso en pie. Se acercó al borde del balcón y miró hacia abajo. El jardín de rosas quedaba justo debajo. Calculó la distancia con la experiencia que tenía evaluando terrenos, alturas y ángulos en situaciones donde equivocarse tenía consecuencias definitivas.

Seis metros, aproximadamente.

No era nada.

Se volteó hacia Rebecca y regresó a su posición frente a ella, de cuclillas.

—Vi la distancia… sargento —dijo.

Rebecca sonrió más amplio porque lo escuchó hablar. Levantó la mano y le acarició la mejilla una vez, despacio.

—Lyall —comenzó, con una voz más baja, solo para los dos—, ¿puedes subir a mi balcón todas las noches?

Él la miró y entrecerró los ojos.

—Esa fue la razón por la que quise abrirlo —continuó ella—. No podemos estar juntos siempre. No podemos dormir juntos como antes. Pero si puedes entrar por el balcón mientras todos duermen… si podremos dormir juntos… y podrás besarme y hacerme tuya como lo hacías cada noche.

Le sostuvo el rostro con ambas manos mientras lo decía, con esa presión suave y firme que era solo de ella. Los ojos de Rebecca brillaban con algo que no era tristeza sino esperanza, la clase que no pide permiso, sino que solo aparece cuando encuentra la forma de seguir.

Lyall sintió algo expandirse en el pecho con tanta fuerza que tardó un segundo en poder responder.

Seis metros. Una ventana sin seguro. La oscuridad como aliada. Era una misión sencilla. Era la misión más sencilla que alguien le había dado en toda su vida y al mismo tiempo era la más importante que había recibido jamás.

Se acercó a ella. La besó, despacio, con la mano de Rebecca todavía en su mejilla. Cuando se separaron, dijo:

—Sí. Si puedo…

Y lo decía sabiendo muy bien lo que prometía.

Seis metros de piedra y ladrillo. La oscuridad de la madrugada.

El jardín de rosas abajo. Nada de eso era un obstáculo real para él.

Rebecca lo volvió a besar, más rápido esta vez, y cuando se apartó tenía la expresión de alguien que acaba de resolver un problema que llevaba días sin solución.

—Cuando todos duerman —susurró Rebecca—, entra a mi habitación por el balcón. Que nadie te vea.

Hizo una pausa.

—Esa será tu nueva misión. Cúmplela con éxito, sin ningún margen de error… porque si fallas, los dos estaremos en grandes problemas.

Lyall la miró. Escuchó cada palabra con la atención completa que reservaba para las órdenes que importaban. Y estas importaban más que cualquier otra que hubiera recibido en sus veinte años de vida.

—Cumpliré… la misión —dijo—. Con… éxito.

No había duda en su voz. No había vacilación en sus ojos. Había lo que siempre había cuando Rebecca le daba una orden que él comprendía hasta los huesos: la certeza absoluta de que así sería.

Por supuesto que lo haría. Todo, absolutamente todo, con tal de estar con su sargento, con su Rebecca.