El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El balcón y la nueva misión #2
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El balcón y la nueva misión #2

Aunque en la granja, cuando Wallace venía pasado de copas en las noches, las cosas no eran como en los libros que mostraban esas ilustraciones del padre abrazando al más pequeño.

Lyall lo recordaba con claridad porque ese tipo de cosas no se borraban, aunque uno lo intentara.

Las noches en que Wallace entraba al establo donde él dormía, oliendo a alcohol desde la puerta, echándole la culpa por los que no había podido salvar en la guerra, lanzándole cosas con esa convicción de que él las esquivaría, y diciéndole que no lo hiciera.

Que se quedara quieto. Que recibiera lo que él le lanzaba.

Y él se quedaba quieto. Porque las órdenes se obedecían. Y le dolía, y sangraba después.

Recordó una noche en particular. Tenía dieciocho años.

La esposa del sargento y los hijos se habían ido tres días a un funeral; algo de una tía de la que Lyall había escuchado mencionar una sola vez.

El sargento no quería ir, los oídos de Lyall captaron la discusión desde varios metros de distancia, con esa nitidez que tenía para los sonidos que los demás consideraban privados.

Wallace no soportaba los funerales. Así que la esposa cargó a los niños en la carreta y se marcharon, y el sargento y él se quedaron solos en la granja.

Esos tres días, Wallace estuvo de un humor que Lyall no tenía palabras para describir, aunque era el mismo humor de siempre, pero sin el freno que ponía la presencia de su familia.

Lo golpeaba por cualquier cosa que se le ocurriera: porque Lyall había mirado en una dirección equivocada, porque había tardado cinco minutos de más en terminar una tarea, porque respiraba…

Pero fue la última noche la que se quedó grabada.

Wallace entró al establo tarde, con esa forma de caminar torcida que tenía cuando el alcohol le había ganado a su lucidez.

Lyall estaba en su rincón de paja, listo para dormir.

El sargento comenzó a hablar, o más bien a soltar palabras sin orden, sobre la guerra, sobre los soldados que murieron, sobre las misiones que salieron mal, y en todas esas historias había un denominador común: por qué habían muerto ellos y no él.

Luego lanzó la botella.

Lyall vio venir el movimiento. Podría haberla esquivado en la mitad del tiempo que tardó el sargento en lanzarla. Pero Wallace había dicho, como siempre, que no lo hiciera. Y las órdenes se obedecían.

La botella le abrió la frente.

Había bastante sangre. Siempre había bastante sangre con las heridas de cabeza, eso lo sabía desde la guerra.

Luego vinieron los golpes con los puños, que fueron peores.

Lyall no se defendió. No levantó los brazos para protegerse.

Solo aguantó, porque aguantar era lo que hacía cuando recibía una orden que no entendía pero que obedecía.

Cuando regresó la esposa del sargento, miró las manos de Wallace, los nudillos marcados, y preguntó qué había pasado.

Un accidente en la granja dijo él.

Lyall estaba presente cuando ocurrió eso. No dijo nada. Por supuesto que no dijo nada. Los lobos soldados no hablaban.

En el fondo, en algún lugar muy enterrado que le costaba reconocer incluso ahora, Lyall no le gustaba cuando la esposa del sargento se iba. No porque la extrañara a ella, sino porque su ausencia dejaba un espacio que Wallace llenaba de la única forma que sabía cuándo no había nadie mirando.

La esposa se fue dos veces más después de eso. Las manos lastimadas del sargento siempre tenían una explicación nueva cuando ella regresaba.

Pero al final, el sargento Wallace estuvo ahí. La mitad de su vida. Y si el libro decía que eso era un padre, entonces lo era. Aunque los padres del libro no actuaran así. Aunque nada de lo que recordaba encajara bien con esa ilustración del hombre y el niño.

—El sargento Wallace —dijo Lyall, casi sin pensarlo, mirando el corredor frente a él—, fue… padre.

Thomas lo escuchó. No había ninguna ironía en la voz del lobo, ninguna amargura detectable. Lo dijo como un hecho normal. Thomas lo procesó con bastante sorpresa.

—Ah —dijo— ¡No sabía que tenías un papá! Qué interesante. ¿Y se transforma y todo?

Lyall negó con la cabeza.

—¿Lo extrañas? —continuó Thomas, con esa naturalidad que tenía para hacer preguntas que en boca de otro habrían resultado bastante invasivas—. Tengo entendido que ahora estás aquí a tiempo completo. Supongo que quisieras verlo, ¿no?

Lyall no respondió de inmediato.

Al principio, cuando llegó a la mansión Bethel, sí lo había extrañado.

O algo parecido a extrañarlo. El sargento Wallace era la única referencia que tenía de lo que significaba vivir en un sitio y era casi todo lo que conocía, aunque ese sitio fuera un establo con un montículo de paja y un cubo con agua.

La granja olía de una forma particular. Los caballos tenían nombres que él conocía sin que nadie se los dijera, él los sabía en su cabeza, se llamaban Xial y Gordon.

Eso era familiar, pero familiar y bueno no eran lo mismo, pero a veces el cuerpo no sabe distinguir.

Luego estaba la otra parte. La parte que también era familiar.

Si regresaba a ver al sargento Wallace, las palizas regresarían.

Eso no era una suposición; era el resultado lógico de toda la evidencia disponible.

Wallace lo golpearía en el rostro solo por aparecer, diciéndole que quién le dio permiso de volver.

Y aunque Lyall podía soportar el dolor físico, aunque su cuerpo lo reparaba con una eficiencia que a veces él mismo encontraba monótona, había algo en la idea que le resultaba imposible de ignorar: no quería que lo golpearan.

¿A quién podría gustarle? Al menos a él no.

Estaba aprendiendo que eso no era una norma universal.

Que no todos los lugares funcionaban así.

—No —dijo—. No quiero… verlo.

Thomas lo miró de reojo mientras empujaban la puerta trasera de la mansión hacia el exterior.

—¿Es decir, no quieres ver a tu papá otra vez ni lo extrañas?

Lyall suspiró.

—No… no quiero verlo.

Salieron de la mansión por la puerta trasera.

Bajo la luz directa del mediodía, Thomas achicó los ojos antes de caminar hacia el contenedor de desechos.

Observó a su compañero de reojo; Lyall cargaba casi todas las tablas en silencio y con expresión tranquila.

Thomas comprendió que, en realidad, era él quien mantenía la conversación mientras el lobo apenas aportaba unas palabras.

—Oye, de verdad eres raro. ¿Eres algo tonto?

Lyall lo miró.

—¡No te molestes conmigo! —se apresuró a decir Thomas, levantando una mano—. Lo digo porque eres… lento al hablar. Pareces algo tonto, pero no lo digo con mala intención.

Lyall recordó que Berto había usado palabras similares esa misma mañana. Al igual que antes, no sintió ofensa alguna; solo era una observación. Sabía que hablaba despacio y que sus frases solían quedar incompletas.

Por eso sonrió. Fue un gesto pequeño y sencillo, pero auténtico. Al verlo así, tan natural y sin defensas, Thomas también sonrió.

—¿Sabes decir malas palabras?

Lyall negó con la cabeza.

—¡Bueno! Yo te enseñaré varias. ¿Te gustaría aprender?

Aprender algo nuevo siempre era buena idea para Lyall, así que asintió.

—La primera es —Thomas se inclinó hacia él como si revelara un secreto importante—: jódete. Dila.

—Jódete… —repitió Lyall.

La palabra ya le era familiar. El sargento Wallace la usaba con frecuencia junto a otros términos que Lyall no comprendía entonces. Pero ahora tenían un nombre.

—¿Qué es…? —preguntó el lobo, señalando al aire —¿Qué significa?

—¿La palabra? —completó Thomas.

Lyall asintió mientras depositaban las tablas en la caja de madera.

El sonido de los golpes resonaba en el jardín tranquilo.

Thomas comenzó a explicar el significado con la seriedad de un maestro, gesticulando y describiendo las situaciones ideales para usarla.

Lyall escuchó con atención absoluta, archivando la información con la disciplina de siempre.

—También debes aprender la frase "vete a la mierda". Esa hay que decirla con sentimiento. A ver, intenta.

—Vete… a la mierda.

—¡Perfecto! Ahora te explicaré cuándo debes usarla —exclamó Thomas, emocionado.

La hora del almuerzo llegó sin que Lyall estuviera presente en el comedor.

Lord Adriel lo había decidido esa mañana, después de que la emoción de Rebecca al ver el balcón abierto le recordó que quizás había cedido demasiado terreno ese día.

La mesa se puso sin él. Rebecca comió poco, como siempre, aunque esa vez el motivo no era falta de apetito sino la molestia contenida de saber que su lobo estaba afuera mientras ella estaba adentro.

Adriel notó que su hija miraba hacia la ventana más de lo razonable durante la comida, pero no dijo nada.

Cuando los platos fueron retirados y Rebecca pidió que fueran a buscar a Lyall, uno de los sirvientes de la planta baja salió al jardín trasero.

El sirviente encontró a Lyall cerca del muro sur.

Berto le había pedido ayuda con un trabajo que llevaba semanas aplazando y ahora por casualidades de la vida debía hacer cuanto antes, se trataba de reemplazar los postes de madera que sostenían los rosales más antiguos del jardín de la señora Bethel.

Ahora que la señorita tendría vista a ese lugar, era necesario que estuviera perfecto.

Los rosales eran plantas viejas, con tallos gruesos que habían crecido mucho más de lo que los postes originales podían soportar.

Berto necesitaba sacar los postes viejos del suelo, que estaban enterrados muy profundo y cuyos años en la tierra los habían fundido con la raíz compacta del jardín, ahora debía clavar los nuevos sin dañar los tallos ni las raíces que crecían alrededor.