El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El balcón y la nueva misión
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El balcón y la nueva misión

Las tablas apiladas formaban un montículo irregular junto a la pared.

Lyall las recogía de dos en dos, sujetándolas con una facilidad que hacía que el gesto pareciera tan natural como recoger hojas del suelo.

Thomas, que estaba a su lado lo imitaba, aunque con menos éxito y de una manera más…

torpe: las tablas eran pesadas, llenas de astillas y polvo de años, y él tenía que hacer un esfuerzo real para cargar una sola mientras que Lyall las recogía como si fueran tablitas huecas sin nada de peso.

Al fondo de la habitación, Berto se había procurado una escoba de algún lugar y barría el polvo que el trabajo había levantado.

No era mucho; Lyall había trabajado con más precisión de lo que cualquiera hubiera esperado, pero el polvo acumulado en las juntas de las tablas había caído en pequeñas nubes sobre el suelo de madera.

El jardinero lo movía hacia los bordes con movimientos lentos y metódicos, sin mostrar mucha prisa.

Thomas recogió otra tabla. De reojo, sin girar la cabeza del todo, miró a Lyall.

Lo había estado mirando desde que sacó la espada del antebrazo.

No podía evitarlo. Era la clase de cosa que uno no se olvida en el primer minuto ni en el segundo ni quizás en varios días, y sin embargo Lyall lo había hecho con la misma naturalidad con que uno saca un cuchillo del cinturón, sin dramatismo, sin siquiera cambiar la expresión de la cara.

Thomas carraspeó, pues tenía que hablarle.

—Oye —dijo, intentando que la pregunta sonara casual, aunque llevaba rato dándole vueltas—: ¿y cuando sacas esas espadas… te duele?

Lyall lo miró. Tenía cuatro tablas bajo el brazo y sostenía una quinta con la otra mano.

Se quedó quieto un momento, procesando la pregunta con aquella pausa característica suya que Berto ya había aprendido a reconocer como parte de su forma de funcionar y no como indiferencia.

Aunque tenía pocos días conociendo al joven, el anciano se dio cuenta de que Lyall no era tan difícil de leer.

Sin embargo, Thomas no tenía idea de eso.

Por otra parte, el lobo seguía pensativo ante la pregunta de aquel muchacho.

Nadie le había preguntado eso antes. Ni el sargento Wallace, que lo vio hacerlo cientos de veces, ni los otros soldados del pelotón, que lo daban por sentado.

Ni nadie en la mansión, al menos no Rebecca ni Anna, que fueron las únicas que lo vieron sacar sus espadas en aquella ocasión.

Pero ahora ese joven le preguntaba aquello, así que él asintió con la cabeza. Una vez, y ya.

Thomas abrió los ojos.

—¿Sí? —repitió, como si necesitara confirmación—. O sea, ¿duele de verdad? ¿Cada vez?

Lyall no respondió con palabras. Solo volvió a asentir y luego continuó apilando las tablas. Thomas lo observó un segundo más antes de agacharse a recoger otra pieza de madera.

—Y en la guerra —continuó el joven sirviente, porque la curiosidad ya no tenía freno en él—, ¿mataste muchos enemigos con esa espada? ¿Y con las garras también?

Lyall lo miró de nuevo.

—Muchos —dijo el lobo, sin añadir nada más.

La palabra salió sola, sin énfasis ni peso extra. Era un hecho. Thomas la recibió así, como un hecho, y sin embargo le produjo un escalofrío que recorrió los nudillos con que sujetaba la tabla.

—Dios mío —murmuró Thomas.

Soltó el aire despacio. Luego, como si la gravedad de la respuesta necesitara aligerarse con algo, comenzó a reírse como si hubiera escuchado algo gracioso, aunque fue una risa nerviosa al principio y luego más real.

—Yo estaba muy pequeño cuando inició la guerra —comenzó a decir, aunque nadie le preguntó—. Por eso nunca me enlistaron. En el momento que terminó tenía doce años. Supongo que tuve suerte. No lo voy a negar.

Y siguió riendo, con esa risa de los que reconocen en voz alta que se salvaron por pura casualidad de nacimiento y encuentran en eso algo entre el alivio y lo absurdo.

Berto levantó la vista desde su escoba.

—Bueno, Thomas, ve a tirar esas tablas. Lyall, acompáñalo y lleva varias también. —Señaló el montículo con la cabeza—. Tú sabes dónde va este tipo de basura, ¿no es así?

—Sí, por supuesto que sé, señor Berto —respondió Thomas, recuperando la compostura—. Ven, Lyall. Vamos.

Cargaron las tablas entre los dos, aunque en realidad fue Lyall quien cargó la mayor parte sin que Thomas se lo pidiera. Salieron de la habitación hacia el pasillo y Thomas, que caminaba un paso adelante, giró la cabeza hacia él.

—Oye, sí que puedes hablar. Yo juraba que eras mudo. Es que Anna siempre lo decía, y tú tampoco ayudabas porque casi nunca hablabas. —El joven suspiró—. ¿Por qué no hablas siempre?

Lyall no respondió de inmediato. No porque la pregunta fuera difícil, sino porque la respuesta no cabía bien en pocas palabras y él no tenía muchas disponibles.

—La verdad es que yo sé muy poco de los de tu especie, por decirlo de alguna forma —continuó Thomas, sin esperar demasiado—. Quiero decir, he oído historias, como todo el mundo, pero no sé nada como tal. ¿Te puedes transformar por completo en lobo?

Lyall asintió mientras caminaban, pero luego Thomas se detuvo en seco en mitad del pasillo y lo miró de frente, con los ojos redondos.

—¿En serio? ¿En un lobo de verdad, con pelo y todo?

Lyall volvió a asentir.

—¿Y cómo haces con tu ropa? ¿Se transforma contigo?

Lyall negó con la cabeza.

Thomas entrecerró los ojos, pensando. Luego los abrió.

—Entonces tienes que quitártela antes.

Lyall volvió a asentir con la cabeza.

—Me quito… la ropa —confirmó—. Luego… transformación.

Thomas lo procesó durante dos segundos exactos.

—Entonces no es nada práctico, ¿no crees? —dijo, sintiendo que acababa de descubrir un problema logístico muy serio—. Es decir, andar desnudo por ahí en un campo de batalla. ¡Oye, qué complicado! Imagínate, en pleno combate tenías que desvestirte primero. ¿No te mataban mientras tanto?

Lyall pensó en eso. Era cierto que había sido complicado más de una vez. Asintió de manera leve, con algo que podría haber sido un amago de sonrisa.

—Por cierto, me llamo Thomas —dijo el muchacho, todavía detenidos en el medio del pasillo—. Supongo que ya nos presentamos antes y ya escuchaste al señor Berto decir mi nombre, pero esta vez quiero hacerlo de forma oficial. La primera vez me dejaste con la mano extendida, ¿te acuerdas?

Lyall solo lo quedó mirando, esperando que él se moviera para seguir caminando.

—En fin, es interesante —prosiguió Thomas, retomando el paso rumbo a las escaleras—, jamás pensé que podría hablar contigo.

Bajaron el primer tramo de escaleras. Thomas lo miró de reojo.

—Oye, eres muy fuerte. ¡Moviste ese aparador tú solo y con una sola mano! ¿Cuántos años tienes?

—Veinte —respondió Lyall.

Thomas lo miró. Luego lo miró de arriba abajo. Luego volvió a mirarlo una vez más.

—¿Qué? ¿Veinte? —repitió—. ¡Pero te ves mayor! Eres muy alto para tener solo veinte. Además, eres enorme. Yo tengo un primo de tu edad y se parece a mí, y yo tengo diecisiete.

Señaló su propia figura con un gesto que reconocía sin disimulo que era considerablemente más delgado y más bajo.

—Supongo que como no eres humano…

Se detuvo y luego contrajo los labios.

—¡Quiero decir! No estoy diciendo que seas un monstruo ni nada por el estilo. ¡No lo tomes mal, Lyall!

Miró al lobo de reojo mientras terminaban de bajar las escaleras. Lyall tenía el rostro tranquilo, sin ningún signo de ofensa. Thomas exhaló, pero aún no se confiaba.

—¿Estás molesto porque dije que no eras humano? ¡Es que no quiero decir que seas un bicho raro ni nada por el estilo!, es solo que…

Lyall lo vio. No comprendía del todo por qué Thomas se había alterado tanto por algo que era solo la simple verdad.

Él no era humano, al menos no como lo era Thomas.

No había manera de negar eso, y a él nunca se le había ocurrido que hubiera razón para hacerlo. Era lo que era. Siempre lo había sido.

Así que dijo lo que más le habían dicho a lo largo de su vida, lo que él había aprendido a usar como definición cuando alguien preguntaba qué era:

—Soy un perro —dijo—. Objeto, soldado.

Thomas lo miró con el ceño fruncido. Entrecerró los ojos despacio.

—¿Un perro? —repitió—. Soldado, supongo que exsoldado, pero ¿un perro o un objeto? No, no eres nada de eso.

Hizo una pausa breve.

—¿Quién te dijo eso de que eras un perro o un objeto?

—El sargento Wallace —respondió Lyall. Y luego añadió, casi sin inflexión—. Y otros.

Al decir "otros", su mente fue directa, sin que él lo buscara: la esposa del sargento, con su tono de siempre. El comandante Adriel en los primeros días. Los soldados del pelotón. El doctor Walter. Anna, al principio. La lista era larga y no tenía un final muy claro.

Thomas lo miraba mientras caminaban por el corredor hacia la salida.

—¿Quién es el sargento Wallace?

Lyall exhaló despacio.

Él quería aprender a hablar. Eso lo había decidido desde que quería hacer feliz a Rebecca. Pero querer hacerlo y disfrutarlo eran cosas distintas, y en este momento la segunda no ocurría, no lo disfrutaba. Sin embargo, se puso a pensar con sinceridad. ¿Quién era el sargento Wallace?

Era el sargento. Eso era lo más inmediato. Pero había algo más debajo de esa etiqueta, algo que Lyall llevaba días sin examinar porque examinar ciertas cosas era como meter la mano en una herida que ya había cerrado solo para ver si todavía dolía.

El sargento Wallace estuvo con él desde que era un niño. Desde los diez años, cuando lo sacaron del Proyecto Nimrod y lo pusieron bajo su mando. Cinco años de guerra juntos. Cinco años en la granja. Diez años en total. Eso era la mitad de su vida.

En el libro de lectura inicial que Rebecca le había dado, en las primeras páginas, había una ilustración.

Un hombre y un niño. La palabra debajo: padre junto con la letra P.

En pocas palabras, si lo pensaba con esa lógica, el sargento Wallace era lo más cercano que tuvo a eso.

Era un hombre mayor, y estuvo con él la mitad de su vida. Eso era un padre ¿no?