Las herramientas y el jardín de rosas #3
Sin esperar, se remangó la manga izquierda hasta la altura de su abultado bíceps.
Con naturalidad absoluta, sacó una de sus espadas de hueso.
Surgió del antebrazo con aquel sonido húmedo y blando que no se parece a nada conocido.
La hoja emergió lenta bajo la piel, blanquecina, con un matiz de sangre de Lyall al ser hueso convertido en un arma funcional.
De la herida brotó un hilo carmesí que le recorrió todo el brazo hasta la muñeca.
Thomas retrocedió dos pasos de un salto al ver aquello. Berto no se movió, pero se quedó inmóvil, con los brazos pegados al cuerpo y una expresión de asombro y horror que no terminaba de definirse.
Lyall no les prestó atención. Se enfocó en su misión, se colocó frente a la pared y comenzó a trabajar.
Recordó lo que había en el otro lado: el ventanal, el balcón, el jardín de Rebecca.
Su objetivo no era hacer un desastre sino abrir paso sin destrozar lo que no hacía falta.
Usó la hoja con cuidado, trazando el perímetro por las juntas donde la masilla y la caseína mantenían las tablas pegadas.
Los golpes eran precisos, cortos. No hundía su filosa espada, sino que la deslizaba, buscando las grietas que el tiempo había ido abriendo.
En ningún momento Berto o Thomas dijeron nada.
Ellos dos solo se quedaron observando en silencio. Veían cómo la sangre goteaba de la herida del antebrazo y caía sobre el suelo en puntos pequeños. Y luego veían cómo el goteo se hacía más lento. Al poco tiempo, el goteo apenas y ocurría hasta que se detuvo.
La herida se había cerrado.
Thomas abrió la boca y la cerró, sorprendido viendo el brazo de donde salió la herida. Berto apretó los labios.
Cuando Lyall terminó de rodear el perímetro completo del ventanal, retiró la espada. La metió de vuelta por la misma herida en el antebrazo con un movimiento firme. Berto y Thomas arrugaron la cara al mismo tiempo, como si el gesto les doliera a ellos y no a él.
Lyall no parpadeó.
Luego, se miró las manos. Las cerró despacio y sus uñas se curvaron, oscurecieron y se alargaron hasta convertirse en garras. Solo los dedos, nada más; el resto del cuerpo permaneció igual. Las uñas eran largas, curvas y oscuras, del tipo que no deja duda sobre para qué fueron hechas.
Se volvió hacia la pared.
Y comenzó a arrancar.
Las tablas habían estado ahí cinco años, fijadas con cola fuerte y masilla endurecida por el tiempo.
Cualquier hombre con las herramientas adecuadas habría tardado una hora larga.
Las garras de Lyall las separaban como si fueran capas de papel viejo que han estado pegadas demasiado tiempo al mismo sitio.
Las arrancaba por las juntas que él mismo había abierto, levantaba cada tabla con un tirón controlado y la dejaba a un lado, apilada.
La pared fue cediendo poco a poco.
Primero apareció el marco de la ventana, ennegrecido por el tiempo pero aún intacto. Luego, el vidrio, opaco por el polvo y la suciedad acumulada. Por último, al retirar el último tablón, el pestillo quedó al descubierto. Él no se detuvo hasta arrancar la última tabla.
Lyall convirtió los dedos de vuelta en manos normales. Tomó el pestillo. Estaba oxidado, duro, pero no imposible. Lo giró con fuerza y cedió con un crujido agudo.
Empujó la ventana.
Las bisagras chirriaron con aquel sonido particular de las cosas que llevan años sin moverse, resistiéndose un momento antes de ceder. El ventanal se abrió hacia afuera.
La brisa entró de golpe.
Olía a flores. Era un aroma dulce y denso, con notas de tierra húmeda por debajo.
El jardín de rosas se extendía al otro lado del balcón, con rosales en distintos estados de floración; algunos tenían los pétalos todavía apretados y otros estaban abiertos, en tonos que iban del blanco al carmesí.
Berto cuidaba esa área del jardín como cualquier otro de los rosales, a pesar de que parecía que ya a nadie le importaban.
Lyall permaneció en el umbral. Pensó que a Rebecca le gustaría aquello; no era una deducción complicada, pues la conocía bien.
Le gustaría la brisa, el olor y ver esas flores desde su cama por las mañanas, ya que él notó que la cama de ella estaba justo frente al balcón.
Aquel pensamiento le pareció suficiente para sentir que había hecho bien el trabajo.
Detrás de él, Berto y Thomas seguían sin hablar.
El jardinero miraba el montón de tablas apiladas junto a la pared, las herramientas del cajón que no habían tocado y la figura del lobo parado en el umbral del balcón con la brisa moviéndole el cabello, había hecho todo en una media hora aproximadamente.
Thomas miraba los puntos de sangre en el suelo, ya secos, y la ventana abierta que revelaba un jardín que al menos en esa familia nadie les prestó atención en varios años.
«Esos fueron los que pelearon en la guerra», pensó Thomas.
«Uno de esos está aquí», pensó Berto.
Y los dos se quedaron quietos, entre el asombro y algo que no terminaba de ser miedo pero que tampoco era otra cosa, mientras la brisa del jardín de rosas seguía entrando y llenaba la habitación de un olor que llevaba demasiado tiempo encerrado.