Las herramientas y el jardín de rosas #2
—Súbeme a la habitación. Quiero verte trabajar —declaró, dispuesta a dejar las cartas.
Lyall caminó hacia ella, pero Adriel frunció el ceño sin apartar la vista del mazo.
—Tú, ve a hacer lo del balcón —ordenó Adriel mirando a Lyall. Luego desvió la atención hacia su hija—: No vas a estar ahí, Rebecca. Levantarán polvo y eso te hace daño.
Berto se apresuró a añadir, con la cabeza algo inclinada y el tono de un sirviente que no deseaba contradecir a nadie, pero tampoco callar:
—Su padre tiene razón, milady. Mejor quédese aquí. Lyall, ven, subamos.
Rebecca consideró protestar, pero suspiró con resignación.
—Sí, Lyall, ve... —dijo la muchacha encogiéndose de hombros—. Está bien. Hagan un buen trabajo.
Lo dijo con una calma que no era derrota, sino cálculo.
Luego bajó los ojos hacia las cartas. Lyall la miró por un momento más y se marchó con los otros.
Mientras los tres subían las escaleras —Lyall, Berto y Thomas—, Rebecca siguió a Lyall con la mirada hasta que él dobló el recodo del pasillo y desapareció de su vista.
Adriel no perdió detalle de cómo su hija no le quitaba la vista de encima al exsoldado. El padre suspiró. Dejó sus cartas boca abajo sobre la mesa y se recostó en el sillón con la pesadez de un hombre que ha postergado una conversación incómoda demasiado tiempo.
—Hija, ¿puedo hacerte una pregunta?
—Sí. Adelante —aceptó ella, dándole toda su atención.
Adriel eligió las palabras despacio, como quien pisa un terreno desconocido.
—Ese muchacho… ¿te lastimó de alguna forma? —Adriel suspiró—. Sabes a lo que me refiero… ¿Te forzó o algo parecido? Solo dímelo y yo me encargaré del resto.
Rebecca lo miró directo a los ojos.
—Lyall jamás me ha lastimado y nunca lo hará, padre —confesó con una claridad que no dejaba espacio a dudas—.
Para él soy su todo. Él me ama. Y yo lo amo como jamás pensé que amaría a otro hombre.
Lyall no me tiene lástima. No me mira como si estuviera desahuciada ni me trata como lo hacía el capitán Ritwall, que era falso y solo quería usarme para que su brillo fuera mayor.
Rebecca no alzó la voz; no había necesidad.
Mientras tanto, su padre la miró fijo, con esa expresión de súplica tranquila que aparece cuando se dice una verdad guardada mucho tiempo.
Adriel estudió los ojos de su hija, esos ojos color miel que habían heredado todo de su madre: la forma, el fondo y esa capacidad de decir lo que sentían sin adornos.
No era la mirada de un capricho pasajero; sus palabras nacían del corazón, y eso lo perturbó más que cualquier otra cosa ocurrida en los últimos días.
Apretó las manos sobre el regazo.
—Hija —murmuró—, ¿por qué no te enamoraste de un hombre de tu clase? ¿Por qué tuvo que ser él? Él no es un humano normal… mira lo que te hizo. Ahora podrías estar esperando un hijo suyo...
Rebecca sonrió. Fue una sonrisa pequeña, con algo de melancolía y mucho de certeza.
—Supongo que el amor no se escoge, padre. Solo llega.
Adriel no respondió. Tomó su mazo de cartas y lo barajó despacio, mirando sus propias manos. En eso su hija tenía razón.
Arriba, en la habitación de Rebecca, Thomas abrió todas las ventanas de par en par en cuanto entraron, siguiendo las instrucciones de Berto. La luz de la tarde inundó el espacio y el aire movió las cortinas.
Berto cruzó la habitación hasta detenerse frente a un mueble grande de madera oscura; un aparador antiguo de tres cuerpos que ocupaba casi toda la pared del fondo. Se trataba de un mueble pesado, con tallas en los laterales y patas torneadas que se hundían en el suelo de madera.
—Es en ese mueble —dijo el jardinero, señalándolo—. Detrás está el ventanal. Cuando sellamos el balcón, movimos el aparador para tapar la pared. A simple vista parece un muro normal. Se suponía que se quedaría así para siempre, pero no fue así.
Thomas se acercó a mirar. Berto tenía razón: si uno no sabía que había un ventanal detrás, jamás lo hubiera adivinado.
—Ven, Thomas, ayúdame a rodarlo. Lyall, ponte de este lado; este mueble es pesado y nos tomará unos minutos —dijo Berto, preparándose para el esfuerzo físico—. Pero antes, ayúdame a quitar la alfombra para que no se ensucie al trabajar.
Thomas asintió y se remangó la camisa de su uniforme para ayudar a Berto con la alfombra.
—Lyall, deja la caja de herramientas por ahí y ven a ayudarnos —indicó Thomas mientras movían la alfombra junto al anciano.
Lyall se quedó observando a aquel muchacho y al jardinero con el cajón de herramientas en las manos.
Luego miró el mueble. No le parecía pesado y, en el fondo, no comprendía por qué ellos dos estaban con él si la misión debía ser suya.
Por eso, antes de que Berto y Thomas terminaran con la alfombra, Lyall se acercó al aparador y lo empujó con una sola mano, mientras con la otra sostenía la caja.
El mueble se deslizó como si fuera de cartón.
No hubo un crujido dramático ni esfuerzo visible. Solo se escuchó el sonido grave de las patas arrastrando el suelo mientras el aparador se alejaba de la pared en un movimiento limpio, hasta quedar desplazado más de dos metros hacia la izquierda.
Berto y Thomas se quedaron con la boca abierta. El muchacho, tragando saliva, se acercó al aparador y puso ambas manos en un lateral dispuesto a empujar con todas sus fuerzas, pero al notar que no lograba moverlo ni un centímetro, se sonrojó de vergüenza y regresó a su sitio en silencio.
Lyall se acercó a la pared, aún con la caja de herramientas, y comenzó a recorrer la superficie con la palma de su mano libre.
A simple vista era yeso y pintura vieja, pero él percibía el hueco detrás: un espacio vacío que la mampostería no podía ocultar.
Tras inspeccionar lo suficiente, miró la caja de herramientas y luego volvió a mirar la pared.
Llegó a una conclusión y dejó la caja en el suelo; nada de lo que había allí le serviría de mucho.