El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) Las herramientas y el jardín de rosas
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Las herramientas y el jardín de rosas

Lyall encontró a Berto arrodillado entre unas flores que él no sabía todavía que se llamaban tulipanes, en el jardín sur de la mansión.

El anciano trabajaba con la concentración absoluta que dan los años y la costumbre.

Tenía el sombrero de paja calado hasta las cejas y los dedos hundidos en la tierra oscura, justo en la base de un conjunto espeso de flores que bordeaba el sendero izquierdo.

Aflojaba el suelo con cuidado para abrir espacio a las raíces sin llegar a arrancarlas.

Lyall se detuvo a un par de metros detrás él, viéndolo trabajar, aunque en realidad su mente estaba en otro lugar.

Él ahora quería hablar. Tenía una orden de su sargento: pedirle herramientas al anciano.

Era una tarea simple, la clase de tarea que cualquier sirviente resolvería en treinta segundos.

Sin embargo, el lobo se quedó parado con los brazos a los costados, mirando la nuca inclinada de Berto mientras su mente trabajaba despacio.

No podía evitarlo, el gesto de Tiger le seguía dando vueltas en la cabeza.

Todavía recordaba la palma del tigre cubriéndole la boca con los dos dedos horizontales frente a los labios.

Esa… la señal más antigua del Proyecto Nimrod: silencio.

No la necesitaba en la actualidad, ya lo sabía, pero verla de nuevo le había devuelto algo que llevaba semanas ignorando.

Durante la guerra, el silencio absoluto era la norma: no había nada que decir y nadie esperaba escucharlo.

En la granja del sargento Wallace ocurría lo mismo.

Lyall se levantaba antes del amanecer para atender a los caballos y cambiarles el agua.

Recogía los huevos de las gallinas para dejarlos en la cesta, a la entrada de la casa de su superior; apilaba el heno, reparaba los desperfectos y limpiaba cualquier rastro de suciedad, entre otras tareas que, de enumerarlas, le tomarían demasiado tiempo.

Aquella rutina extensa lo dejaba siempre exhausto y sudoroso, pero no requería una sola palabra.

Al final, el sargento ni siquiera le daba órdenes; Lyall sabía qué debía hacerse y él nada más lo ejecutaba.

Para cumplir con sus tareas no se necesitaba hablar. En realidad, nunca lo había necesitado.

Pero ahora, en esta nueva etapa, a su amada Rebecca le gustaba escucharlo.

Verlo hablar le provocaba una sonrisa y ella deseaba que él se comunicara más.

Lo que Rebecca pedía estaba por encima de cualquier otra prioridad, incluso por encima de la incomodidad de abrir la boca o de los años marcados por la costumbre y el entrenamiento.

«Debo obedecer, eso la hará feliz y es lo único que puedo hacer», pensó. «Sus deseos son lo más importante para mí ahora».

Justo entonces, mientras Lyall se debatía entre la crianza recibida y el amor por Rebecca —que le impulsaba a cambiar todo lo que conocía—, Berto se detuvo.

El anciano giró la cabeza despacio, con esa intuición de los que llevan décadas trabajando solos y han desarrollado el oído para detectar presencias sin verlas.

Se quitó el sombrero de paja, se apoyó en el mango de la azada y se puso en pie con cuidado, resoplando apenas por el esfuerzo de sus rodillas viejas.

—Ah, muchacho —dijo al verlo mientras sujetaba con fuerza el sombrero en una de sus manos—. ¿Qué haces ahí parado? ¿Ocurrió algo?

Lyall asintió con la cabeza.

—Necesito… herramientas.

Señaló la azada que Berto sostenía. Luego se giró hacia la mansión, observándola un segundo antes de volver su atención al anciano.

—Necesito… destrozar… una ventana.

Lyall guardó silencio un momento. Cerró los ojos y se concentró, como si buscara reunir las piezas de un rompecabezas que se le escapaba entre los dedos. Al abrirlos, añadió:

—Necesito… ayuda. Las herramientas… la ventana de la habitación… de la sargento. Necesita ser… destruida. El jardín de rosas… está al frente… la ventana.

Soltó el aire despacio al terminar. Había logrado articular una frase mucho más larga que de costumbre. Aunque no reflejaba con exactitud todo lo que estaba en su cabeza, era un avance real. Al comprender eso, sintió una mezcla de extrañeza y satisfacción.

«Hablé más… estoy mejorando. Rebecca se pondrá feliz», pensó con una sonrisa mientras miraba el suelo. Solo entonces notó que mantenía los puños apretados; aquel esfuerzo por comunicarse le había tensado todo el cuerpo.

Por su parte, Berto lo observaba con el sombrero apretado entre los dedos.

—¿Vas a destrozar una ventana de la mansión? —preguntó incrédulo.

Lyall asintió.

—El balcón de… mi sargento —explicó—. Jardín de rosas. La puerta está sellada.

Berto abrió los ojos de par en par. Entonces la explicación encajó: se refería al balcón de la habitación de lady Rebecca, aquel que daba al jardín de rosas de su difunta madre y que llevaba años clausurado.

—¿Quieres abrir la ventana del balcón de lady Rebecca? ¿El que da al jardín de rosas?

Lyall asintió, aliviado al notar que el anciano comprendía sus intenciones.

—Sí. Destrozar… abrir.

Berto no pudo evitar soltar una carcajada.

—Pues dudo mucho que te hayan dado órdenes de destrozarla —admitió el jardinero aún entre risas—. Pero ven, sígueme. Te daré lo necesario para que puedas abrirla.

Berto caminó hacia el cobertizo de herramientas que estaba pegado al muro sur con Lyall detrás de él.

Allí, entre azadas, palas y rollos de cuerda, empezó a seleccionar con la experiencia de haber sellado esa misma ventana años atrás: le dio un serrucho de dientes finos, un martillo de cabeza pesada, una palanca estrecha para hacer palanca en las juntas, un formón y un cubo con trapos viejos para el polvo.

Lo fue depositando todo en un cajón de madera que le tendió al joven que estaba detrás de él.

—Las tablas las fijaron con caseína y masilla —explicó mientras se remangaba la camisa—. Habrá que trabajar en las juntas antes de intentar arrancar nada. Además, la bisagra de la ventana lleva años sin moverse; necesitará aceite para que vuelva a funcionar.

Sacó un frasco pequeño de aceite para bisagras del estante y lo añadió al cajón de herramientas.

—Ahí tienes, es todo lo necesario —dijo mientras observaba a Lyall dar media vuelta para dirigirse a la habitación de su sargento.

Sin embargo, al ver que el joven se marchaba solo, Berto frunció los labios al imaginar que podría causar un desastre sin supervisión.

—¡Espera! —exclamó el anciano.

Lyall se detuvo y se giró para mirarlo.

—Mejor te acompaño —declaró, caminando hacia él—. Quiero ver cómo lo haces. Yo mismo ayudé a sellar esa ventana en su momento, así que conozco bien dónde está el problema.

Tomó su sombrero, se lo puso de nuevo y señaló el camino hacia la entrada de servicio.

La entrada de servicio daba directo a la cocina, donde se encontraba Thomas.

El muchacho, encargado de limpiar la biblioteca y el salón de música, era tres años más joven que Lyall.

En ese momento tenía el aspecto de quien ha terminado sus tareas y no encuentra en qué ocupar el tiempo; estaba sentado en el banco de madera con una manzana en la mano, con la mirada perdida en el techo.

Berto se detuvo al verlo.

—Thomas, ¿no tienes nada que hacer?

El joven desvió la vista hacia el jardinero.

—La verdad es que no, ya terminé mis oficios.

—Bueno, acompáñanos. No vendría mal otra mano para ayudar a este muchacho y a mí...

Berto se interrumpió a mitad de la frase mientras observaba al lobo que sostenía el cajón de herramientas.

Le resultaba extraño no saber cómo llamarlo; no podía decirle "muchacho" siempre.

Sabía que Rebecca lo llamaba "L", pues estuvo presente cuando la señorita lo presentó así la primera vez.

Sin embargo, aquello le sonaba a una abreviatura extraña y él no acostumbraba a llamar a las personas por fragmentos.

—Muchacho —dijo, dirigiéndose a Lyall—, ahora que sé que puedes hablar, ¿podrías decirme cuál es tu nombre?

Por un instante, el instinto fue más rápido que el pensamiento. La mano de Lyall subió hacia su nuca para apartar el cabello y mostrar el código tatuado, tal como había hecho toda su vida cuando alguien preguntaba por su identidad. Pero se detuvo a mitad del gesto y bajó la mano.

—Lyall —respondió—. Mi nombre… es Lyall.

Berto alzó las cejas, sorprendido.

—Ah. Entonces la "L" era por Lyall.

El exsoldado asintió.

—Bien. —Berto regresó su atención al muchachito del banco—. Thomas, acompáñanos a la habitación de lady Rebecca. Lyall va a abrir la ventana del balcón; ¿recuerdas que la clausuraron hace años? Tú acababas de entrar a trabajar en la mansión. Eras apenas un niñito.

Thomas se quedó pensativo un momento.

—¡Ah! Sí, lo recuerdo.

—Ayúdanos. Yo también iré, pues sé que es un trabajo difícil. Sellaron esa ventana para no abrirla más; me parece extraño que hayan pedido eso ahora, pero, en fin, las órdenes son órdenes.

Thomas le dio un mordisco a la manzana y se encogió de hombros.

—Está bien, iré con ustedes. No es parte de mi trabajo, pero no tengo nada mejor que hacer.

Se puso de pie y tiró el resto de la manzana al cubo de basura. Lyall observó el gesto con incredulidad al ver que la fruta no estaba terminada, él jamás la hubiera lanzado, pero no dijo nada. Berto le sujetó el hombro para indicarle que caminaran y él solo obedeció callado como siempre.

Los tres cruzaron el pasillo hacia las escaleras.

Al pasar por el recibidor, Lyall notó que la puerta estaba abierta.

Adentro, Rebecca y su padre, el comandante Adriel, jugaban a las cartas sobre la mesa baja.

Las fichas de marfil, utilizadas para marcar los puntos de la partida, hacían un sonido suave cada vez que alguien las movía.

El comandante mostraba la concentración propia de quienes se toman los juegos con la misma seriedad que los asuntos militares.

Sin embargo, cuando la rubia vio a su lobo, levantó la vista.

—¡Lyall, espera!

Él se detuvo al instante y se giró a verla. Se veía tan bonita como siempre, tanto que no pudo evitar sonreír.