La gran idea de rebecca #2
Y en eso, mientras explicaba, la tos apareció sin aviso, reclamando el aire que la emoción le había arrebatado. Se cubrió la boca con el pañuelo y esperó a que el ataque cediera antes de doblarlo con cuidado.
Adriel no respondió de inmediato. Observó el jardín a través de la ventana como si buscara una respuesta en el paisaje y luego exhaló.
Su hija estaba de un humor excelente; no la veía así desde hacía tiempo.
Tras dos días sumida en la tristeza, esa energía le devolvía un color distinto a su carita pálida, le daba una vitalidad que no procedía de los medicamentos.
Adriel sabía que podía oponerse, pero también entendía que Rebecca encontraría la forma de salirse con la suya y que la discusión sería más perjudicial para su salud que el consentimiento.
—Sí —cedió—. Mañana ve con tu sirviente por ese vestido. Si asistes al palacio, debes lucir a la altura de la hija de un lord. Eres la cara de la casa Bethel y mi princesa. No te preocupes por el costo.
Rebecca resplandeció.
—¡Lyall! —exclamó con ojos brillantes—. Llévame a mi silla, por favor.
Él se movió al instante. La levantó del sofá y la depositó en la silla de ruedas con la delicadeza habitual.
Luego la situó frente a Adriel y retrocedió un paso, permitiéndose una sonrisa al ver la felicidad de su amada.
Ante su padre, Rebecca extendió los brazos.
Adriel se inclinó para recibirla en un abrazo firme y algo cauteloso, de esos que dan los padres que conocen la fragilidad de sus hijos, pero se niegan a demostrarlo.
Una pequeña sonrisa asomó en su rostro, casi a su pesar.
—No creas que he olvidado tus travesuras —murmuró Adriel, como si el embarazo fuera apenas un desliz juvenil; verla tan alegre le hacía ignorar, por un momento, la gravedad de la situación.
—Sé que no, papá —respondió ella contra su hombro.
Al separarse, Lyall los observaba desde su posición.
Su sargento sonreía y sus mejillas tenían un color que no era de fiebre, sino de pura alegría.
El plan del palacio la había rescatado del lugar oscuro donde estuvo las dos últimas noches.
Rebecca asistiría a esa audiencia que tanto la ilusionaba, a un palacio que Lyall no sospechaba que era el lugar donde nació.
Para él, lo único importante era que esta vez ella no iría con Dante Ritwall.
Iría con él, en una misión de protección.
Estaría a su lado, cuidándola, en lugar de verla alejarse desde el jardín en el carruaje de otro hombre.
Sin embargo, el hilo de sus pensamientos se cortó.
Al lado del lord Adriel, el doctor Walter permanecía sentado con su taza de té y esa expresión hermética que Lyall conocía de sobra.
Era el mismo gesto que ponía el sargento Wallace cuando una misión se torcía; cuando el terreno no era el esperado y tocaba empezar a calcular los daños.
Lyall lo había visto demasiadas veces como para no reconocerlo al instante.
¿Qué tenía de malo ir al palacio real?
No encontraba la respuesta. Pero el rostro del médico le advertía que algo andaba mal, a pesar de que Rebecca había dado razones aceptables para demostrar que el viaje no suponía ningún inconveniente.
—Por cierto, padre —dijo Rebecca, rompiendo el trance de Lyall—, estaba pensando que es momento de abrir el balcón de mi habitación. Quiero que entre aire. El verano está por terminar y extraño la brisa de otoño.
Adriel arqueó las cejas, extrañado.
—¿Quieres abrir ese ventanal? Pero si lo sellaste porque daba directo al jardín de…
Se detuvo en seco. Las palabras murieron en su garganta cuando su hija lo sostuvo con la mirada. El silencio que siguió fue algo pesado, lleno con un nombre que ninguno se atrevió a pronunciar.
—Sí —respondió ella con una calma imperturbable—. El jardín de rosas de mamá sigue ahí. Quiero volver a ver el paisaje; ya no me duele como antes.
Adriel se quedó inmóvil un segundo.
—La ventana está bloqueada. Tomará tiempo habilitarla de nuevo.
—Nada que Lyall no pueda solucionar —replicó Rebecca sin dudar—. Hasta Anna dice que él es muy eficiente. Los trabajos que hace cuando yo no estoy quedan excelentes, este no será la excepción —Se giró hacia su lobo—. Lyall, ¿has abierto ventanas selladas antes?
Al ver que se dirigía a él, Lyall asumió que "abrir ventanas" era un eufemismo para decir derribarlas. Había destrozado bastantes durante la guerra, así que asintió con firmeza. Rebecca, ignorando que la interpretación de su sirviente era mucho más violenta que la suya, sonrió satisfecha.
—Ve con el señor Berto y pídele las herramientas necesarias. Él sabrá qué darte. No busques a Anna… y no tardes mucho.
Lyall hizo una breve inclinación y salió del recibidor.
Rebecca volvió a centrarse en su padre. Acercó su silla hacia él y le dedicó una sonrisa dulce.
—Mientras tanto, ¿qué te parece si jugamos a eso que tanto te gusta?
—¿A las cartas?
—¡Sí! Hace una eternidad que no jugamos.
Adriel la observó. Su hija tenía los ojos encendidos con esa mezcla de inocencia y astucia que él llevaba dieciocho años intentando descifrar, y que seguía siendo imposible de ignorar.
—Está bien —cedió al fin con un suspiro, aunque no parecía realmente molesto—. Walter, ¿nos acompañas?
El doctor forzó una sonrisa y se puso en pie.
—Lo lamento, milord, pero debo retirarme a mi habitación. Tengo que preparar los detalles de mi viaje. Mi colega vive a las afueras de Sabaoth y necesito organizar la investigación sobre el embarazo de su hija.
Rebecca contrajo los labios y Adriel asintió.
—Como desee, doctor.
Walter se despidió con un gesto seco y abandonó la sala. El eco de sus pasos se perdió por el corredor hasta que el silencio lo devoró todo. Su mirada se había ensombrecido al salir; en cambio, Rebecca sonreía para sus adentros.
La verdad era que su petición ocultaba un motivo mucho más profundo que haber superado el luto por el jardín de su madre.
La idea había nacido de la mentira que le soltó a Lara esa mañana: esa cuartada improvisada sobre un balcón estropeado para justificar el aspecto descuidado de Lyall frente a Tiger.
Si él abría la ventana durante el día, también podría hacerlo por la noche.
Y si la dejaba abierta, con las luces apagadas y su padre descansando, su lobo podría entrar por ahí mientras el doctor y Anna dormían en sus respectivas habitaciones.
No era una locura. Lyall era capaz de hazañas que ningún hombre común soñaría; ella había visto cómo se movía cuando creía que nadie lo observaba.
Trepar hasta un balcón no era un obstáculo para alguien que se transformaba en bestia y llevaba veinte años sobreviviendo a horrores peores.
Rebecca observó a su padre barajar el mazo con lentitud. Mientras esperaba su mano, su mente ya estaba en otra parte, saboreando la idea de que su lobo dormiría con ella esa noche, y todas las que estaban por venir una vez más.