El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) La gran idea de rebecca
32%

La gran idea de rebecca

La despedida de Lara resultó tal como Rebecca esperaba: ruidosa, efusiva y llena de esa vitalidad que ella misma no podía imitar, pero que disfrutaba observar en su amiga.

Lara le apretó las manos una última vez en el umbral de la mansión, desbordando una energía que parecía no tener fin.

Rebecca a veces se preguntaba si todas las jóvenes sanas de la sociedad compartían ese ímpetu o si se trataba únicamente del carácter de Lara, pero por supuesto eso era algo que ella jamás preguntaría en voz alta.

—¡Va a ser perfecto! —exclamó Lara por tercera vez desde que Rebecca aceptó la invitación en el cuarto de música—. ¡El palacio real, Becca! ¡Las dos juntas en el palacio real!

—Sí, sí —respondió Rebecca con una risa leve—. Ya lo sé. Ahora regresa a casa antes de que cambies de opinión y me invites a algo peor.

—¡Claro que no! —soltó Lara entre carcajadas mientras se dirigía al carruaje que esperaba en el camino de entrada.

Tiger la siguió con sus pasos silenciosos de siempre.

La ayudó a subir al vehículo con la eficiencia que Rebecca ya reconocía en los soldados de su clase.

En cuanto la portezuela se cerró, Lara asomó la cabeza por la ventanilla y agitó la mano con entusiasmo antes de que los caballos se pusieran en marcha.

Rebecca la observó alejarse con una pequeña sonrisa.

Durante la despedida, Lord Adriel permaneció a su lado con las manos entrelazadas tras la espalda.

Había salido a saludar a lady Lara con la cortesía debida, aunque era claro que su mente seguía ocupada en asuntos más pesados.

Mientras tanto, Lyall se mantenía tras la silla de Rebecca, sujetando los empujadores.

Su silencio no era la quietud natural que solía llenar el espacio sin incomodar; era distinto.

Diecinueve años de reglas grabadas en el cuerpo no se borraban por un beso ni por semanas de noches compartidas haciendo el amor con su amada.

El gesto de Tiger en el corredor cubriéndole la boca y haciendo la señal de silencio le había devuelto la realidad de un golpe.

Aquella señal no necesitaba palabras para recordarle quién era y cuál era su función.

Así que Lyall solo estaba allí. Sujetando la silla. Esperando.

Cuando el carruaje desapareció de vista, Adriel se volvió hacia el interior de la mansión sin pronunciar palabra. Rebecca levantó una mano.

—Lyall, llévame al recibidor.

El lobo obedeció de inmediato.

En ese instante, el recibidor estaba bañado por la luz de media tarde que entraba oblicua, dorando el mármol del suelo y los marcos de los cuadros.

Lyall acomodó a Rebecca en uno de los sofás tapizados con la delicadeza que usaba solo con ella, cuidando el ángulo para que las rodillas de su sargento descansaran en la posición más cómoda posible.

Luego colocó la silla a un lado y se situó cerca, manteniendo la distancia justa, de pie en su puesto habitual.

Adriel tomó asiento frente a su hija. La observó un momento, alternando la vista entre ella y el exsoldado con un gesto de desaprobación evidente; luego, centró toda su atención en Rebecca.

—¿Y bien, hija? Dime qué asunto trajo a Lara Ederways esta vez. Estaba hablando sobre el palacio ¿Qué ocurrió, la invitaron otra vez?

Antes de que Rebecca pudiera responder, el doctor Walter apareció desde el corredor lateral.

Entró sin anunciarse y se acomodó en el sillón del extremo con una naturalidad absoluta, como si ocupara su lugar de siempre.

Ni Adriel ni Rebecca le prestaron mayor atención; Walter era un miembro tan arraigado a la familia que su presencia resultaba tan cotidiana como la de un hermano para el señor de la casa.

Sin embargo, Lyall no le quitó la vista de encima. El médico le lanzó una mirada fugaz antes de centrarse en su taza. El exsoldado no podía evitar observarlo con desconfianza; la actitud del doctor hacia él era tan rara que ya resultaba imposible de ignorar.

—Sí, han invitado a Lara al palacio y ella ha venido a buscarme —comenzó Rebecca, acomodando sus manos sobre el regazo—.

Tendrá una audiencia privada con el rey.

La carta especificaba que podía traer a una acompañante y pensó en mí.

Iré con ella dentro de cinco noches; acepté de inmediato, no tuve valor para rechazarla —añadió, fingiendo un desinterés que ocultaba su verdadera emoción por salir a despejarse un poco.

Tras una breve pausa, continuó:

—Llevaré a Lyall como escolta personal. La invitación es exclusiva para Lara y para mí, así que él es el único que puede acompañarme. Será perfecto.

Al escuchar aquello, el doctor Walter se detuvo en seco con la taza a medio camino de los labios.

Sin embargo, el té llegó a su boca de forma accidentada; un poco se escurrió por la comisura y tuvo que limpiarse con el dorso de la mano mientras tosía, sacudido por la impresión.

Adriel y su hija se volvieron hacia él al mismo tiempo.

—¿Ocurre algo, doctor? —preguntó Adriel con el ceño fruncido.

Walter dejó la taza sobre la mesa lateral con una cautela excesiva. Se limpió de nuevo con un pañuelo que tenía en el bolsillo de su chaleco y carraspeó, intentando transformar el pánico de imaginar al príncipe Joel pisando el palacio real en una preocupación profesional razonable.

—Sí, milord, ocurre algo —respondió con voz mesurada—. No creo que sea buena idea que L-2235 asista al palacio con lady Rebecca.

Adriel asintió despacio, como si aquella objeción confirmara sus propios temores.

—¿Es por el asunto del capitán Ritwall?

Walter aprovechó la salida sin dudarlo, aunque la verdadera razón fuera otra.

—Exactamente. Podría ser peligroso que lo vieran allí.

Si los Ritwall tienen contactos en la guardia real y el rumor del ultraje que sufrió el capitán se ha extendido en los días que vendrán, la presencia del sirviente complicaría las cosas.

Además —añadió Walter ante la mirada endurecida de Rebecca—, ese soldado es impulsivo.

Ya vimos de lo que es capaz si no se le controla.

Sigo pensando que él tuvo algo que ver en lo del establo…

Lyall frunció el ceño y Rebecca lo interrumpió antes de que terminara.

—El rey pidió que Lara fuera con una acompañante —declaró de inmediato—.

Ella me eligió a mí y no puedo llevar a nadie más.

—Miró al doctor y luego a su padre—. Usted no puede venir, padre, porque no cumpliríamos con la petición del monarca.

Tampoco el doctor Walter, pues no es mi guardaespaldas.

Lyall es el único capaz de asistirme al subir al carruaje, de cuidar mi silla y atenderme con la precisión que necesito.

Buscó los ojos de su padre y sostuvo la mirada con firmeza.

—Usted sabe bien que Lyall no se mueve si yo no se lo ordeno.

Lo ocurrido con el capitán fue bajo mi mandato; no mentí al respecto.

Quiero ir al palacio. Si logramos el favor del rey, podría ser beneficioso para la familia.

No sabemos qué puertas puede abrir esta audiencia.

Él será tan invisible como siempre si me dejas ir.

Se giró un instante hacia Lyall, encontrándolo inmóvil, con la espalda recta en su posición de guardia. Luego regresó la vista a su padre.

—El rey podría concedernos favores. Es una oportunidad que no debemos perder.

—¡No es una buena oportunidad! —sentenció Walter con una urgencia que rozaba la desesperación—. De hecho, milord, lo más recomendable es que su hija permanezca en casa. Presenta síntomas propios de comienzos de embarazo. ¿Qué ocurrirá si sufre náuseas en el palacio? ¿Y si se descompensa?

—Lyall me cuidará —zanjó Rebecca sin dejarlo terminar—. Él siempre se hace cargo de mí, doctor Walter. Solo dele las instrucciones necesarias y estaré segura al lado de Lyall.

Rebecca miró a su padre. Sus ojos color miel tenían ese brillo específico que Adriel conocía desde que ella era niña y quería algo con suficiente desesperación como para que resultara difícil negárselo.

—Por favor, padre. Déjame ir a esa reunión —pidió con su mejor expresión de súplica—.

Dudo mucho que los Ritwall se atrevan a decir algo en el palacio.

Sería humillante para el capitán; él se jacta de sus historias valerosas de guerra y no querrá que todos sepan que terminó hecho trizas por el sirviente de una mujer enferma. Dudo que mencione lo sucedido.

Adriel guardó silencio. Aquel argumento tenía sentido y se detuvo a analizarlo. Sus ojos se movieron despacio hacia Lyall antes de regresar a Rebecca. Apretó los labios con un gesto pensativo, evaluando una situación que no le resultaba cómoda, pero que tampoco podía ignorar.

—Está bien —accedió al fin—. Ve a la reunión, hija...

Adriel suspiró con la pesadez de quien se reconoce derrotado. Para el doctor Walter, en cambio, aquel permiso no era una simple concesión; era una sentencia de muerte que caía sobre todos ellos.

—Debo reconocer que, pese al libertinaje indecente que cometiste —continuó Adriel, observando a su hija con desaprobación—, no hay nadie mejor para cuidarte cuando no estoy presente. Ve con él.

Rebecca sonrió de oreja a oreja. Fue una expresión tan amplia que parecía desbordar su rostro de la alegría que sintió. Incluso intentó imitar los saltitos emocionados de Lara, pero su cuerpo protestó con una punzada en las rodillas que la obligó a detenerse con un quejido que disimuló muy bien.

—¡Padre! —continuó, recuperando la postura—. Como la audiencia es en cinco noches, quiero comprar un vestido a la altura. Mañana mismo iré con Lyall. Sé cuánto te aburren las tiendas, así que él puede llevarme sin inconvenientes.

Hizo una breve pausa para recobrar el aliento.

—Además, necesito que Lyall luzca presentable. Lara comentó que parece un mozo de cuadra. Debe tener ropa nueva; nada ostentoso, pero sí digno, para que nadie diga que los Bethel descuidan a sus siervos.