El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El secreto de las dos #2
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El secreto de las dos #2

No fue el beso fugaz e inocente. Fue un encuentro forjado durante semanas de noches compartidas; un beso con memoria propia, lleno de un hambre que ya no sabía fingir indiferencia.

Lyall le sostuvo el rostro a su sargento con una mano, empleando una delicadeza que siempre le costaba calibrar, mientras sus dedos toscos se hundían en la suave piel de Rebecca con una urgencia silenciosa.

Ella sintió un vuelco en el corazón, un pulso desbocado ante el contacto invasivo y profundo de la lengua de él, que buscaba la suya con una intensidad que le robó el aliento.

Lara no dijo nada. Solo observaba con la boca entreabierta, fascinada por la entrega de ambos.

Cuando se separaron, Lyall abrió los ojos despacio, manteniendo las pupilas fijas en las de Rebecca.

Su mirada, que por lo general era tranquila, se desnudó por un instante; el azul de sus ojos brillaba con una devoción absoluta, una entrega que superaba cualquier instinto de protección.

La rubia tampoco dejó de verlo, atrapada en ese magnetismo, hasta que él rompió el contacto para incorporarse.

Se puso en pie de forma abrupta, recuperando la compostura en un parpadeo. Regresó a su posición al fondo de la estancia, junto a Tiger, con los brazos tras la espalda y el rostro impenetrable, como si aquel incendio dentro de sus bocas nunca hubiera ocurrido.

Rebecca lo vio alejarse con el sabor de la humedad y el calor de Lyall todavía vibrando en su paladar.

Entonces lo comprendió: si él se había retirado con tanta brusquedad, era porque sus sentidos habían detectado algo imperceptible para ella.

La confirmación llegó un par de minutos después; la puerta se abrió y Anna entró empujando el carrito con la tetera y las galletas, repartiendo miradas de reojo con la clara sospecha de haber interrumpido un secreto.

Lara observó a Lyall desde el sofá. Luego miró a Rebecca. Luego volvió a Lyall.

Había visto algo. No todo, porque no tenía todos los datos, pero lo suficiente para reconocer que entre ellos no había solo obediencia de sirviente y “juegos”.

En la cara de Lyall, mientras besaba a Rebecca, había algo que en Tiger nunca había visto tan obvio porque Tiger era más difícil de leer.

Pero en aquel muchacho de cabello negro y ojos azules era imposible de confundir.

«Rebecca y su hombre bestia se gustan», pensó Lara. «Se gustan de verdad».

Y eso, en lugar de escandalizarla, le hizo sentir un alivio extraño. Al menos no era la única con esa rareza en el corazón.

Por otra parte, Anna dejó el servicio de té sobre la mesa baja y se marchó con una última mirada de desaprobación general.

Su desconfianza nacía de una sospecha creciente: Lara, con esa personalidad tan...

expresiva, quizá compartía las mismas tendencias que su señorita.

El hecho de que en ambas visitas apareciera acompañada por aquel muchacho que también era un exsoldado y siempre solicitaran privacidad resultaba alarmante, en especial tras conocer los secretos de Rebecca.

Anna se alejó cuestionándose qué clase de conversaciones o actos mantenían en secreto.

En cuanto el eco de sus pasos se desvaneció, Lara observó de reojo a los jóvenes y se acomodó en el sofá, pegada a Rebecca.

—Rebecca —murmuró—. Quisiera hablar contigo… pero en privado.

La rubia la miró con curiosidad; la petición la tomó por sorpresa.

—¿Podrías decirle a Lyall que salga un momento? —añadió Lara—. Que Tiger lo acompañe.

Rebecca evaluó a su amiga. La expresión de Lara delataba una mezcla de emoción y urgencia; sus gestos mostraban la agitación de una persona que custodia noticias demasiado grandes para guardarlas más tiempo.

—Está bien. Lyall, espera afuera un momento.

—Tiger —agregó Lara—, acompaña al sirviente de Rebecca, por favor.

Ambos obedecieron en silencio. Salieron al corredor y la puerta del salón se cerró tras ellos, dejando a las dos mujeres a solas.

El espacio entre la puerta y el corredor era estrecho.

Lyall permaneció de pie, con la vista fija al frente.

Tiger imitó el gesto a medio metro de distancia.

Entre ambos se extendía un silencio denso, propio de dos personas que comparten un secreto sin haberlo pronunciado.

Lyall lo percibió, aunque tardó en procesar qué hacer con esa observación.

Mientras esperaba, asumió que Tiger poseía sus mismas facultades.

Si aquel soldado se besaba con su sargento —lady Lara—, si respondía a su nombre y se movía con voluntad propia, quizás también hablaba, leía y escribía.

Por un instante, la idea de no estar solo en sus experiencias le produjo un alivio reconfortante. Por eso, decidió romper el protocolo.

—Mi… verdadero nombre es… L-2235 —dijo despacio, señalándose y arrastrando las sílabas como siempre—. ¿Y… el tuyo?

Tiger se giró con la rapidez de un movimiento de combate. Sus ojos marrones recorrieron el rostro de Lyall con una mezcla de incredulidad y pánico.

«¿Por qué este soldado emite sonidos?», pensó Tiger, observándolo como si a L-2235 le hubiera brotado una segunda cabeza.

Hablar estaba prohibido. Aquella regla estaba grabada en su memoria con la misma firmeza que un protocolo de asalto: los soldados no hablan. Las bocas existen para respirar, alimentarse y guardar silencio. Sin responder, Tiger le dio la espalda.

Lyall leyó el código tatuado en su nuca en voz alta:

—T-6687… —murmuró mientras señalaba los números.

Tiger se tensó por tan solo escucharlo. Era demasiado raro oír a otro soldado como él hablando.

—¿Tu sargento… no hablas? —insistió Lyall, intentando comprender si aquel hombre guardaba silencio por voluntad o por falta de práctica. Reformuló la pregunta—: ¿No hablas con ella? ¿Acaso ella… está embarazada?

Se llevó la mano al estómago para ilustrar el concepto. Lyall dedujo que, si se besaban, también compartían sus noches en la cama, y la consecuencia lógica era la misma que vivía con Rebecca.

—¿Tu sargento… no tiene algo aquí? Una vida… una familia… contigo —dijo Lyall, tocándose el vientre y señalándolo después.

Tiger lo miró con una confusión absoluta.

¿Familia? ¿Algo en el estómago? No comprendía el mensaje ni la insistencia de aquel lobo en emitir sonidos.

Era demasiado para procesarlo. Con un suspiro, Tiger dio un paso hacia él y le cubrió la boca con la palma de la mano.

Con la otra, levantó los dedos índice y medio, colocándolos de forma horizontal frente a sus propios labios.

La señal del silencio.

Lyall se paralizó. Conocía ese gesto; era lo primero que aprendías en el Proyecto Nimrod.

Verlo ahora, en la mano de otro igual, despertó un instinto que llevaba semanas dormido: la obediencia ciega.

Recordó su verdadera función; él no era como el resto del mundo y Tiger acababa de recordárselo de un golpe. Asintió.

Al notar que los ojos de Lyall recuperaban la frialdad debida, Tiger bajó la mano. Retrocedió y retomó su posición de guardia, con los brazos tras la espalda. Lyall hizo lo mismo.

Sin embargo, en la mente de Tiger, una parte del pensamiento se resistía a callar.

Lyall era distinto. Quizás no tenía la culpa; simplemente recibía órdenes.

Si a él le habían enseñado a tocar el piano porque su sargento se lo pidió, a Lyall le habrían ordenado hablar.

Aun así, Tiger sabía por experiencia que los soldados que se desviaban de la norma solían terminar mal.

Aquel lobo, L-2235, debía recordar quién era si quería seguir con vida.

Dentro del salón, las dos jóvenes estaban solas.

Lara sujetaba las manos de Rebecca entre las suyas: las de Lara eran largas y cuidadas, protegidas todavía por sus guantes de encaje; las de Rebecca, pequeñas y pálidas, mostraban los nudillos algo marcados por la artritis que avanzaba como una consecuencia silenciosa de su enfermedad.

—Rebecca —comenzó Lara, con una urgencia difícil de disimular—, primero dime algo: ¿estás enamorada de tu hombre bestia? Es decir, ¿lo quieres de verdad?

Rebecca abrió la boca, pero la cerró de inmediato.

—No estoy enamorada de Lyall, ¿cómo puedes creer eso? Solo es un juego, igual que lo tuyo con tu sirviente, ¿lo has olvidado? —mintió para evitar rumores que matarían a su padre de un disgusto. Esbozó una sonrisa de lado, una expresión forzada que no lograba convencer al resto de su cuerpo.

—Ah, sí —Lara soltó una risa nerviosa—. Ahora entiendo. Es un juego como lo mío con Tiger. Te comprendo a la perfección; tu sirviente es guapo y hay que aprovechar la oportunidad.

Lara la observó con cierta diversión y escepticismo. Rebecca sostuvo la sonrisa un segundo más antes de desviar la mirada; Lara imitó el gesto y fingió retocarse el peinado.

—¿Y qué hay del capitán Ritwall? —preguntó Lara, retomando el contacto visual—. El cortejo sigue en pie, ¿no?

—Lo nuestro no funcionó —respondió Rebecca, tajante—. En fin, ¿qué te trae por aquí?

Lara notó la frialdad de su amiga, pero prefirió no indagar. Apretó las manos de Rebecca y una sonrisa pequeña le iluminó el rostro hasta los ojos.

—Basta de rodeos. ¡He recibido una invitación al palacio real! Una audiencia directa del rey Caín I.

Rebecca recordó al monarca de la fiesta. Caín: un hombre delgado, bastante feo, pequeño y desgarbado. Lucía un bigote acorde a la moda actual y la apariencia de un soberano que prefiere ver los problemas resueltos antes de que alcancen su despacho.

—¿El rey Caín? —repitió Rebecca con las cejas alzadas—. ¿Para qué te ha invitado?

—¡No lo sé! —exclamó Lara, dando un saltito de emoción sin soltar a su amiga—.

Pero la carta menciona que puedo llevar una acompañante y pensé en ti de inmediato.

¡Por favor, ven conmigo! Llevaremos a nuestros sirvientes para que nos cuiden; no podemos ir solas.

Será divertido y muero por saber el motivo de esta audiencia.

Rebecca apartó la vista de Lara. Sus ojos se dirigieron, de forma involuntaria, hacia la puerta cerrada del salón. Al otro lado estaba Lyall, su lobo. Inmóvil, esperando.