El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El secreto de las dos
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El secreto de las dos

Rebecca se quedó con la vista en la puerta abierta de la biblioteca durante un segundo luego de escuchar por parte de Anna que su amiga había venido a visitarla. No había sabido nada de ella desde aquel día que fueron al palacio real, desde entonces todo siguió como siempre.

—Lyall, llévame a la sala —ordenó Rebecca, acomodando el libro médico hacia un lado.

Él se puso de pie y tomó los agarres de la silla sin decir nada, sacándola de la biblioteca hacia el pasillo principal.

Siguieron el corredor de la izquierda hasta llegar a la sala de espera.

La puerta estaba entreabierta; Rebecca distinguió, antes de entrar, la silueta del vestido verde agua de Lara, una elección llamativa, igual que todo el armario de su amiga.

Lara permanecía junto a la ventana, mirando el jardín con una impaciencia que trataba de disimular; movía los dedos sin saber qué hacer con ellos mientras esperaba.

Su sirviente, Tiger, estaba detrás, erguido, con los brazos tras la espalda y la mirada perdida en un punto vacío.

Rebecca lo recordaba bien. En ese instante, el joven tenía su cabello rubio peinado con esmero y el traje gris oscuro de las visitas formales estaba impecable. Se veía presentable. Cuidado.

Cuando la puerta se abrió de par en par, Lara se giró.

Al ver a Rebecca, su expresión cambió por completo. Cruzó la sala en tres pasos que resonaron por el impacto de sus zapatos de tacón, y se agachó frente a la silla con una efusividad que eliminaba cualquier distancia.

—¡Rebecca, qué alegría me da verte! —exclamó, mientras le tomaba las manos—. ¿Cómo has estado?

Rebecca la miró. La pregunta era simple, pero estaba llena de un peso que Lara no podía imaginar.

Repasó los últimos días: la humillación en el jardín con Dante, el incendio, su lobo en el almacén, su posible embarazo, la voz plana de su padre diciendo cosas que prefería olvidar y las dos noches sin Lyall.

—He tenido días mejores —respondió al final, con una sonrisa honesta precisamente porque no intentaba serlo—. Pero no me quejo.

Lara la estudió un segundo, como si buscara algo más detrás de esas palabras. Pero no insistió. Eso también era parte de su amiga: sabía cuándo no presionar.

Rebecca giró la cabeza hacia el corredor donde Anna había aparecido sin que nadie la llamara, con su postura habitual de centinela invisible.

—Anna, prepáranos un té con galletas. Vamos a sentarnos en el salón de música, ¿qué te parece?

—¡Me parece perfecto! —exclamó Lara, sonriendo.

—Bueno. —Rebecca se volteó hacia el ama de llaves—. Anna, llévanos los postres al salón de música. Lyall, llévanos allá.

El lobo asintió con la cabeza y empujó la silla hacia el corredor. Lara caminó a su lado y Tiger las siguió un paso atrás, en ese silencio característico de él que no era indiferencia sino concentración permanente.

Mientras avanzaban, Lara echó un vistazo de reojo al sirviente de Rebecca.

Lo recordaba del día que vino a la mansión con Tiger, semanas atrás.

En ese entonces Lyall se veía arreglado: el cabello recogido con el listón que Rebecca le ponía, la ropa limpia, los zapatos también.

Ahora lucía algo diferente. El cabello le caía suelto y grasoso sobre los hombros.

La camisa estaba arrugada como si hubiera dormido con ella y el chaleco tenía una mancha de tierra en la manga izquierda que no era de esta mañana.

Olía a trabajo al aire libre. No era el aspecto de alguien que cuida a una señorita de sociedad; era el aspecto de alguien que lleva días ocupándose de otra cosa.

—Ah, Rebecca —comenzó Lara, sin poder evitarlo—. Y le pusiste nombre a tu hombre bestia. Qué bueno, es que así es más fácil, ¿no? Esos códigos son terribles. No sé cómo podían llamarlos así en los días de guerra.

—Sí —dijo Rebecca con una sonrisa, girando hacia Lara mientras su lobo seguía empujando la silla—. Siento que Lyall le queda perfecto. Además, como su código comienza con L, pues L de Lyall. Como tú con T de Tiger.

Lara soltó una carcajada corta y sincera; aquello le hizo gracia.

—Sí, se nota que no lo pensé mucho, ¿verdad?

Rebecca tosió un poco, cubriéndose la boca con el pañuelo. Cuando lo apartó, su rostro reflejaba alegría y cansancio en partes iguales.

—Se nota, sí.

Lyall, que movía la silla sin hacer ruido, escuchó su nombre en boca de Rebecca con una naturalidad que le provocó un calor extraño en el pecho.

Ella lo llamaba así desde hacía semanas y él ya no concebía otra forma de ser nombrado.

Le gustaba su nombre; eso no se lo podían quitar, le pertenecería para siempre.

Minutos después llegaron al salón de música.

Era un cuarto largo, con el piano de cola en el extremo opuesto a la puerta y un área de sofás tapizados en terciopelo azul junto a la ventana, pensada para quienes venían a escuchar en lugar de tocar.

Las cortinas estaban a medio abrir, dejando entrar una luz de mañana que caía sobre la alfombra en franjas diagonales.

Lyall se acercó al sofá, tomó a Rebecca en brazos con el movimiento ya típico entre ellos y la depositó sobre los cojines con cuidado.

Ella se acomodó, ajustando la postura de sus piernas con los gestos lentos que él conocía de memoria.

Lara se sentó en el sofá frente a ella mientras se alisaba el vestido.

Tras dejar a Rebecca, los dos sirvientes se colocaron al fondo de la estancia, de pie y con los brazos tras la espalda. Uno junto al otro. Con ellos allí, las dos mujeres los observaron un momento.

Lyall era varios centímetros más alto que Tiger, de hombros más anchos y brazos fornidos; tenía una solidez que no venía del ejercicio, sino de años cargando pesos imposibles en circunstancias peores.

Parecía mayor, aunque ambos exsoldados tuvieran la misma edad.

Pero donde Tiger lucía impecable, Lyall cargaba con el peso de los últimos dos días: el cabello revuelto, la ropa sucia y ese aspecto de haber dormido en cualquier sitio menos en una cama.

Rebecca lo notó ahora que su lobo estaba al lado de Tiger, y la incomodidad le escoció en el pecho. Conocía a Lara. Sabía bien lo que venía.

No se equivocó.

—Oye, Rebecca —dijo Lara, acomodándose los guantes con delicadeza—.

No te enfades conmigo, pero ¿por qué tu sirviente bestia luce tan desarreglado?

Parece más un mozo de cuadra que tu sirviente personal.

La última vez no se veía así. ¿Lo están poniendo a trabajar fuera de la mansión?

—preguntó sin poder quitar ese tono de voz curioso.

Tiger, desde su posición, miró de reojo a Lyall durante un segundo; él también se lo había preguntado. Lyall, en cambio, no reaccionó a la pregunta de Lara; mantenía la vista fija en Rebecca.

«Esto es mi culpa. Ella está apenada. Mi deber es estar presentable cuando estoy junto a la sargento, eso me lo dijo la ama de llaves, Anna. No lo he hecho. Todo es culpa mía», pensó.

No analizó las razones: que no hubiera un baño cerca del almacén o que solo tuviera esa muda de ropa. Su lógica era más directa: tenía un deber y no lo había cumplido. Nada más.

Rebecca, mientras tanto, procesaba la pregunta de Lara con esa rapidez mental que le permitía inventar explicaciones al instante.

—¿Te refieres al aspecto de mi sirviente? ¡Oh! Eso es solo hoy. Lo tuve ocupado toda la mañana trabajando en mi habitación; estaba acomodando el balcón que casi no abro. La puerta estaba sellada y fue un trabajo de horas. Sudó bastante, por eso luce así.

Lara la miró con detenimiento. Algo en la cadencia de la explicación le sonó ensayado, pero Rebecca le sostuvo la mirada con la calma aprendida tras años de mentiras piadosas. Luego de un ratito, Lara terminó por asentir.

—Ah, ahora comprendo. Bueno, supongo que te gusta darle más usos a tu hombre bestia.

Hizo una pausa breve y arqueó una ceja con una picardía que no intentaba disimular.

—Por cierto… ¿has jugado con él?

Rebecca abrió los ojos.

Entendió al instante. Lara no podía haberlo dicho con más claridad, aunque hubiera escrito la pregunta en un papel, pero decidió hacerse la desentendida.

—¿Jugado con él? —repitió, adoptando la expresión más inocente que tenía disponible—. ¿A qué te refieres con jugar?

Lara suspiró, con la paciencia necesaria para aceptar que tendría que demostrarlo en lugar de explicarlo.

—Tiger, ven aquí.

Tiger se separó de la pared en el mismo segundo en que escuchó su nombre. Cruzó el salón sin dudar y se sentó al lado de Lara en el sofá. Ella no dijo nada más: solo señaló sus propios labios con un dedo.

Y Tiger la besó.

No fue un beso corto. Fue el tipo de beso que Lara le había enseñado con paciencia durante semanas, profundo, con lengua y sin apuro, con una naturalidad que en otro contexto habría resultado perturbadora, pero que entre ellos ya era solo lo que era.

Cuando se separaron, Lara se volteó hacia Rebecca con la satisfacción de haber explicado su punto.

Rebecca los miraba. Y, en algún lugar entre la sorpresa y el reconocimiento de verse reflejada, sintió algo que no esperaba: celos.

No de Lara en particular, sino de la facilidad con que aquello ocurría.

De que Lara pudiera hacerlo ahí, a plena luz de la mañana, sin que nadie la hubiera examinado ni le hubiera dicho que era una vergüenza.

No iba a quedarse atrás.

—Ah, eso —dijo Rebecca, con una calma que le costó más de lo que aparentaba—. Sí, a veces juego de esa forma con mi sirviente cuando nadie nos ve, no pude evitarlo.

Se volvió hacia el fondo de la estancia.

—Lyall, ven aquí. Siéntate a mi lado.

Su lobo cruzó la habitación sin un solo rastro de duda. Se sentó en el sofá, junto a Rebecca; su postura ocupaba el espacio con tal firmeza que lo hacía parecer todavía más grande.

—¿Quieres ver? —le preguntó Rebecca a Lara.

La otra joven tenía los ojos muy abiertos.

—Me da mucha curiosidad —admitió, mientras se mordía uno de los dedos enguantados.

Rebecca sonrió y se giró hacia su lobo.

—Bésame —susurró.

Lyall cerró los ojos. Se acercó despacio y unió sus labios con los de ella.