El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El jardinero y los girasoles #3
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El jardinero y los girasoles #3

Cruzó el jardín trasero. La mañana ya calentaba y el pasto recién podado brillaba bajo el sol.

Lyall pasó junto al espacio negro y carbonizado donde había estado el establo, ni siquiera se detuvo a mirarlo.

Después de pocos minutos entró a la mansión por la puerta de servicio y avanzó por el corredor hacia las escaleras.

Entonces escuchó.

—¡¿DÓNDE ESTÁ LYALL?! ¡SIN ÉL NO BAJO DE ESTA HABITACIÓN! ¡LARGO! ¡NO ME VAN A BAJAR USTEDES!

Los gritos de Rebecca llegaron desde el segundo piso con una fuerza que él reconocía bien. No era el enfado tranquilo de sus malos días, sino la rabia que surge cuando el mundo no encaja como debería y el cuerpo exige que se sepa. Sin perder más tiempo, Lyall subió las escaleras de dos en dos.

En la habitación estaban el comandante Adriel y el doctor Walter. Rebecca permanecía en su silla junto a la ventana con los brazos cruzados, decidida a no ceder. En cuanto Lyall entró, Adriel se giró y lo agarró por la camisa de manera violenta.

—¡¿A dónde te habías metido, malnacido?! —gritó el comandante mientras lo jaloneaba. Lyall no ofreció resistencia—. ¡Debiste haber llegado hace veinte minutos!

Lyall ni siquiera se tensó. Dejó que el hombre lo sujetara; oponerse físicamente no era lo que la situación necesitaba. Pero Rebecca ya había movido su silla de ruedas hacia ellos.

—¡Papá, suéltalo! Déjalo en paz.

La voz perdió volumen, pero ganó firmeza.

Adriel la miró y soltó la camisa de Lyall con un gesto brusco, dejando claro que lo hacía por voluntad propia y no por obedecerla.

Antes de que Rebecca pudiera decir algo más, empezó a toser.

Fue un ataque violento que le sacudió el pecho.

Se llevó el pañuelo a la boca y cerró los ojos.

Walter se acercó de inmediato; Lyall hizo lo mismo.

—Señorita, debe calmarse. Estos ataques dañan su salud.

El doctor extrajo un frasco pequeño del maletín. Rebecca lo tomó y bebió un trago con la inercia de los que han repetido el gesto cientos de veces.

—Gracias —dijo tras tragar el remedio. Se limpió con el pañuelo y respiró hondo—. Por supuesto que Lyall se tarda. Como tú lo mandaste a dormir lejos como a un animal, tiene que cruzar el jardín trasero y atravesar la mansión para llegar. Si al menos regresara a su habitación de servicio…

—No sigas, hija —la interrumpió Adriel con una voz pesada—. Digas lo que digas, él no va a dormir dentro de esta casa mientras siga aquí. Fin de la discusión.

Rebecca apretó los dientes y frunció el ceño, manteniendo esa expresión rígida, negándose a aceptar la derrota. Lyall, que había observado el intercambio cerca de su sargento, se giró hacia la silla y tomó los agarres sin esperar instrucciones, sacándola de la habitación hacia el pasillo.

Adriel y Walter los siguieron en silencio.

Al llegar a las escaleras, Lyall giró la silla.

Rebecca alzó los brazos y él la levantó con el movimiento de siempre, y entonces Rebecca, con la misma naturalidad con que hubiera tomado un libro de un estante, giró la cabeza y le dio un beso en la mejilla a Lyall haciendo que él se sonrojara sin que pudiera evitarlo.

Fue un gesto breve. Pequeño. Completamente descartable si uno no sabía lo que significaba. Pero era todo lo contrario a discreto en el pasillo con su padre y el doctor Walter dos pasos detrás.

Sin embargo, Lyall escuchó cómo Adriel apretaba los dientes. No fue un sonido audible para cualquiera, pero él lo captó con la precisión de sus oídos entrenados. Walter, que caminaba al lado del lord, se volvió hacia él con una expresión que era difícil de interpretar.

Por su parte, Lyall sonrió. No lo controló. La sonrisa apareció sola, porque era Rebecca, y porque ese beso era un recordatorio de que nada de lo que estaba pasando alrededor cambiaba lo que había entre ellos.

Entonces se acordó de lo que quería decirle.

—Mañana… vendré temprano —dijo, despacio, con la voz ronca que arrastraba cada sílaba sin apurarse.

Rebecca lo miró desde sus brazos. Y sonrió.

—Lyall, estás hablando cada vez más. Sigue así.

Detrás de ellos, Walter no dijo nada. Pero la forma en que su expresión se cerró al ver esa sonrisa decía suficiente.

A Adriel, que los miraba bajar las escaleras con una mezcla imposible de separar, le causaba algo que no podía terminar de nombrar: el aristócrata en él rechazaba lo que veía, y el padre en él notaba que su hija estaba sonriendo de verdad y eso lo llenaba de felicidad.

El desayuno transcurrió con la calma relativa de una mañana donde nadie quería iniciar otra discusión.

Lyall estuvo presente en el comedor, de pie detrás de su silla como en los viejos tiempos, aunque ya no era exactamente como los viejos tiempos porque el silencio tenía un peso diferente, más consciente, más lleno de cosas no dichas.

Más tarde, cuando el reloj del pasillo marcó las once, los dos estaban en la biblioteca.

Era el mismo espacio de siempre: los estantes altos, la mesa de madera junto a las ventanas, la luz que entraba en ángulo y caía sobre el papel con una temperatura suave que hacía agradable leer ahí a cualquier hora.

Rebecca había pedido dos libros del estante de medicina.

Eran gruesos, con ilustraciones anatómicas en blanco y negro hechas con tinta, con un texto que no intentaba ser amable con quien lo leía.

—Este es el que más nos sirve ahora —dijo Rebecca, abriendo el primero sobre la mesa—. Trata sobre el cuerpo de la mujer. El embarazo está en los capítulos del medio.

Lyall miró el libro. Luego la miró a ella.

—Léelo tú —dijo Rebecca—. En voz alta, si puedes. Yo te ayudo con las palabras difíciles.

Él asintió con una sonrisa, acercó su frente a la de ella y le besó la mejilla sin pedir permiso. Rebecca sonrió ante el gesto. Luego, Lyall acomodó el libro, colocó el dedo índice bajo la primera línea del capítulo indicado y comenzó a leer.

Avanzaba lento, más de lo normal. Las palabras médicas le costaban más que las del libro de lectura inicial o la novela; eran términos extraños que nunca había visto. Pero Rebecca permanecía ahí, interrumpiendo cuando era necesario y explicando cada concepto sin rastro de impaciencia.

Era algo que se parecía mucho a sus tardes de antes. Y eso hacía que la biblioteca se sintiera, por unas horas, como el lugar seguro que siempre había sido para los dos.

Estaban en el tercer párrafo del segundo capítulo cuando la puerta se abrió.

Anna entró con su delantal impecable y la postura de siempre.

—Mi lady —dijo—. Tiene visita.

Rebecca levantó la vista del libro.

—¿Quién?

—Vino lady Lara.