El jardinero y los girasoles #2
—Puedo… escribir —soltó. Luego se señaló los ojos y apuntó hacia los libros—. Leer.
Berto lo observó con una expresión que mezclaba la sorpresa con algo más cercano a la vergüenza de haber asumido mal.
—¿Ah, entonces fuiste a la escuela? —preguntó Berto—. No lo sabía. Pensaba que los de tu clase, los exsoldados, eran más animales que personas. Ya sabes, uno escucha rumores.
Lyall negó con la cabeza. No se sintió ofendido, pero la precisión era importante y no encontraba las palabras.
El concepto de "escuela" le resultaba ajeno.
Él no tuvo pupitres ni maestros. Tuvo el Proyecto Nimrod, y aquello era algo muy distinto.
No había sido educación; había sido un entrenamiento exclusivo para matar.
Poco después, terminó de tomar el último sorbo de sopa y suspirando un poco, dijo:
—La sargento… me explicó. Ahora puedo —señaló el libro— leer. Y escribir —añadió, moviendo la mano como si sostuviera una pluma en el aire.
A Lyall le nacía mover las manos para completar sus frases. Era un hábito viejo, de cuando le pedían explicaciones, que no eran muchas las ocasiones, pero existían. Berto frunció el ceño, confundido.
—¿Cuál sargento? ¿Tuviste una sargento mujer?
—Rebecca. La… sargento.
Lo dijo lento, marcando cada sílaba. Soltó el nombre con cuidado, dándole el peso que merecía. Berto lo observó un segundo y se tapó la boca con la mano, pero no fue lo bastante rápido. Lyall vio que el viejo luchaba por esconder otra carcajada.
—¿Le dices sargento a lady Rebecca? —preguntó el anciano, visiblemente divertido—. Eso sí que es extraño, muchacho.
Lyall no respondió. Volvió su atención al plato, aunque ya estaba vacío. El jardinero suspiró, aún con la sonrisa pegada en la cara, y se levantó de su silla. Fue hasta el estante. Tomó los dos libros sin decir nada y regresó a la mesa, depositándolos frente a Lyall.
—Toma. Si sabes leer, léelos en tu tiempo libre. ¡Pero lávate las manos antes de tocarlos!
Lyall abrió los ojos. Miró los libros, luego al anciano y regresó la vista a la mesa. El gesto lo descolocó. No era normal recibir algo sin dar nada a cambio, así que mantuvo la sospecha en la mirada.
—¡Son tuyos! Tómalos, no me mires así.
Lyall apretó los labios. Se restregó las manos en el trapo que había sobre la mesa hasta quitarse la grasa. Y ahora con las manos limpias, agarró el primer tomo con cautela y recorrió el título con el dedo índice.
—Jardinería… para decoración —pronunció despacio.
Tomó el segundo.
—Honor y Disciplina… Guía del Recluta de… de Sabaoth.
Berto se quedó rígido en la silla al oír el nombre. El anciano se detuvo un instante antes de encogerse de hombros, fingiendo una calma que no tenía.
—Ah, es cierto. Sabes leer bien —dijo Berto. Miró el libro con el ceño apretado—. Se lo dieron a mi hijo cuando lo alistaron para la guerra. Tenía que leerlo… aunque supongo que la teoría sobra en el campo de batalla.
Habló con la voz de los que cargan un dolor viejo, pero ya no tienen fuerzas para quejarse. Sacudió la cabeza para espantar el pensamiento.
—En fin. Llévate los libros, muchacho. Te servirán para pasar las noches en vela. Y toma esto también.
Berto se puso en pie con un quejido sordo de las articulaciones.
Caminó hasta el armario apoyado junto a la ventana, y extrajo una lámpara de aceite pequeña, de metal gastado por el uso.
La dejó sobre la mesa, justo al lado de los tomos.
Después, rebuscó en la profundidad del bolsillo de su delantal hasta encontrar una cajita de cerillas que depositó en la mesa también.
Lyall bajó la vista hacia el conjunto. La lámpara, las cerillas, el peso de los dos libros. Sus dedos rozaron el borde de la mesa, pero no se atrevió a tomar los libros de inmediato. Por un segundo, la duda le amargó la boca: ¿podía llamar a aquello «sus cosas»?
«No me pertenece. Es solo algo prestado que me quitarán después», pensó.
El recuerdo del cuaderno, el lápiz y el libro de lectura inicial que Rebecca le entregó antes de que lo mandaran a dormir fuera de la mansión le escoció en el pecho como una herida mal cerrada.
Tenía el presentimiento de que esas cosas ya no eran suyas, igual que la habitación donde durmió al llegar.
Sin embargo, el peso de los libros frente a él le provocó una punzada de gratitud que no supo cómo expresar.
Luego, el lobo se restregó las manos una vez más contra el trapo, con una insistencia casi obsesiva, asegurándose de que no quedara ni rastro de grasa. Con un movimiento lento, abrió el manual de jardinería.
El papel era grueso y amarillento, con un olor ácido que le subió a la nariz en cuanto lo abrió.
Las páginas se sentían pesadas, algo rugosas al tacto.
Las ilustraciones no tenían el brillo de las cosas nuevas; eran dibujos de colores apagados, con líneas finas que marcaban cada detalle de las hojas y los tallos.
Se notaba que alguien se había tomado el trabajo de retratar las plantas tal como crecían en la tierra, con sus imperfecciones y sus sombras.
Lyall pasó las hojas con cuidado, notando la textura de la tinta seca bajo sus dedos. Los tonos verdes y marrones se sucedían uno tras otro mientras el libro soltaba un crujido seco por la vieja encuadernación.
Y entonces las vio. Aquellas flores...
Eran altas, con pétalos amarillos dispuestos alrededor de un centro oscuro y redondo.
Las recordaba. Las recordaba con una claridad que pocas cosas de esa época conservaban: el campo interminable, el calor de la campaña del frente norte, el pelotón avanzando y él detrás de todos, pasando entre aquellas flores que no sabía nombrar y que olían bien.
Había arrancado una sin pensarlo, atraído por el color, y cuando intentó comerla descubrió que no sabía bien. Tenía catorce años en ese entonces.
Leyó el nombre debajo de la ilustración, siguiéndolo con el dedo.
—Gi… rasoles —dijo en voz alta, señalando la palabra.
Sonrió. Fue una sonrisa pequeña y verdadera, de las que aparecen sin cálculo. Ahora sabía cómo se llamaban. Se llamaban girasoles.
Pero junto a esa pequeña alegría sentía un nudo en el pecho.
El mismo de siempre, instalado ahí desde la noche anterior, cuando dejó a Rebecca llorando al otro lado de la puerta.
Leer en voz alta no bastaba para verla sonreír más.
No resolvía nada importante. Pero era algo.
Era lo único que tenía en sus manos en ese momento: hablar, practicar y mejorar para no verla con los ojos llorosos o decaída, aunque fuera en una medida mínima.
Todo lo demás parecía imposible de reparar por ahora.
Berto lo observó todo el tiempo. El joven era bastante expresivo; el anciano vio cómo se quedaba con la vista fija en el libro de jardinería, aunque era bastante obvio que su mente ya no estaba ahí. Se había ido a otro lugar.
—Puedes quedarte con esos libros si quieres —dijo el anciano sacando al lobo de sus pensamientos—. Están ahí empolvados en mi estante. Tú, seguramente, les darás un buen uso.
Lyall levantó la vista. Respiró. Y dijo algo que nunca había dicho a nadie, o al menos no con la intención real de lo que significaba.
—Gracias.
La palabra le supo rara en la boca. No era difícil de pronunciar, pero el uso le resultaba ajeno.
Nadie le enseñó a decir algo así; era una expresión que otros recibían, algo que nunca le llegaba a él.
Pensó que debió decírselo a Rebecca en algún momento.
Se prometió hacerlo. La próxima vez que estuviera frente a ella, soltaría la palabra.
Por otra parte, Berto asintió con una naturalidad que le ahorró el esfuerzo de agregar más.
—Bueno. Lleva los libros y la lámpara al almacén. Luego ve a la mansión, eso me pidió Anna que te dijera —hizo una pausa y señaló la mesa—. Ah, y toma las cerillas también. De nada sirve una lámpara sin ellas.
Lyall llevó sus cosas al almacén. Acomodó la lámpara en el rincón donde dormía, junto a las cerillas, y puso los libros encima de las cobijas dobladas para que no se ensuciaran. Se quedó mirando el conjunto un momento, con la vista fija en la lámpara de aceite.
Entonces pensó en Walter.
Había aplazado ese pensamiento porque le revolvía el estómago, pero ahora, con la mente más clara que la noche del incendio, los recuerdos aparecían ordenados.
Revivió al doctor entrando al almacén y acuclillándose frente a él con la linterna.
Recordó la conversación y la forma de hablar del hombre: calculada, sin urgencia.
Luego, la imagen de la linterna volando sobre la paja seca.
No se le cayó; la lanzó a propósito. Después lo encerró.
Lyall lo supo porque, al apagar el fuego, la puerta carbonizada del establo todavía tenía el seguro puesto desde fuera.
Sin embargo, lo que más le pesaba era la última frase antes de que el doctor saliera.
“Hasta nunca, príncipe”
«¿Por qué me llamó príncipe? ¿Por qué quiso quemarme vivo? Eso no ayudaría a Rebecca», pensó con el rostro rígido. No comprendía el intento de matarlo. Además, ¿el doctor olvidaba que él podía escapar fácil de un incendio así? Nada tenía sentido.
Sin embargo, el lobo le daba vueltas a la palabra.
Príncipe era un término que leyó en el libro de Rebecca; un personaje secundario tenía ese título por ser hijo de reyes.
Walter no tenía motivos para usarlo con él.
Pero lo soltó con una precisión que no sonaba a insulto ni a burla, sino a algo distinto que Lyall no lograba nombrar.
Fuese lo que fuese, la palabra no importaba. Lo relevante era que el médico intentó asesinarlo, pero no tenía ni una prueba que mostrar. Y si las tuviera, ¿a quién acudiría? ¿Al comandante Adriel, que ya lo odiaba? ¿A Rebecca, para cargarla con más peso?
No. Eso solo traería problemas. El comandante ya desconfiaba de él y el doctor sabía cómo hacer que cualquier palabra de él sonara a exageración de un soldado bruto. Era mejor callar. Por ahora.
Suspiró y salió del almacén.