El jardinero y los girasoles
Las cuatro de la mañana llegaron con puntualidad de siempre.
Lyall abrió los ojos en la oscuridad del almacén y permaneció inmóvil un momento, escuchando.
Afuera, los pájaros no habían empezado todavía.
El jardín dormía con ese silencio que precede al amanecer, donde el mundo parece suspendido entre lo que fue y lo que será.
Con cierta pesadez, se incorporó desde las cobijas de Berto.
La piedra fría del suelo le recibió los pies descalzos y él agradeció esa sensación sin pensarlo, porque era una de las pocas que conocía desde siempre y que su cuerpo recibía como algo natural, en el fondo le gustaba, no podía negarlo.
Luego estiró su cuerpo y se quitó la camisa.
La dejó doblada sobre los sacos de abono.
Y comenzó con su rutina.
Las sentadillas primero, como siempre. Una, dos, tres.
Sus movimientos eran precisos, iguales entre sí, grabados en la memoria del músculo desde que tenía cinco años.
El espacio era reducido y había que sortear una azada mal apoyada contra la pared y un bidón de queroseno que se interponía en el camino, pero él ajustó la ruta sin detenerse. Cien repeticiones.
Luego las lagartijas. El suelo de piedra era duro bajo las palmas, pero eso tampoco le importó. Sus brazos lo conocían bien. Al final hizo ciento cincuenta.
Cuando terminó, el sudor le corría por las sienes y la espalda.
Se quedó de pie en el centro del almacén, respirando hondo, tratando de mantener la mente en blanco.
La piel brillaba bajo la oscuridad y el brazo derecho, quemado durante el incendio de la noche anterior, ya estaba curado en su totalidad.
Lyall lo examinó en la penumbra. La piel era nueva, rosada y tirante, pero estaba cerrada.
Para el mediodía no quedaría ni el recuerdo.
Una cosa era que la herida sanara y otra que la marca desapareciera para siempre; aquello tardaba más.
Un día, quizá dos; todo dependía de la profundidad de la lesión.
Y así, cuando sintió que vio suficiente se colocó la camisa y el chaleco, junto con las botas sin medias. Luego miró el almacén.
No era un espacio grande, pero estaba desorganizado de una forma que a él le resultaba incómoda, algo que le causaba ruido en la cabeza.
Las herramientas estaban amontonadas sin un orden evidente.
Los sacos de abono ocupaban el centro sin necesidad.
Las sogas colgaban enrolladas pero enredadas entre sí.
No era el caos de un sitio abandonado, sino el desorden de un lugar que nadie había ordenado porque nadie vivía en él.
Ahora alguien vivía en él…
Sin pensarlo demasiado, el lobo buscó la escoba que vio la noche anterior apoyada contra la pared del fondo.
Empezó a barrer con la misma disciplina que usaba para limpiar los establos o cualquier otro lugar bajo las órdenes de Anna cuando Rebecca se ausentaba.
En el pasado, él no sabía cómo barrer; ahora era un experto.
Mientras lo hacía, observó que la acumulación de polvo era demasiada.
Tras limpiar el suelo, acomodó los sacos de abono contra la pared izquierda, apilándolos para liberar el centro del almacén.
Colgó las sogas por grosor y agrupó las azadas y los rastrillos con los mangos hacia arriba.
Los bidones de queroseno los situó en el rincón más alejado de su lecho; aquel olor le resultaba insoportable demasiado cerca.
Por último, dobló las cobijas de Berto y las colocó en el único espacio donde el suelo carecía de grietas.
Cuando terminó, miró el resultado. Había orden. No era mucho, pero era suficiente para que aquello dejara de sentirse como un lugar donde lo habían arrojado como otro objeto más de jardinería y empezara a sentirse como un lugar donde alguien había decidido estar.
Aunque no hubiera decidido estar ahí. Aunque preferiría cualquier otro sitio del mundo.
Y entonces llegó el pensamiento que siempre llegaba. Rebecca.
Esta mañana no había podido besarla mientras dormía.
Le faltaba el sonido de su respiración en el silencio de las cuatro de la madrugada y aquel aroma a menta y lavanda que la habitación de ella conservaba incluso en su ausencia.
No había nada de eso, y sabía que no lo habría mañana, ni el día siguiente.
Él debía asimilar la carencia como asimilaba todo lo demás: aceptándola, archivándola entre las cosas inmutables y obligándose a seguir adelante.
No era una capacidad adquirida en los últimos días; era la práctica de toda una vida.
Siempre lograba adaptarse, tanto a lo bueno como a lo malo.
Por lo general, la desgracia era la norma en su existencia, así que aceptarla le resultaba un proceso mucho más rápido que acostumbrarse a las cosas bonitas.
A eso de las siete de la mañana, la puerta del almacén se abrió. Berto asomó la cabeza con el sombrero de paja que llevaba desde las primeras horas de la mañana, cuando salía a revisar el jardín antes de que el calor del verano se volviera insoportable.
—Ah, muchacho —dijo el jardinero viendo que todo estaba inmaculado, pero no hizo comentarios al respecto—. Ven. Vamos a desayunar.
Lyall miró la escoba. La apoyó contra la pared y salió.
La casita de Berto olía a pan tostado y a algo con huevos y carne que el anciano había traído de las cocinas esa mañana.
La mesa tenía dos platos servidos: uno más generoso que el otro.
Lyall lo notó al entrar, aunque no dijo nada, por supuesto.
El lobo sentó en la misma silla de la mañana anterior y sin esperar ni un segundo atacó la comida con su salvajismo habitual.
El hambre no era una sensación que gradúa; llegaba completa y él respondía con la misma desesperación de cada día.
Berto se sentó frente a él. Anna le había entregado a Lyall el plato más grande, una montaña de comida que contrastaba con la ración de Berto, mucho más ajustada a su edad y oficio. El jardinero aceptó la diferencia sin una sola objeción; al contrario, se lo cedió todo con un gesto amable.
Aunque ignoraba que Anna lo había dejado sin cenar la noche anterior, Berto comprendía aquel apetito feroz.
Lo atribuía a los años de guerra o, tal vez, a algún tiempo pasado en una granja donde el hambre era común; sabía que las huellas de la escasez no se borraban con apenas un mes de raciones regulares.
Por eso, observaba al joven comer sin juzgarlo ni un poquito y solo se dignó a comer durante unos minutos. Pero, luego de un rato, alzó la vista.
—¿Cómo dormiste, muchacho? ¿Tuviste frío por la noche?
Lyall lo miró desde el plato. Tenía la boca llena, así que terminó de masticar con calma.
Berto le planteaba una pregunta. Aquello lo detuvo por un instante, pues no era lo habitual; nadie solía importarle cómo había dormido, qué sentía o si el frío le había entrado en los huesos.
Solo Rebecca era la que hacía ese tipo de preguntas.
«El anciano es raro…», pensó.
Sin embargo, al evocar a su Rebecca, recordó lo que ella siempre le pedía: hablar.
Ella se alegraba al escucharlo en las raras ocasiones en las que él se expresaba con palabras.
Le decía que continuara, que le encantaba el sonido de su voz.
Y como todo lo demás parecía escapársele de las manos en aquel momento, al menos aquello estaba bajo su control: practicar.
Hablaría, aunque le costara; lo haría por ella, para imaginar que le arrancaba una sonrisa.
«Debo practicar», se repitió mientras tragaba el desayuno.
—Dormí… sin frío —dijo.
La voz le salió ronca, como siempre, arrastrando las palabras con esa lentitud de quien construye la frase piedra por piedra. Luego bajó la vista al plato y siguió comiendo.
Berto sonrió.
—Ah, con que no eres mudo del todo. —El anciano asintió para sí mismo—. Supongo que tienes algún problema en la cabeza y por eso no hablas bien. ¿Serás medio tonto?
Lyall levantó los ojos del plato al escuchar esa palabra.
No fue una reacción de dolor ni de protesta; fue reconocimiento.
Esa palabra la había escuchado antes, muchas veces, en la voz del sargento Wallace que alternaba entre «estúpido», «imbécil» y «tonto» según el estado de su humor o la situación.
Como la que más se repetía era la primera, él había asumido que era la más precisa.
—Soy… estúpido —dijo, y volvió a su comida como si nada.
La seriedad con que él dijo aquello le resultó tan ridícula a Berto que no pudo evitarlo: soltó una carcajada.
No fue una risa fingida para ser amable.
Fue un estallido auténtico que le nació del pecho, con la fuerza de los hombres que han vivido tanto que ya no miden si es oportuno o no reírse.
Berto se pasó el dorso de la mano por el ojo para limpiarse una lágrima y sacudió la cabeza, tratando de recuperar el aliento.
A Lyall también le apareció una sonrisa. No supo por qué exactamente, pero la risa del anciano tenía algo contagioso, algo que su cuerpo reconoció antes de que pudiera razonarlo.
—Pues no sé si eres estúpido o no —dijo Berto, recuperando el aliento—. Aunque es raro que hables tan lento y tan poco, te lo digo yo.
Lyall miró al jardinero por un momento, aun con rezagos de su sonrisa, desvió la mirada hacia el estante en la pared.
Había dos libros apoyados ahí, empolvados, con los lomos algo desgastados por el tiempo.
Los vio la primera noche en la casita, pero en aquel momento no los procesó muy bien. Ahora sí.
—Libros… —dijo, señalando el estante—. Biblioteca.
Berto giró en su silla para mirar hacia donde apuntaba el exsoldado.
—¿Sabes leer y escribir?
Lyall asintió. Tenía los dedos manchados de grasa por la carne que Anna también le puso en su desayuno.
Luego él cerró la mano y apretó las yemas, imitando el agarre del lápiz.
Mantuvo el ángulo exacto que Rebecca le enseñó en la biblioteca, cuando ella le guiaba los trazos con paciencia.
Sentir la posición de los dedos le trajo de golpe el recuerdo del roce de sus manos.