El palacio de alba
Ala mañana siguiente, en el lecho de la reina madre de Sabaoth, el ambiente se sentía pesado.
Aquella lujosa habitación, con sus cortinas color burdeos, bloqueaba cualquier luz natural a toda hora; Alba había decidido hacía años que el sol entraría solo bajo su orden, y bajo ninguna otra circunstancia.
Las lámparas de aceite en los apliques de la pared proyectaban una iluminación amarillenta, otorgando a todo un tono cálido y artificial.
Era la luz que aplana los años de un rostro o los magnifica según el ángulo; en el caso de Alba, a sus cincuenta y cuatro años y con el cabello rojizo perdiendo terreno ante las canas, aquel brillo era amable con ella.
Pero aquello pertenecía al pasado. Ahora, aquel exsoldado servía para un propósito muy distinto: estaba allí únicamente para atender a su reina en la cama.
Durante los primeros cuatro años, el antiguo sargento lo vendió a diversos compradores, hasta que el año pasado terminó en manos de un noble cercano a la familia real.
Este lo utilizó para el entretenimiento doméstico propio y de su esposa cada noche, hasta que la reina madre lo descubrió en un evento semiprivado donde la nobleza exhibía sus adquisiciones más exóticas.
Alba no pudo evitarlo; había heredado de su difunto esposo el gusto por los hombres de cabello negro y ojos azules.
Era un detalle que jamás admitiría en público, pero que en privado no intentaba negar, pues la privacidad era el espacio donde no necesitaba fingir.
Compró al muchacho en cuanto lo vio, destinada a usarlo para su placer sin sospechar que aquella había sido la única función de A-7854 con sus anteriores amos desde que terminó la guerra.
Tras el primer encuentro, descubrió que era todo un experto.
Encantada con el resultado, lo usaba cada noche y ahora, en un nuevo amanecer, ella observó cómo él se levantaba del lecho con la eficiencia de dar por terminada una tarea.
Buscó su ropa en el suelo, se vistió con movimientos mecánicos pero precisos y esperó la siguiente orden.
Para el muchacho, la misión solo había cambiado.
Eso era todo lo que albergaba su mente al pensar en su existencia actual.
Antes, el deber consistía en volar, reconocer, atacar y sobrevivir, o morir si era necesario.
Ahora, la misión era cumplir con su cuerpo según las instrucciones de su nueva sargento, con la misma dedicación empleada en el pasado.
No sentía preferencia ni disgusto. Había una tarea y la realizaba bien, tal como su primer instructor, su pervertido sargento, le había enseñado.
Si se le preguntara si disfrutaba de su ocupación actual, no habría tenido respuesta.
El placer o el rechazo no eran categorías válidas en su marco de referencia.
Las cosas se hacían o no se hacían. Aquella se hacía.
Él no era como Tiger o como Lyall, capaces de enamorarse al recibir un trato humano; al no haber conocido nada parecido, mantenía la mentalidad fría inculcada que le construyeron desde la infancia. Aquello era solo una misión más.
—Bien, Águila —dijo Alba desde el otro extremo del cuarto, recogiéndose el cabello con movimientos rápidos—. Ya puedes irte. Hoy no quiero que me bañes; no estoy de humor. Ve a tus asuntos. Te espero en la noche.
A-7854 hizo una reverencia: limpia, en el ángulo exacto y con la duración apropiada. Se vistió y salió. Alba lo vio marcharse sin dedicarle más que aquel gesto.
Ella se acercó al lavabo. La jarra contenía el agua limpia que cambiaban cada mañana.
Se aseó ella misma; había días en que rechazaba manos ajenas sobre su cuerpo, incluso para una tarea tan neutral.
Luego, buscó su ropa. No esperaba que sus doncellas la vistieran; conservaba la habilidad de hacerlo sin ayuda, capacidad adquirida en los años previos a convertirse en la figura de poder que era ahora.
En aquel tiempo, como concubina del rey, la supervivencia dependía de no necesitar a nadie para lo básico.
Los hábitos de la escasez no desaparecen con la abundancia.
Poco después terminó de vestirse y se observó en el espejo largo del armario mientras ajustaba el vestido azul oscuro. Sin corona. Aquel objeto era para eventos oficiales y audiencias; para los momentos donde el símbolo importaba más que la persona. Aquella mañana no necesitaba el símbolo.
Salió al corredor. El ala privada del palacio real era distinta a la que la corte conocía: menos decorada, más útil. Las paredes lucían tapices sin frescos elaborados y las alfombras eran gruesas, de colores que no exigían atención constante.
Poco después, un mensajero la interceptó. Era un joven con la librea de los encargados de comunicaciones externas, responsable de coordinar la correspondencia hacia la nobleza.
—Su Majestad —dijo con una reverencia inmediata—. La carta fue enviada a lady Lara Ederways ayer por la tarde.
Alba asintió.
—Perfecto. Espero que mi hijo se case con aquella jovencita este mismo mes. No podemos esperar más; él necesita una reina consorte con urgencia.
Luego de escuchar a la reina, el mensajero dudó. Fue solo un instante, pero Alba lo captó; llevaba décadas interpretando esas fracciones de segundo donde se decide si confesar algo incómodo o guardarlo.
—¿Hay algo que debas decirme? —preguntó ella viendo al mensajero de pies a cabeza.
—Su Majestad sí. Debo informarle algo. La carta que usted redactó... no fue la que se envió a lady Ederways —dijo, carraspeando para aclarar su garganta.
El pasillo pareció enfriarse para Alba.
—¿Qué has dicho?
El mensajero tragó saliva, invadido por un nerviosismo repentino, como si la falta fuera suya.
—Cuando estaba a punto de enviar la carta, recibí órdenes del rey. Él deseaba enviar una carta propia, Majestad. La que usted preparó fue... reemplazada. El rey escribió la suya y esa fue la que partió con el mensajero.
Alba no respondió de inmediato. Su rostro permaneció impasible en una máscara que ocultaba el estallido que ocurría en su interior.
—¿Dónde está el rey ahora? —preguntó, y su voz salió con esa calma que era más disciplina que tranquilidad.
—En el salón de juegos, Majestad.
Alba le hizo un gesto con la cabeza que era despido y agradecimiento al mismo tiempo, y el mensajero entendió ambas cosas. Desapareció.
Ella retomó el camino. Solo que ahora en dirección diferente.
La música se escuchaba antes de llegar. No era el sonido de la orquesta en los salones formales, con instrumentos de cuerda y composiciones que requerían décadas de formación.
Era un ritmo movido, interpretado por músicos contratados para que el estruendo anulara cualquier necesidad de conversación seria; el ambiente exacto que Caín deseaba: ruidoso, febril, carente de obligaciones.
Resultaba evidente que habían amanecido allí; ninguno de los presentes se había retirado a dormir.
Alba abrió las puertas del salón de juegos sin llamar.
El espacio era amplio, con mesas de cartas en un extremo y un área central despejada donde el escándalo contaba con testigos múltiples.
Los nobles que rodeaban al rey tenían entre veinte y cuarenta años; compartían aquella característica que Alba identificaba con precisión: eran personas que prosperan junto a un poder carente de criterio, pues tal combinación siempre requiere títeres dispuestos a validar sus excesos.
Caín ocupaba el centro de un sillón enorme, con los brazos extendidos sobre el respaldo y la sonrisa de haber bebido el tiempo exacto para estar eufórico sin llegar a la incapacidad.
En su regazo, descansaba una mujer con el vestido caído, exponiendo sus enormes y esponjosas tetas; su rey mantenía la cabeza inclinada hacia aquel territorio, con el interés de haber hallado algo más entretenido que cualquier política de Estado.
Los presentes estallaban en carcajadas mientras Caín hundía el rostro entre los senos de la cortesana. Los músicos tocaban amenizando el lugar.
Alba entró sin alterar el paso.
Las cabezas empezaron a girarse. Primero los más cercanos a la puerta, luego el resto; aquel efecto en cadena que surge cuando una presencia irrumpe en un espacio y la atmósfera reconoce el cambio antes de que se pronuncie una sola palabra.
Las conversaciones cedieron. Las risas se cortaron como velas apagadas una por una.
Incluso los músicos se detuvieron, aunque nadie lo había ordenado todavía.
Alba recorrió el salón con la mirada.
—Retírense —dijo.
No fue un grito. No era necesario. Poseía aquella voz que, en la escala adecuada, lograba el mismo efecto sin gastar energía.
Los nobles que acompañaban a su hijo empezaron a desfilar hacia la salida con la rapidez de haber aprendido que, cuando la reina madre hablaba en aquel tono, los segundos contaban.
Las prostitutas también se marcharon, aunque con la cautela de no saber si estaban incluidas en la orden general, o si debían esperar una instrucción específica. Ninguna aguardó.
Los músicos salieron con sus instrumentos. En menos de dos minutos, el salón quedó reducido a dos personas.
Caín se había incorporado en el sillón con la postura de haber sido arrancado de su comodidad por el movimiento ajeno.
Se pasó una mano por el cabello, revuelto por las horas de descuido de su noche desenfrenada.
Su bigote, que por lo general estaba encerado con rigor, ahora mostraba la fatiga de una jornada donde la higiene personal había dejado de ser prioridad.
Miró a su madre con la expresión que reservaba para las conversaciones carentes de interés, decidido de antemano a no hacerse cargo de ellas.
—Madre —dijo, con aquel tono que mezclaba el saludo con el reproche de sentirse interrumpido—. ¿Siempre tienes que entrar así?
Alba se acercó. Se sentó en el sillón libre más cercano, cruzó las manos sobre el regazo y lo miró.
—Me han informado que cambiaste la carta que redacté para lady Ederways —dijo, directa—. ¿Qué enviaste en su lugar, si se puede saber?
Caín suspiró con aquella exageración que ella llevaba décadas soportando y que nunca había dejado de irritarla en la misma medida.
—Ah, eso —hizo un gesto vago, restándole importancia con la mano—. La cambié porque escribiste que solo podía venir ella. Yo añadí que trajera a una acompañante.
Se recostó de nuevo, desparramado en el sillón con los brazos extendidos.
—Si la que viene con ella es bonita, podría elegir a esa en lugar de a Lara, o como sea que se llame —añadió mientras se rascaba la cabeza con pereza—.
Solo quería divertirme un poco, madre; no seas dramática.
Si la otra no me convence, me casaré con la tal Lara y ya tendrás la reina consorte que tanto te desvela.
Alba cerró los ojos durante exactamente dos segundos. Luego, los abrió.
—En fin —dijo, con aquella calma que era la forma más eficiente de comunicar que terminaba una conversación carente de sentido—.
Solo quiero que tengas herederos. Enfócate en eso.
Y en cuanto a tus diversiones... —su vista se desplazó un instante hacia el punto donde la mujer había estado minutos antes— al menos hazlo dentro de tu habitación.
Los sirvientes hablan, Caín. No quiero que te tilden de ser un rey que solo piensa en sus excesos.
La corona necesita algo más que eso para mantenerse en pie.
Caín la miró con los ojos entrecerrados y suspiró con fastidio.
—Sí, madre —dijo al final—. Lo que tú digas.
Alba no le respondió. Se levantó con la fluidez de no necesitar apoyo alguno para incorporarse y caminó hacia la puerta sin prisa, con aquella postura que en cincuenta y cuatro años nunca había cedido un centímetro.
La puerta se cerró tras ella. Caín observó el salón vacío durante un momento. Luego, llamó al sirviente que aguardaba afuera para que los músicos volvieran.