Lágrimas tras la madera
La cena en la mansión Bethel fue más silenciosa que las anteriores. No era la clase de silencio que ocurre ante la falta de temas; era el tipo de mudez que surge cuando hay demasiado por decir y nadie sabe cómo empezar, o cuando lo dicho ha dejado un hueco que nada ha logrado llenar todavía.
Lord Adriel mantuvo la vista en su plato la mayor parte del tiempo.
El doctor Walter se ocupó de su comida con aquella neutralidad que, a esas alturas, era prácticamente una postura corporal.
Rebecca apenas probó bocado; si ya solía comer poco en sus días buenos, aquella noche no resultó una sorpresa que ignorara su alimento.
Y Lyall no estaba.
El espacio donde solía colocarse, de pie tras la silla de Rebecca después de haberla acercado a la mesa, permanecía desierto.
No era un hueco grande ni prominente, pero su ausencia poseía un peso que ella notaba cada vez que desviaba la mirada con disimulo: la confirmación de que el lugar seguía vacío.
Afuera. El lord había dicho afuera, y aquello significaba lejos de la mesa, de la cocina y de los corredores iluminados. Significaba el almacén, con sus sacos de abono, sus bidones de queroseno y aquel olor que mezclaba tierra, aceite y madera vieja.
Rebecca no pronunció una sola palabra. Anna tampoco hizo comentarios; servía y retiraba platos con una eficiencia silenciosa, evitando añadir nada más a una situación ya saturada.
Cuando la cena terminó y lord Adriel se retiró a su estudio, Rebecca permaneció en su silla un momento. Luego alzó la vista hacia el ama de llaves.
—Dile a Lyall que ya puede entrar y que me lleve a mi habitación.
Anna asintió sin replicar y salió.
Rebecca esperó en el comedor con las manos sobre el regazo, fija en la oscuridad del jardín tras la ventana.
Se preguntó qué estaría haciendo él en aquel rincón.
Si habría conseguido acomodarse o si pudo darse un baño; si estaría leyendo o si el ambiente del almacén empezaba a asfixiarlo.
Se preguntó, sobre todo, si él la recordaba con la misma constancia.
Lo más probable era que sí. Él, sin duda alguna, estaría pensando en ella.
Poco después, escuchó los pasos en el corredor.
Los reconoció de inmediato: aquella cadencia regular y pesada que aceptaba su propio volumen y lo llevaba sin disimulo.
Él se detuvo en el umbral un segundo para evaluar el salón del comedor; un reflejo instintivo antes que un pensamiento. Luego, entró.
Rebecca lo miró.
Tenía el cabello algo revuelto y vestía la ropa que Anna le había entregado esa mañana, ahora impregnada con un polvo del almacén imposible de sacudir.
Pero su rostro estaba bien. Aunque sabía que lo estaba desde temprano, pero, aun así, verle tan ileso todavía la sorprendía.
Al quedar cara a cara, le sonrió a su lobo.
Su sonrisa no fue amplia; cargaba con demasiadas cosas para eso.
Pero fue real, con la calidez que le brotaba al verlo.
Lyall le devolvió el gesto con su mueca característica, aquella versión contenida de su alegría más grande, y se acercó para sujetar los agarres de la silla sin necesidad de que Rebecca se lo pidiera.
Sin perder tiempo, la sacó del comedor rumbo a las escaleras.
Al llegar, la cargó con la rutina de siempre: un brazo bajo las rodillas para ajustarla contra su pecho amplio mientras ella se amoldaba a él, manteniendo la silla en la mano libre.
Rebecca apoyó la cabeza en su hombro durante el trayecto; un gesto instintivo, como apoyar la mano en una superficie familiar sin necesidad de verificar su firmeza.
Al subir al segundo piso, los recibió la luz de los candelabros. El pasillo estaba desierto hasta que alcanzaron la habitación de Rebecca.
Anna ya esperaba allí.
Permanecía junto a la puerta con el delantal impecable y la postura rígida de no haberse movido para no conceder ni un centímetro de terreno.
Miraba a Lyall con la expresión de tener enfrente un problema sin solución satisfactoria, la ama de llaves sentía dentro de ella una rabia residual mezclada con la resignación de aceptar la realidad de la situación.
Lyall la vio, pero no alteró el paso.
Entró a la habitación. Depositó a Rebecca en la cama con la delicadeza de siempre. Puso la silla en su lugar junto a la pared. Luego se arrodilló frente a ella y comenzó a quitarle los zapatos.
Anna entró detrás de ellos.
Se colocó junto a la pared con los brazos cruzados como una centinela vigilando cada movimiento entre ellos. Rebecca sintió aquella vigilancia como una presión física; la incomodidad de saberse mirada en un momento que no debía ser observado. Sus dedos se cerraron sobre los apoyabrazos.
—Anna —dijo en un susurro que intentaba contener su molestia.
—¿Señorita? —preguntó la mujer, levantando la barbilla.
—Vete.
—Tengo órdenes, mi lady. Lord Adriel pidió que…
—¡Anna, vete, —la interrumpió—lárgate! ¡No tienes que vigilarme! —La voz de Rebecca subió con una temperatura que rozaba el grito—. ¡Déjame sola! ¡Fuera! ¡Vete, vete, vete! —esta vez sí gritó, incapaz de soportarlo más.
Anna retrocedió un paso, sorprendida. Hacía meses que no presenciaba algo así.
Los ataques de Rebecca eran legendarios en la mansión, restos de los años donde la enfermedad avanzó y su mundo se redujo.
Existían fases: meses de calma donde Rebecca lo contenía todo con una disciplina inexplicable, seguidos de momentos donde la presión acumulada estallaba sin aviso.
Anna la había visto peor, mucho peor, pero había pasado demasiado tiempo y la sorpresa fue real.
Para no alterarla más —consciente de cómo aquello castigaba su salud—, la mujer retrocedió y se marchó sin decir palabra; salió casi en una carrera y cerró la puerta tras ella.
Lyall ni siquiera prestó atención a la huida de Anna.
Su enfoque estaba bloqueado en la agitación de Rebecca; por eso, abandonó su posición de cuclillas y se incorporó.
No fue un movimiento brusco, sino la reacción de evaluar en décimas de segundo la necesidad del momento.
Rodeó a Rebecca en un abrazo, con el cuidado de siempre.
No buscó calmarla con fuerza; solo estuvo ahí, ofreciendo el peso de sus brazos como un recordatorio de que aún había suelo firme debajo.
Rebecca tensó los hombros, pero terminó por soltarlos. Lyall bajó la cabeza hacia ella.
—Mañana... estaré aquí —susurró.
Fue lo máximo que logró articular, aunque el lobo rugía por decir más.
Sentía en el pecho una carga que no cabía por su garganta; aquel choque brutal entre el pensamiento completo y la versión reducida que llegaba a su boca.
Quería decirle que olía su tristeza desde el corredor y que aquello lo perturbaba más que el almacén o cualquier dolor físico.
Quería decirle que, aunque los separaran, él seguía siendo suyo; que la lealtad no era una condición del espacio, sino algo que no dependía de dónde durmiera.
Pero no supo cómo. Comunicarse era más difícil de lo que parecía, y apenas empezaba a comprenderlo.
«Si no me hubieran quitado eso… si me hubieran entrenado para ser un soldado que habla. Hablar no es malo; podría decirle a mi sargento todo lo que tengo agolpado en la garganta», pensó mientras la estrechaba, sin querer soltarla. Al final, repitió:
—Mañana... estaré aquí.
Rebecca lo abrazó de vuelta, rodeando su cuello con aquellos brazos débiles. No tenían mucha fuerza, pero él recibió el contacto como si fuera la carga más pesada del mundo, sosteniéndola con gusto.
—Sí —susurró ella—. Mañana. Lyall... hasta mañana. Te extrañaré mucho…
Lyall cerró los ojos. Apretó el abrazo un segundo más antes de soltarla, midiendo cada gramo de su fuerza. Luego regresó a su posición normal y salió de la habitación.
La puerta se cerró detrás de él.
Lyall se detuvo en el corredor.
Se quedó ahí, parado frente a la puerta de madera con tallados de flores, con la espalda recta y las manos a los costados. Escuchó.
Al principio, nada.
Luego, con aquella nitidez que sus oídos poseían y que nunca lograba apagar, llegó el sonido. Suave. Irregular. Era la respiración entrecortada de llorar en silencio para evitar ser escuchada. Rebecca había comenzado a llorar.
Lyall puso la mano en la puerta. No para empujarla; solo para establecer contacto con la madera, como si aquel toque físico bastara para acortar la distancia entre ambos lados.
—Todo esto es tu culpa.
La voz de Anna llegó desde su derecha. La mujer no se había marchado; esperaba en el pasillo a que el lobo saliera. Permanecía a pocos metros de él, con los brazos cruzados y la expresión que llevaba todo el día acumulando, aguardando el momento exacto para soltarla.
—Nunca debí haberles abierto la puerta cuando los vi aquel día. A ese sargento y a tu horrible versión de ese día, asquerosa y salvaje. Sabía que traerías problemas.
Anna suspiró.
—Ahora la señorita está...
Se detuvo. No pronunció las palabras. Decir "está enamorada de ti" era demasiado para admitirlo en voz alta; resultaba una realidad aterradora aceptar que su señorita estaba embarazada y perdida por un sirviente capaz de transformarse en una bestia de ojos azules.
—Vamos. No vas a cenar —sentenció, recorriéndolo con desprecio de arriba hacia abajo—. Mañana espera al desayuno. Hoy te castigaré sin cena; no te la mereces. Si por mí fuera, te mataría de hambre, pero no puedo hacer eso.
Sin decir más, avanzaron por el corredor hacia las escaleras. Anna no se volvió a mirarlo ni una sola vez.
—Dañaste a la señorita Rebecca.
Lyall la siguió sin decir nada. Sus pasos sonaban tras los de ella, constantes, mientras el llanto de Rebecca se atenuaba con la distancia hasta que el pasillo dobló y el silencio lo cubrió todo.
Anna seguía hablando con aquel tono bajo de llevar horas guardando veneno, soltándolo ahora sin esperar una respuesta que sabía que no llegaría.
Lyall no la escuchaba. Sus oídos registraban las palabras, pero su mente permanecía en otro lugar.
Rebecca lloraba.
Era su culpa. Lo entendía porque se lo habían repetido hasta el cansancio y porque, en su lógica de soldado, los resultados eran responsabilidad del que estaba a cargo de la misión.
Él llegó a la mansión después de que el sargento Wallace lo vendiera al comandante.
Cumplió su misión de cuidarla. Aprendió a leer, a escribir a calzar sus pies y a abrocharse los botones en orden.
Besaba a su sargento cuando ella se lo pedía y estuvo con ella de noche porque así ella lo quería, y por supuesto… él también.
Ahora, Rebecca estaba sola llorando y él tenía que dormir afuera.
Había un bebé creciendo en su barriga; era suyo, aunque no comprendiera cómo cabía una vida en ese espacio.
El capitán Ritwall quería castigarlo y el doctor Walter sonreía de una forma que encendía sus instintos.
Anna tenía razón: él causó todo este desorden.
Pero no sentía remordimiento. Si pudiera elegir, lo haría todo igual. Lo haría dos o tres veces más sin dudarlo. Besaría a Rebecca con más intensidad, se acostaría con ella, golpearía a Dante con más fuerza y volvería a poner un bebé en el vientre de su amada las veces que hiciera falta.
Aquello era lo que de verdad lo perturbaba. No el frío del almacén, ni los cargos de los Ritwall, ni el brazo quemado que ya se había curado. Le perturbaba no arrepentirse de nada y, sobre todo, no poder hacer nada para ayudarla ahora.
En la guerra, las misiones fallidas tenían causas claras: mala inteligencia, terreno desconocido o errores de cálculo.
Se podían arreglar analizando el fallo y ajustando el plan.
Pero esto no era un mapa ni una emboscada; era Rebecca sufriendo por actos que él volvería a cometer con gusto, pero que eran malos, y no encontraba el ajuste táctico para detener su llanto.
Nada parecía tener solución. Rebecca estaba triste y atrapada en una situación causada por él, sin haber comprendido mientras ocurría que estaba provocando aquel desastre.
No había forma de deshacer las semanas pasadas.
No podía lograr que los Ritwall dejaran de existir sin consecuencias mayores para la familia del comandante.
No podía devolverle la castidad a Rebecca ni hacer que el bebé no existiera si ella lo deseaba.
Porque, aunque no sentía remordimiento, sabía que aquello era "malo". Todo estaba mal.
No sabía cómo solucionar esto.
Aquel vacío era peor que cualquier herida.
Peor que un brazo quemado, que los golpes, que el frío de la piedra o el olor a queroseno.
Sentirse atado era lo que más le dolía; estar frente a una misión imposible de ejecutar cuyas consecuencias recaían directamente sobre la persona que más le importaba.
Rebecca lloraba y él no podía hacer nada. Aquello era su único dolor real.
En ese instante Anna ya no hablaba. Al llegar al patio trasero, señaló el corredor exterior hacia el almacén con un gesto breve. Ya no había odio en su mirada, solo una sequedad amarga. Se giró y volvió adentro.
Lyall se quedó parado en el patio. La noche era clara y las estrellas brillaban.
El olor del jardín recién podado se sentía en el aire, mezclándose con el frío limpio de esas horas de la noche.
Miró el almacén y luego el cielo. Pensó en Rebecca en su cama grande, acomodando las almohadas hasta encontrar la posición exacta que no le causara dolor en las articulaciones.
Pensó en la mano de ella extendiéndose a oscuras hacia el lado izquierdo de la cama, buscando por instinto un pelaje negro que no estaría allí.
Esta noche no encontraría nada.
Lyall respiró hondo y entró al almacén, dejando la puerta medio abierta. Se sentó en el suelo con la espalda contra la piedra fría y las rodillas contra el pecho. No se transformó. Permaneció humano en la oscuridad, pensando en una misión que no sabía cómo ganar.
Pero tenía que ganarla. De alguna forma que aún no veía.
Aquello era lo único que le quedaba: la certeza de que existía una salida. Las misiones siempre la tenían. La diferencia radicaba en encontrarla a tiempo. Tenía que lograrlo por Rebecca, por el bebé y por la vida que el mundo exterior quería desmantelar. Tenía que encontrar la forma de ganar.
Aunque todavía no supiera cómo.