El piano de lara #3
La carta era una invitación personal del Rey Caín I de Sabaoth.
Él la invitaba a cenar en el palacio real dentro de dos noches.
El rey expresaba que su presencia en el gran baile le había causado una impresión muy favorable y que deseaba conocerla mejor en un contexto más íntimo y tranquilo.
La cena sería pequeña, privada, sin el aparato formal de los eventos masivos.
Podía traer una acompañante femenina si lo deseaba.
Se le pedía que asistiera bonita, que así le convenía, y que confirmara su asistencia con el mensajero que esperaba respuesta.
Lara terminó de leer y los pulmones le fallaron durante un segundo.
Luego saltó.
No fue un salto elegante. Fue ese tipo de salto que ocurre cuando el cuerpo no encuentra otra forma de procesar algo que lo desborda, con las manos levantadas y un sonido que salió de su garganta y que era mitad risa y mitad algo que no tenía clasificación exacta.
—¡Por todos los dioses! ¡El rey me ha invitado! —exclamó hacia Petra, con la carta temblando en su mano—. ¡El rey Caín quiere cenar conmigo, Petra! ¡En cinco noches! ¡Tan solo en cinco noches!
Petra sonreía con la satisfacción de haber previsto aquella noticia, disfrutando de forma sincera de la reacción de su señorita.
—Gracias, Petra —dijo Lara, cerrando los dedos con fuerza sobre el papel—. Puedes retirarte.
—Como guste, mi lady.
La doncella hizo una pequeña reverencia y salió cerrando la puerta con una discreción que en ese momento Lara ni registró.
Cuando ya estaba sola, Lara se giró hacia el piano.
Tiger estaba sentado justo donde lo había dejado, con las manos sobre las piernas ahora, mirándola.
Su expresión era la de siempre, esa lectura tranquila de lo que ocurría alrededor sin interferir en ello, pero Lara había aprendido a leer los matices de esa expresión y lo que vio ahora era atención. Le estaba prestando toda su atención.
Cruzó el salón y llegó hasta él. Se detuvo frente al banco del piano.
—¡Oh, por todos mis antepasados, Tiger! —dijo, y su voz todavía tenía esa vibración de la emoción sin procesar—. ¡Iré al palacio real! ¡El rey me invitó! ¡Una cena privada, solo conmigo, quiere conocerme mejor!
Volvió a saltar, porque había demasiadas cosas metidas en su pecho y los saltos eran la única válvula que el cuerpo encontraba en ese momento para algo.
Tiger sonrió al ver a su sargento Lara tan feliz.
Su sonrisa era real, más amplia que la habitual, con algo sincero que no siempre aparecía en su cara porque él no tenía la práctica social de construir expresiones para el consumo de los demás.
Era nada más la respuesta directa a verla así, eufórica, con los ojos brillantes y la carta apretada en la mano.
Le gustaba verla contenta. Le gustaba cuando saltaba de esa forma y el cabello le caía sobre los hombros.
Eso era lo único que procesó en ese instante y fue suficiente para que la sonrisa llegara sola.
Lara lo vio sonreír y por un segundo la emoción se mezcló con algo más suave.
Luego parpadeó y retomó el hilo.
—Sin embargo —dijo, con un tono que bajó apenas, sin perder la alegría, pero añadiendo algo más serio—, no puedo llevarte. El rey dijo que solo una acompañante, y tiene que ser una mujer.
Tiger la miró sin que nada en su expresión cambiara de manera dramática. Escuchaba.
—Así que llevaré a mi amiga Rebecca. Aunque igual y si puedo llevarte, una lady no puede salir sin su escolta —Lo dijo con una certeza que no necesitaba deliberación—.
Quiero ir con ella porque recuerdo lo odiosa que se puso cuando se enteró de que no la habían invitado al gran baile.
Cómo se le desgarró el orgullo. Como si ella fuera menos que las demás solo por su silla de ruedas y todo lo demás —Hizo una pausa breve—.
Y ahora tengo la oportunidad de llevarla conmigo, no a un evento masivo donde habría tenido que pelear por la atención de todos, sino a una cena íntima. Al palacio real.
Asintió para sí misma.
—No tengo ni siquiera a otra persona en mente.
Es mi amiga, aunque la última vez que nos vimos yo me fui enojada, pero bueno, tampoco es que fue la gran cosa, ya sé que Rebecca a veces es una gruñona.
—Un gesto breve con la mano que descartaba ese episodio—.
En fin, las amigas de verdad no dejan que esas cosas importen demasiado tiempo.
Iré mañana a decírselo. ¡Mañana mismo voy a la mansión Bethel!
Se acercó a Tiger y lo abrazó.
Fue un abrazo sin ceremonia, los brazos de ella le rodearon los hombros desde el frente, con ella de pie y él sentado en el banco del piano, lo que hacía que sus cabezas quedaran más o menos a la misma altura.
Tiger levantó los brazos y la rodeó también, sus manos grandes en su espalda, con esa presión medida que tenía, suficiente para que el abrazo se sintiera real, pero sin el peso de quien olvida cuánta fuerza tiene.
Lara apoyó la mejilla en su hombro durante un segundo.
Tiger pensó, en ese instante, que la mansión olía bien cuando Lara estaba contenta. No era una observación lógica, pero era la que tenía. Cerró los ojos un momento.
No tenía idea de que esa cena era para determinar si Lara podría convertirse en la próxima reina de Sabaoth. No tenía el contexto para entenderlo, aunque se lo hubieran explicado. Lo único que procesó fue lo que veía: su Lara estaba feliz y él estaba abrazándola.
La misión del momento era perfecta.