El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El piano de lara #2
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El piano de lara #2

Lara lo sabía: estaba enamorada de Tiger.

Pero elegía de manera muy activa no afrontarlo.

Admitirlo significaba cruzar una línea que la sociedad de Sabaoth consideraba infranqueable; significaba aceptar que se había enamorado de un exsoldado al que el mundo miraba como una herramienta con patas.

Era mucho más sencillo seguir besándolo en el salón de música cuando nadie miraba y llamarlo capricho.

Ella no era una mala persona; es solo que conocía su realidad y había decidido que mirarla de frente era un lujo inalcanzable.

Además, no había cruzado todos los límites.

Lara, a diferencia de Rebecca —que vivía cada día como si fuera el último debido a su enfermedad—, tenía el hábito de imaginar las consecuencias.

Sabía que acostarse y tener sexo con Tiger traería resultados demasiado concretos: ya no sería casta, y eso importaba.

Importaba en el mercado matrimonial que seguía siendo su futuro, importaba para su padre y para el apellido que cargaba.

Así que Lara mantenía la línea con una firmeza que a veces le costaba mantener. Y, mientras tanto, fantaseaba con que su futuro esposo fuera rubio.

Con todo eso en mente, acomodó el cabello corto de Tiger con los dedos, un gesto íntimo que él recibió con aquella quietud que a ella le parecía lo más relajante del mundo.

—Sí —dijo Lara, más para sí misma que para él—. Rubio. Definitivamente. Mi esposo será rubio y de ojos marrones como los tuyos, Tiger.

Luego se incorporó en el banco y señaló el piano con un movimiento de cabeza.

—Tiger, haz lo que te enseñé.

Él la miró y asintió con la cabeza mientras colocaba las manos sobre las teclas.

Lo que Tiger sabía del piano era todo lo que Lara le había enseñado, ni una nota más ni una nota menos.

Ella había empezado a enseñarle a tan solo una semana después de que llegó a la mansión, en un impulso que en el momento había clasificado como curiosidad y que, si veía en retrospectiva, entendía que era otra cosa muy distinta a eso.

Había visto cómo él se quedaba parado junto a la pared cada vez que ella tocaba, con esa atención absoluta que ponía en todo lo que hacía ella, y algo en esa imagen la había movido a hacer lo que hizo: señalar el banco a su lado y decirle que se sentara.

La lección comenzó con lo básico. Lara nombró cada tecla y guio los dedos de él por el registro; Tiger escuchó con aquella concentración absoluta que absorbía todo sin cuestionar.

Sus manos eran lo opuesto a lo que un maestro de piano desearía: anchas, toscas, con nudillos marcados por cicatrices y acostumbradas a la fuerza, no a la sutileza.

Sin embargo, él retuvo la posición de inmediato y recordó cada nota al primer intento.

El tigre solo tardó diez días en completar una pieza sin errores.

Lara no lo esperaba. Había asumido que sería un proceso de meses y paciencia irregular, pero Tiger aprendía con una velocidad asombrosa.

Algo en él conectaba con la lógica de las secuencias y el orden de las cosas.

Quizás fuera lo mismo que permitía a un soldado memorizar rutas o recordar órdenes bajo presión; la música tiene estructura, y Tiger entendía las estructuras.

Aunque la realidad era otra: los soldados del proyecto Nimrod poseían una inteligencia superior a la que muchos suponían, solo que a pocos les importaba aquel hecho.

Aunque a Tiger le faltaba algo: la expresividad interpretativa.

Cuando Lara tocaba, la música vibraba con matices y aceleraciones que la hacían sentir viva.

Cuando lo hacía Tiger, el sonido era correcto, preciso y limpio, pero sin el color que otorgan los años de sentir la música como propia.

Aun así, él sonreía al tocar, y ver esa mueca de alegría era suficiente para que ella no deseara que parase nunca.

Así pues, los dedos del exsoldado encontraron las primeras notas de la pieza. Era una canción sencilla en do mayor, elegida por Lara porque encajaba en aquellas manos sin exigirles imposibles. Las notas brotaron con una precisión perfecta, estables y planas, pero no desagradables.

Lara lo observaba apoyada en sus codos, con la barbilla sobre las manos, fija en el teclado. Tiger no la miraba; mantenía la vista en las teclas con la vigilancia completa de quien teme ser traicionado por el instrumento. A Lara le resultaba encantador ver su concentración.

Y así, la canción avanzó hacia una pequeña subida de tono. Tiger ejecutó las notas agudas sin titubear, fluyendo sin esperar la confirmación que antes buscaba en ella. Fue en ese momento cuando la puerta se abrió.

Petra, una doncella eficiente que sospechaba la relación de su señorita, pero mantenía una discreción absoluta tras media vida en la mansión, entró con la expresión de portar noticias importantes.

Tiger dejó de tocar al instante.

Las notas murieron a mitad de la frase. Sus manos quedaron quietas sobre el marfil y sus ojos se clavaron en la mujer antes de que la puerta terminara de abrirse; era aquella vigilancia de fondo que la música lograba atenuar, pero nunca apagar en su totalidad.

—Lady Lara —dijo Petra con una breve reverencia—. Ha llegado una carta. Es del palacio real.

Lara se incorporó del banco como si aquellas palabras activaran un resorte físico.

—¿Del palacio real? —repitió, con un tono de voz que ya no intentaba controlar.

—Sí, mi lady. El mensajero la dejó hace un momento.

Lara no esperó a que la doncella cruzara el salón completo.

Fue hacia ella con tres pasos rápidos que casi podían llamarse correr, y le quitó la carta de las manos con una avidez que en cualquier otra circunstancia habría considerado poco elegante, pero en este momento no le importaba en lo absoluto.

El sobre era grueso. El papel costoso, de ese tono crema que solo usaban quienes podían pagarlo. Y en el cierre, el sello de cera roja con la figura grabada del lobo coronado.

Lara lo abrió con dedos que no terminaban de comportarse.

El papel interior estaba escrito con una caligrafía impecable, uniforme, la letra de alguien que escribe bajo instrucción pero que ha añadido algo propio en la forma en que las palabras se inclinan algo hacia la derecha.

Lo leyó una vez, rápido, y luego lo leyó de nuevo, más despacio, como si la primera lectura no hubiera sido suficiente para que el contenido aterrizara completamente.