El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) El piano de lara
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El piano de lara

El salón de música de la mansión Ederways tenía algo que los otros cuartos no tenían: silencio útil.

No era el silencio vacío de los corredores cuando los sirvientes ya habían terminado sus rondas, ni el silencio pesado del estudio donde el lord Ederways revisaba sus cuentas con la concentración hostil que hacía que nadie entrara sin llamar tres veces.

Era un silencio que esperaba algo. Que se llenaba con propósito cuando Lara se sentaba frente al piano de cola que su padre había traído desde la capital años atrás, con las patas talladas y las teclas de marfil que habían adquirido ese tono algo amarillo de los instrumentos que se tocan con frecuencia y no solo se exhiben.

Lara tocaba bien, bastante bien. No era modestia ni soberbia decirlo, era solo un hecho: desde niña había tenido ese oído que convierte la práctica en algo más que práctica, esa capacidad de escuchar la música antes de tocarla y luego reproducirla con una precisión que sus maestras habían celebrado una tras otra durante años.

Ahora que tenía dieciocho y los maestros ya no venían a menos que ella los pidiera, tocaba para sí misma, que era la forma más honesta de tocar.

En ese momento interpretaba una pieza que no tenía nombre.

La había compuesto ella en partes, a lo largo de semanas en esos momentos que no tenía mucho que hacer, agregando una frase aquí, modificando un acorde por allá, hasta que el conjunto adquirió una forma que la satisfacía, aunque nunca pudiera explicar por qué.

Era una melodía en registro medio, ni alegre ni triste, sino esa cosa más difícil de nombrar que es el estado entre ambas, la música que acompaña cuando uno está pensando en algo que no termina de resolverse.

Sus dedos se movían por las teclas con la soltura que viene de la repetición. Los hombros relajados. La postura algo inclinada hacia el instrumento, como hacen los músicos que de verdad escuchan lo que tocan en lugar de solo ejecutarlo.

Y detrás de ella, junto a la pared, estaba Tiger. Su tigre…

De pie. Con la espalda recta y los brazos cruzados detrás del cuerpo, en esa posición militar que su columna había aprendido antes que cualquier otra cosa y que nunca terminaba de abandonar, a pesar de que no estuviera en ningún campo de batalla.

Los ojos abiertos, fijos en un punto medio del salón que no era la nuca de Lara, pero tampoco era otra cosa. Él estaba escuchando.

Gracias a su nueva vida en la mansión Ederways, él descubrió que la música lo calmaba.

No era un pensamiento complejo. Tiger no construía pensamientos complejos de la misma forma que otros.

Las cosas llegaban a él directas, sin capas, sin el rodeo de las palabras que en su caso no existían para envolver lo que sentía.

Y lo que sentía cuando Lara tocaba era simple y claro: algo en su interior dejaba de estar tenso.

No era que estuviera tenso todo el tiempo, era más que había una vigilancia constante que su cuerpo mantenía por hábito, una alerta de fondo que no se apagaba ni dormido, y que la música de su sargento Lara conseguía bajar a un nivel que él no había conocido antes de llegar a esta mansión.

Le gustaba estar aquí.

Le encantaba permanecer en cualquier rincón donde estuviera su Lara, pero aquella habitación poseía una cualidad distinta: el piano.

Disfrutaba de las notas que ella arrancaba con aquellos dedos delicados; los mismos que él conocía bien tras verlos escribir cartas, señalar mapas de costura o acariciar la cabeza de su perro llamado Gunter, cuando ella creía que nadie la observaba.

Esas manos producían una esencia invisible que colmaba el aire.

Tiger no sabía qué era el amor.

Nadie le había enseñado la palabra ni su significado.

Sin embargo, comprendía que cuando Lara se alejaba, algo se extraviaba en él, era como una ausencia física que no lograba identificar.

Sabía que cuando ella reía, su pecho respondía con un calor ajeno a cualquier explicación táctica.

También tenía la certeza de que mataría a cualquiera que la tocara sin permiso, y no por cumplimiento de su misión, sino porque la simple idea resultaba insoportable, distinta a cualquier otro escenario de combate.

Aquello era todo lo que sabía. Le bastaba, aunque careciera de un nombre para describir lo que sentía.

En eso, Lara llegó al final de una frase musical y redujo el tempo, sus dedos fueron ralentizándose sobre las teclas hasta casi detenerse. Luego levantó las manos del piano y se giró en el banco, mirando hacia donde él estaba.

—Tiger. —Lo llamó con esa voz que tenía un tono algo diferente cuando se dirigía a él, que cuando hablaba con cualquier otra persona, aunque Lara nunca lo había notado—. Ven, ¿qué haces ahí parado?

Tiger no tardó. La sonrisa que le apareció fue pequeña y se separó de la pared cruzando el salón con pasos tranquilos, sin la urgencia marcial de cuando había una misión de por medio.

Se sentó a su lado en el banco del piano.

El banco era para una persona o para dos personas muy delgadas.

Tiger no era una persona muy delgada. Su hombro quedó contra el de Lara, que no se movió para dar espacio, sino que solo acomodó su posición hacia él, un ajuste mínimo que ninguno de los dos habría podido señalar si alguien les preguntara cuándo ocurrió con exactitud.

Estaban solos. No había doncellas ni sirvientes en el corredor inmediato.

La puerta del salón de música tenía la propiedad de que, cerrada, amortiguaba los sonidos de tal forma que lo que ocurría dentro quedaba dentro, y Lara lo sabía porque era su salón y lo usaba exactamente para…

esa clase de privacidad cuando la necesitaba.

Lo miró. Él la miró de vuelta.

—Labios —dijo ella con una sonrisa pícara.

Tiger no procesó la instrucción de manera consciente, porque no había instrucción que procesar. Era un gesto ya tan incorporado como respirar. Se acercó y la besó.

No fue el primer beso inseguro de un principiante.

Lara le había enseñado con la paciencia específica que reservaba para lo que le importaba de verdad, y Tiger aprendió con la misma eficiencia que aplicaba a cada instrucción.

Él asimilaba rápido; siempre lo había hecho.

El beso fue profundo y apasionado, con lengua, sin prisa, pero carente de torpeza.

Era la clase de beso que Lara decidió que él debía saber darle, y que ahora Tiger ejecutaba con una naturalidad satisfactoria e inquietante en proporciones que ella prefería no analizar.

Cuando se separaron, fue ella la que rompió el contacto.

Tiger permaneció con los ojos entreabiertos un segundo, observándola con el desconcierto de no comprender por qué algo tan bueno terminaba cuando aún podía continuar.

Pero no insistió. Jamás lo hacía. Las reglas de Lara eran ley, y él las acataba con la misma convicción que había aplicado a cada orden recibida a lo largo de su vida.

Lara lo contempló. Le puso la mano en la mejilla, un gesto recurrente de ella cuando buscaba compensar el haber cortado un momento demasiado pronto, justo cuando su propia sensatez empezaba a parecerle una carga excesiva.

Su tigre poseía una piel agradable al tacto. Todo en él lo era; una realidad objetiva comprobada en demasiadas ocasiones como para negarla. Sus ojos cafés, el cabello rubio, corto y pulcro bajo sus dedos. Los pómulos marcados. La mandíbula. El cuello…

Lara retiró la mano antes de que el pensamiento siguiera por aquel camino.

—Sabes, Tiger —dijo, con el tono que usaba al pensar en voz alta para que él escuchara, aunque no pudiera responderle con palabras—, a veces pienso en mi futuro esposo…

Tiger la miraba con aquellos ojos marrones que siempre le dedicaban una atención absoluta. Sin distracciones. Sin el gesto de los que esperan que termines para soltar lo que ya tiene preparado. Solo escuchándola.

—Lo he pensado mucho, no lo voy a negar.

—Acomodó un mechón de su propio cabello castaño tras la oreja—.

Quiero que sea rubio. Como tú. Así, si de los juegos que tendremos cuando me case salieran bebés...

—Se detuvo un instante y sonrió con ese desafío mezclado con diversión que la caracterizaba— ... pues nadie sabría diferenciarlos, ¿no?

Soltó una carcajada sincera, pero bastante corta, con el punto de irreverencia que mostraba al decir en voz alta lo que solía ocultar tras la educación inculcada desde la infancia. Era la risa de reconocer una barbaridad recién dicha y encontrarla graciosa justo por eso.

Por otra parte, Tiger permaneció en silencio, pero algo en su expresión se suavizó.

Una curvatura leve apareció en sus labios, el tipo de gesto que en cualquier otro hombre habría sido una carcajada estruendosa.

Le resultaba gracioso; era evidente en la chispa de su mirada, aunque no habría encontrado las palabras para explicar el motivo.

Lara lo observó sonreír y sintió aquel tirón familiar en el pecho que llevaba meses ignorando con una habilidad admirable.

Porque Lara Ederways no era tonta. Sabía muy bien lo que ocurría en su corazón con una claridad que habría preferido no tener.

Resultaba mucho más manejable mantener aquello en la categoría de capricho, de juego, de excentricidad de una joven noble que encontraba entretenido enseñarle a besar a su sirviente.

Una rareza pasajera que terminaría en el futuro sin mayores consecuencias.

Pero los caprichos no provocaban lo que su pecho sentía cuando él sonreía.

Los caprichos no te mantenían despierta pensando en la forma en que alguien sostiene un tenedor o en cómo descansan sus manos sobre el piano al practicar. Los caprichos no te hacían aplazar conversaciones sobre pretendientes, por el mal humor que te causaba escuchar la palabra.