Palabras que cuestan #2
Sonrió. Fue una sonrisa con un nudo adentro, de esas que duelen un poco porque llevan demasiadas cosas al mismo tiempo. Asintió con la cabeza y se acercó a él. Le dio un beso en los labios, corto pero real y por último sorbió su nariz mientras se limpiaba las lágrimas con el reverso de su mano.
—Sí. Tú eres mío —susurró la muchacha—. Y yo soy tuya. Sin importar qué.
Lyall sonrió. Y habló así con esa voz entrecortada que tenía.
—Soy tuyo… por siempre. Eres mía… por siempre. No importa… nada… más.
Rebecca abrió los ojos de par en par.
—Lyall. —Su voz transmitía un verdadero asombro—. Estás hablando más que nunca. Sigue así ¡Pronto podrás expresarte con normalidad!
Se lanzó hacia adelante y lo abrazó, rodeándole el cuello con sus brazos delgados y apoyando la mejilla contra su hombro.
Él la recibió envolviéndola con aquella presión medida, siempre cuidadoso, y cerró los ojos.
Permanecieron así un momento. Pasados unos minutos, Rebecca abrió los ojos sin separarse todavía de su lobo.
—Lyall —dijo, con un tono más quieto, más serio—. Estoy embarazada.
Lo sintió tensarse apenas.
—Tendremos un hijo. Aquí, en mi vientre, crece una pequeña vida que también te pertenece. Tendremos una familia. No será nada convencional —comentó sonriendo y sorbiendo la nariz.
Luego se separó lo justo para mirarlo. Lyall bajó la vista hacia el abdomen de Rebecca. Estudió el vestido lila, la cintura delgada y la tela que aún no revelaba cambio alguno con la atención detallada que dedicaba a lo que no comprendía muy bien que digamos. Alzó sus ojos azules hacia ella.
En su expresión se leía el desconcierto.
No era falta de voluntad; simplemente, nadie le había explicado nunca el funcionamiento de un embarazo ni casi nada de lo ocurrido en los últimos meses.
Él aprendía observando, oliendo o leyendo cuando alguien ponía un libro en sus manos. Rebecca lo notó y sonrió.
—¿Sabes qué es un embarazo, Lyall?
Él negó de inmediato y ella le acarició el rostro con ternura.
—En la biblioteca hay libros del cuerpo humano —explicó—. Te daré dos para que entiendas nuestra situación actual. Ya lees bien, podrás con ellos.
Lyall asintió con una pequeña sonrisa. Rebecca no dejaba de acariciarlo mientras descubría que aquel gesto era algo extraño y precioso en partes iguales; una mueca mínima que aparecía en momentos que lo colmaban de un sentimiento aún sin nombre, pero ya reconocible.
Y fue en ese instante, que Rebecca se permitió imaginar algo diferente.
Vio a Lyall no como el sirviente destinado a dormir en un almacén insalubre, ni como el hombre lobo cuyas espadas desgarraban el aire con un sonido que aún le revolvía el estómago. No como alguien a quien le costaba hablar o a quien el mundo consideraba una herramienta descartable.
Decidió ir más allá y lo miró como a un caballero.
Imaginó que era el hijo de algún noble, alguien respetado, con apellido e historia.
Alguien con quien podría casarse sin escándalos, que pudiera sentarse a la mesa sin levantar cejas y que tuviera el derecho de estar orgulloso de lo que sentía por ella.
Ya poseía la belleza y el porte; había algo en sus rasgos y en su estructura ósea que no pertenecía a ningún almacén.
A su manera, su lobo tenía una distinción que Rebecca no podía señalar, pero que estaba allí cada vez que lo miraba.
—Si hubieras nacido noble, mi Lyall —soltó, incapaz de guardárselo—, nuestra vida sería más sencilla. Si fueras de buena familia, todo sería tan distinto…
Lo dijo sin pensar en el lobo o en las espadas. En ese momento, solo le importaba el hombre. Lyall seguía mirándola con aquella sonrisa, pero, despacio, el gesto se desvaneció.
No fue dramático ni supuso un cambio brusco. La sonrisa se disolvió así sin más, como una nube que cubre el sol sin hacer ruido.
Nunca se había detenido a considerar tal posibilidad. ¿Haber nacido noble?
El muchacho buscó el concepto entre sus conocimientos, que no eran escasos para alguien que había aprendido todo leyendo en silencio desde su llegada a la mansión.
Entonces, sin buscarlo, emergió el recuerdo del capitán Ritwall.
Dante Ritwall, de familia noble. El hombre que comía a la mesa con todos, que llevaba a Rebecca al palacio en su carruaje; el del uniforme elegante que le tomaba la mano frente al comandante Adriel sin provocar reproches.
El mismo que le había pedido matrimonio en un picnic bajo el sol, con una canasta de comida y todo, mientras él observaba desde el fondo.
Lyall había odiado cada fragmento de aquella escena.
Pero ahora lo analizaba desde otra perspectiva: si hubiera sido como Ritwall, habría podido hacer todo eso.
Llevarla a lugares. Sentarse a su lado sin que nadie lo mirara como a un mueble fuera de sitio.
Declarar lo que sentía sin causar un escándalo, hablando con la fluidez de los demás...
Si fuera como el capitán, podría pedirle a su Rebecca que se casara con él y ella podría aceptar sin que el mundo se desplomara.
Sin que lo llamaran animal o lo golpearan por decir la verdad: que ella era suya y él era de ella.
Al comprenderlo, por primera vez en su vida, Lyall deseó ser diferente.
Solo por ella.
Nunca había querido nada para sí mismo que no fuera cumplir misiones y sobrevivir.
Pero ahora anhelaba ser otra cosa, lo que fuera, con tal de que Rebecca no tuviera que cargar con el peso de amarlo a escondidas ni sentirse culpable por la belleza de lo vivido.
Ella le dio órdenes, sí, pero aquello fue lo mejor que le había ocurrido jamás.
Lyall reflexionaba sobre todo esto mientras miraba el vientre plano donde crecía algo que aún no terminaba de asimilar. Un bebé, una pequeña vida, su familia.
Sin embargo, él no lo sabía. Nadie se lo había dicho; nadie lo sabía excepto un médico viejo que guardaba el secreto como un veneno administrado en dosis pequeñas. Lyall no necesitaba haber nacido noble.
En sus venas corría algo más que simple nobleza.
El escudo del reino de Sabaoth llevaba siglos mostrando la imagen de lo que él era. Él no era un noble.
Era un rey.
Y el lobo en el emblema era, en esencia, él en su estado más puro. Como los soberanos antiguos, él era el verdadero monarca de la tierra que él mismo luchó por liberar, pero él no tenía idea de eso…