El Lobo Protector de Lady Rebecca (La Dinastía del Lobo nº 2) Palabras que cuestan
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Palabras que cuestan

Lyall y Rebecca salieron de la oficina sin que nadie los detuviera.

El pasillo permanecía en calma. Las pisadas de Lyall sobre el mármol tenían un sonido regular y pesado; Rebecca había aprendido a reconocerlo a sus espaldas, un ritmo que su cuerpo asociaba ya con la seguridad.

Giraron hacia el ala principal. Él empujó la silla de ruedas sin preguntar nada, conocedor del destino: el jardín.

Era el lugar donde ella siempre buscaba refugio cuando necesitaba que el aire le limpiara la cabeza.

Estaban a mitad del corredor cuando en eso apareció Anna.

Apareció desde la dirección opuesta, con el delantal impecable y la actitud de haber aguardado en un punto estratégico para interceptar exactamente esa situación. Se plantó frente a la silla con los brazos cruzados.

—¿A dónde van? —preguntó, mirando primero a Rebecca y luego a Lyall. No era una consulta, sino el inicio de una disputa.

Lyall hizo una mueca. Breve, casi imperceptible, pero ahí estaba. Apretó los agarradores de la silla y los soltó sin avanzar porque Anna bloqueaba el camino y él no iba a empujarla.

—Al jardín —dijo Rebecca—. Necesito aire.

—Los acompañaré —respondió Anna, con una firmeza que no dejaba espacio a debate—. Por su seguridad, señorita, no debe estar solo con… él —dijo, mirando a L de pies a cabeza.

Rebecca apretó los reposabrazos de la silla de ruedas. Sus nudillos se pusieron algo blancos.

—Ya le dije a mi padre esta mañana que no quiero que nadie me esté vigilando durante el día. No es necesario.

Anna abrió la boca.

—Pero señorita…

—Ya lo he decidido. —La voz de Rebecca no subió, pero se endureció—. Déjame sola, Anna. L, llévame al jardín.

El ama de llaves se quedó parada con la boca entreabierta y la frase sin terminar en el aire. Lyall esperó un segundo para asegurarse de que Anna se hacía a un lado. Cuando lo hizo, empujó la silla hacia adelante y no miró atrás.

Anna los vio alejarse por el corredor. Observó cómo giraban hacia la puerta trasera hasta que desaparecieron de su vista.

Permaneció inmóvil, con los brazos todavía cruzados y hundiendo los dedos en la tela del delantal. Su intención siempre había sido proteger a Rebecca, pero al final del día, las órdenes dictaban el camino.

El jardín olía a tierra húmeda y a hierba cortada.

El paisaje que atravesaban era el resultado de la rabia contenida de hace dos tardes, cuando Lyall descargó su frustración con la guadaña bajo el sol mientras Rebecca partía con el capitán Ritwall.

Debido a eso el césped lucía parejo, las sendas despejadas y los setos rectos.

El esfuerzo era evidente, aunque para él no fuera más que una tarea cumplida.

El muchacho empujó la silla de ruedas por el camino de piedra que bordeaba el jardín hasta alcanzar la zona abierta, cerca del gran roble.

Rebecca se dejó guiar sin dar instrucciones.

Mantenía la vista perdida en el lago, observando a los patos que nadaban ajenos al mundo y el agua quieta que reflejaba un cielo indeciso entre si nublarse o no.

Cuando él detuvo la silla, ella guardó silencio. Ambos necesitaban esa pausa, pero tras un par de minutos, susurró:

—Lyall…

Él la miró desde atrás, con las manos aún firmes en los agarres.

—¿Dónde dormiste anoche? —preguntó ella, recuperando un tono más suave que el empleado durante la última hora—.

Supe lo del establo. El accidente me resultó tan extraño...

—Se detuvo para toser un poco—. Mi padre dijo que dormirías allí de ahora en adelante, pero ahora que está destruido, no sé qué decidirán.

En fin, me alegra que estés bien y que no te haya pasado nada.

Me alivia saber que el fuego no te alcanzó.

Lyall pudo haber mencionado que no salió ileso del todo, pero ya apenas sentía la quemadura; señal de que faltaba poco para sanar. No había necesidad de preocuparla.

—¿Dónde estuviste después del fuego, Lyall? —insistió Rebecca—. ¿Mi padre entró en razón anoche y dormiste en tu habitación?

El silencio regresó. Ella dejó de hablar y su lobo se sumergió en su mutismo habitual.

—Lyall, llévame al lugar donde pasaste la noche.

El lobo soltó un suspiro pesado y, sin mediar palabra, cambió de dirección. Empujó la silla por el sendero lateral, rodeando el jardín hacia el ala de servicio, al fondo de la propiedad, donde el almacén se alzaba pegado al muro sur entre dos árboles grandes.

—¿A dónde me llevas, Lyall?

Él abrió la boca, pensando:

«Mi Rebecca, te llevo al almacén; allí pasé la noche. El lugar no es tan malo, dormí bien, no te angusties. Huelo el temor en ti, pero solo te extrañé. Aunque me hagas falta, estoy bien...».

Eso era lo que quería decir. Lo tenía completo en la cabeza, ordenado, claro. Pero entre el pensamiento y la voz había un espacio que todavía no sabía cómo cruzar del todo, y cuando lo intentaba las palabras llegaban por partes, sin el hilo que las unía.

—Almacén —dijo—. Dormí… ahí.

Y eso fue todo lo que salió.

Apretó los labios. Miró hacia adelante. Se frustró en silencio, de esa forma que no mostraba nada en la cara, pero que él reconocía por dentro, ese choque entre lo que quería y lo que no podía.

Nunca había pensado que desearía hablar.

Le costaba, le sonaba raro, se sentía expuesto cada vez que usaba la voz como si el sonido lo pusiera en evidencia de maneras que no entendía bien.

Pero en momentos como este, era necesario.

Y lo que tenía disponible no alcanzaba. Era frustrante.

Poco después llegaron al almacén. Lyall paró la silla, abrió la puerta, que no tenía seguro, y empujó a Rebecca hacia el interior.

El olor llegó antes que la vista.

—Ah... —Rebecca se cubrió la nariz con una mano—. Huele horrendo aquí. ¡Es un horror!

Recorrió el lugar con la mirada. La penumbra, los sacos de abono apilados contra la pared, los bidones de queroseno en el rincón y las herramientas colgadas en un orden rígido. Las mantas de Berto permanecían dobladas junto a la pared del fondo.

—¡No puedo creer que durmieras en este sitio!

—exclamó. Su voz no solo denotaba molestia, sino la indignación pura ante una injusticia imposible de callar—.

¡No volverás a dormir aquí! Le diré a mi padre que regreses a tu habitación de servicio ahora mismo.

¡Esa recámara es mil veces mejor que este cuchitril asqueroso!

¿Cómo se atreve a tratarte así? ¡No lo permitiré! ¡El olor es insoportable!

La fuerza del grito la traicionó. El aire denso de queroseno y polvo de abono, irritó sus pulmones; una crisis de tos la obligó a encogerse sobre la silla, aunque ella luchó por recuperar el aliento de inmediato.

Al verla sufrir, Lyall hizo un ademán para sacarla de allí, pero Rebecca se negó con un gesto firme.

—¡No, no quiero irme todavía! —exclamó con voz rasposa—. Ya me siento mejor, pero… —desvió la mirada hacia aquel rincón infecto—. ¡No permitiré que pases otra noche aquí! —sentenció mientras apretaba las manos débiles sobre su regazo.

Él, atento a cada palabra, se movió hasta quedar frente a ella.

Se agachó para ponerse a su altura; notaba que su sargento estaba alterada, algo perjudicial para su salud, y detestaba verla así.

Se obligó a hablar; necesitaba transmitirle que no había razón para semejante angustia por su situación.

En aquella posición, acuclillado frente a ella y sin romper el contacto visual, comenzó a hablar con su voz ronca, arrastrando las palabras como si cada una pesara una tonelada.

—No… importa. Estoy… bien.

Se acercó un poco más hasta unir su frente con la de ella. Cerró los ojos un segundo y repitió, casi en un susurro:

—No importa… estoy bien.

Rebecca cerró los ojos al sentir el calor de aquella frente contra la suya. El hedor del almacén persistía, demasiado incómodo, pero la presencia de Lyall pesaba más que cualquier atmósfera; era el único lugar en el mundo donde se sentía a salvo de sí misma.

Fue entonces cuando las lágrimas llegaron sin aviso.

No hubo sollozos. Fue un llanto pausado, de los que brotan casi sin percibirse hasta que resulta imposible detenerlos, como si el cuerpo al fin se rindiera ante el peso de lo invisible.

—¡Ay! Mi Lyall… —susurró con la voz rota—. Todo esto es mi culpa. ¡Todo es mi culpa, lo sé!

Él abrió los ojos para sostenerle la mirada. Sus pupilas, fijas y profundas, no albergaban ni un rastro de reproche, solo una lealtad que a ella le quemaba el alma.

—Yo te pedí que te desvistieras —comenzó Rebecca entre lágrimas, desnudando su vergüenza—.

Yo te pedí que me bañaras. Te pedí que me besaras porque quería imitar lo que Lara hacía.

Yo… yo te pedí que tuviéramos sexo. Todo lo que hiciste fue porque te lo ordené.

—Su voz tembló, repleta de una amargura que la asfixiaba—.

Ahora estoy embarazada, tú duermes en un almacén apestoso y el capitán Ritwall…

Al instante, Lyall la besó y el listado de culpas quedó sepultado en medio de ese beso.

No hubo cálculo ni decisión previa. Solo la vio hablar y desmoronarse, cargando con una responsabilidad que para él no existía.

Para Lyall, servirla era su naturaleza; amarla era su norma.

La única respuesta que su instinto encontró fue cerrar la distancia, tomar aquel rostro entre sus manos —con la delicadeza que siempre le costaba calibrar cuando las emociones empujaban— y besarla.

Fue un beso profundo, lleno de una necesidad guardada durante horas de silencio y maltrato. El lobo la atrajo hacia sí con el cuidado de siempre, como si su Rebecca fuera de cristal, y al terminar le acarició la mejilla con el pulgar.

—Yo soy tuyo… —dijo, con una voz que arrastraba la gravedad de una sentencia—. Y tú… tú eres mía.

Rebecca abrió los ojos de par en par al reconocer la frase. Era la declaración del libro Entre el amor y el deber. Carl hablándole a Belle con la certeza que no necesita argumentos ni explicaciones; la verdad pura que solo existe. Lyall no solo la había leído; la había entendido.

—Lyall…